Imaginen ustedes a un ingeniero, llamémosle X, con su bata blanca, su casco, sus gafas, su porno japonés bajándose en el emule (me gustan los personajes ricos en matices, qué pasa?), y sus chorrocientos títulos y masters [and commanders].

El ingeniero X trabaja en el CERN, ese fiasco que todos esperabamos que acabase dándole la vuelta al universo como un calcentín, y al parecer tiene el mismo poder destructivo que un pedo de ardilla.

¿Y cómo se imagina uno a un ingeniero en el CERN? Haciendo cálculos, controlando hipótesis, echandose una siesta en el colisionador (no todo va a ser trabajar, hombre…), sopesando variables, rezando a San Stephen Hawkin… ¿A que es así como más o menos se imaginan al señor ingeniero X?

Pero lo que la gente no recuerda es que los ingenieros, ya sean X, Y o coseno de Alfa, son personas. Personitas humanas. Con necesidades humanas.

Por ejemplo, la hora del bocata.

Hago un inciso para explicar que detrás de todo gran ingeniero suele haber una gran mujer que lo alimenta, una gran madre, una gran esposa, una gran pringada en general…

Retomando el tema, del mismo modo que el ingeniero puede cometer un error en un cálculo y escacharrar una máquinita de miles de millones de dineros, la mujer que lo alimenta también puede equivocarse a veces.

Y olvidarse, por ejemplo, de hacer la compra.

Y no tener, por ejemplo, suficiente chorizo de Pamplona para el bocadillo de su ingeniero.

Y mandar al ingeniero con el bocadillo medio vacío a trabajar al CERN.

¿Qué ocurre entonces?

Que no hay dios que se coma el pan a palo seco, y hay que deshacerse de él.

Y entonces, pasa esto:

http://www.rtve.es/noticias/20091106/gran-colisionador-hadrones-vuelve-parar-por-cacho-pan/299652.shtml

Madres, esposas, pringadas en general que alimentais a un ingeniero: Tened siempre fiambre en la nevera, o retrasareis, con fatales consecuencias, el avance de la cienca.

No, no es alemán. Ni siquiera holandés.

Es un término complejo que podría definirse así: “fin de semana que comienza con una frenética preparación de tuperwares con diversos contenidos para los más variopintos fines”.

Y es que cuando una es una amantísima madre de sus cobayitas, y se va de fin de semana a casa del supernovio (a la que no puede llevárselas), necesita dejarlo todo atado y bien atado. Lo que significa dejar los pertinentes tupperwares rebosantes de deliciosas verduritas cortadas, a punto para que el alma caritativa de turno (mi compañera de piso), se las de a las fieras corrupias a la hora de comer.

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Y además, cuando una va a casa agena, por muy invitada que sea, necesita llevar algo que la haga quedar más como una reina agradecida, y menos como una liendre o garrapata. Lo que significa hacer también otro tupperware, este de galletas (las de la entrada anterior), para deleitar a la familia política, que a esos también se les gana por el estómago.

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Sólo queda finiquitar la maleta (que podría considerarse incluso como otro tupperware… con cremallera), y estaré lista para huir rumbo noroeste. Ay, qué ganas…

De banda sonora tenemos:

 

PD: Hoy las cobayas tienen algo que decir:

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La receta es la misma que la de las galletas fantasmas, pero estas, por causas ajenas a mi voluntad, han sobrevivido para la foto, ya que son para un regalo.

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Hoy son de chocolate (las más oscuras), y de canela (las claritas).

Para hacer las de chocolate, basta con añadir dos cucharadas soperas de cacao en polvo a la masa. Quizas también hiciera falta añadir un poco más de margarina para que la masa no quede muy seca, pero tampoco es imprescindible variar las cantidades.

Para las de canela… canela en polvo al gusto en la masa, y listo.

Y huelen… de maravilla.
Mejor sabrán.

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Continuamos con los moños.

Qué moño tienes!

Al mal moño buena cara.

No me toques los moños.

No está el horno para moños.

Pónme un moño y una de bravas.

Más moño que las gallinas.

Carretera y moño.

Tiene más kilómetros que el moño de la Piquer.

Se está cavando su propio moño.

Cuánto moño y yo qué viejo.

A moño que huye, puente de plata.

Debería caersete el moño de vergüenza.

Defenderse como moño panza arriba.

Echar moños fuera.

No dar pie con moño.

Dar moño por liebre.

No te metas en moños de once varas.

No tiene moños en la lengua.

Haz dos horas de moño antes de meterte al agua.

Que el moño reparta suerte.

Tienes más huevos que el moño de Espartero.

… y así, sucesivamente.

La palabra comodín es “MOÑO”

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Persona que es curiosa tiene un moño para cada cosa.

En casa del moño, cuchillo de palo.

A moño revuelto, ganancia de pescadores.

Quien a buen moño, se arrima buena sobre le cobija.

Donde tengas la olla, no metas el moño.

Cuando los moños de tu vecino veas cortar, pon el tuyo a remojar.

Tanto va el moño a la fuente que al final se rompe.

Cria moños y te sacarán los ojos.

El moño del amo engorda al caballo.

A moño regalado no le mires el diente.

Dime con quién andas y te diré qué moño.

Año de nieves, año de moños.

Hay quien ve la paja en el ojo ageno, y no ve el moño en el propio.

Hay que coger el moño por el mango.

Los moños los carga el diablo.

Todos los caminos llevan al moño.

La suerte de la fea, el moño la desea.

El moño tira al monte.

A buen moño no hay pan duro.

A cada moño le llega su San Martín.

Y así, sucesivamente.

¿Alguna sugerencia? Pues ahí están los comentarios… Adelante!

Un ser humano en su sano juicio decide hacer galletas, lleva a cabo todo el proceso de elaboración, las saca del horno preciosas y aromáticas, las deja enfriar, y luego, más tarde, a la hora de la merienda invita a amigos y conocidos a probar una galletita casera recien hecha.

Pero un ser humano sin juicio ni medida decide hacer galletas y comienza a segregar saliba como el perro de Pavlov. Lleva a cabo el proceso picando aqui y allá de la margarina (ighs), del azúcar (aghs), de la masa (uuugghs)… Para cuando las mete en el horno, se ha creado un estado de ansiedad tal que tiene que reprimirse para no darse cabezazos contra el cristal queriendo cogerlas. Espera el tiempo marcado por la receta, y las saca, y las ve, preciosas, doraditas, oliendo un poquito a canela, otro poquito a azúcar, otro poquito a margarina, ahi, todo mezclado en una sinfonía de olores que anuncian sabores deliciosos, y no puede resistirse y le arrea un bocado a una. Está caliente pero da lo mismo. ¿Y aquello que dicen de que comerse las galletas recien salidas del horno luego da dolor de estómago? Qué más da.  Está tan rica que decide zamparse otra.

El resto del dantesco espectáculo puede suponerse.

La receta de las suculentas galletas fantasma (galletas de margarina que desaparecen enseguida) es:

125 gr. de Margarina

170 gr de Harina

50 gr de Azúcar

Una pizca de canela (0 cacao en polvo) para aromatizar, aunque es totalmente opcional.

El proceso de preparación es el siguiente:

(Este es el momento de encender el horno y ponerlo a calentar a 180º)

1. Poner en un bol la harina, la margarina, el azúcar y lo demás, y mezclar con las manos (o una espátula… pero es más divertido con las manos), hasta obtener una masa homogenea.

2. Ir dividiendo la masa en bolitas y aplastarlas para dar forma a las galletas (el tamaño ideal es de un centímetro y medio/ dos de grosor, y unos cuatro centímetros de diámetro, pero las galletas no son una ciencia exacta)

3. Colocar las galletas en una  bandeja  un poco untada de margarina, y meterlas en el horno ya caliente, a 180º, durante 15 minutos.

4. Se sacan cuando están doradas y consistentes, así que si con 15 minutos no basta, pueden dejarse un par de minutos más, o apagar el horno y dejar que se hagan con el calor restante durante un rato. Luego a una rejilla a enfriarse, o a unas fauces hambrientas, si estas se interponen antes.

Por ahora no es posible poner ningún documento gráfico por razones evidentes: como en otros casos de apariciones fantasmales, no dio tiempo a sacar la cámara.

Ayer fue mi cumpleaños. Veinticinco. La rima erótica…

Será hora de entrar en razón, parece. Pero eso lo llevo haciendo un tiempo en la sombra y no va mal.

Será hora de sacar el carné de conducir, y ser un peligro al volante. Me comprometo, publicamente (compromisos privados ha habido muchos), a apuntarme a una autoescuela y aprender a pilotar a vehiculos motorizados de dos ejes, cuatro ruedas, puertas, asientos y ambientador de pino.

Será hora también de admitir que he dejado de ser moderna (si en algun momento el usar pantalones pitillo me confirió tal estatus). Y he dejado de ser moderna porque para ser moderno hay que estar enfermizamente desnutrido, tener cuerpo-escombro, y aspecto enfermizo pre-mortem. Si tienes chichas, como es mi caso, no puedes ser moderno. Puedes pretenderlo, sirva Miki Puig de ejemplo, pero no conseguirlo. Queda la opción de volver a la modernez abandonando las chichas en el camino. Se decidirá sobre la marcha. La modernez sigue siendo tentadora.

Casi licenciada ya (8 créditos de libre elección distan de la meta), habrá que plantearse cosas con nombres tan terribles como oposición, trabajo… A ver que hacemos.

Además, ayer también fue el “cumpleaños” de Uzi (o aniversario del día que nos conocimos, o yo qué sé), y quiere decir unas palabras al respecto.uzis4

Y como colofón, el atemporal, el eterno. Este vicio no pasa con los años.

Al final paso del público (sé que hay público, veo las estadisticas de visitas), de su opinión (aunque pasan de visita, no dicen ni mu), y de todo.

Paso olimpicamente.

Y hago lo que me da la gana.

Como por ejemplo… COMPRARME OTRA COBAYA.

Por ahora se llama Dos, o Natillas (o ¿Dos Natillas?)… no lo sé, aunque da igual, acabará llamandose bola peluda, rata culigorda, bichobola y pelusona.

Es tímida, menudita y tiene los ojos más saltones que en visto en una cobaya en mi vida. O eso, o está permanentemente estupefacta.

Uzi la a acogido bien en el hogar, lo primero que hizo nada más verla, despues de olerla un poco, fue pegarle un fregao a lametones que la de jó tonta. Pobre Dos, encontrarse con una cobaya el doble de grande y maternal metiendole la lengua en la oreja al primer momento… Ahora hacen buenas migas, y hasta parece que le ha cedido la manopla naranja de dormir (quizas deba comprar otra, una para cada niña, jurjur)

Como Natillas (o Dos, or whatever) me parece muy pequeñita, iremos a incordiarle esta tarde al veterinario. Imagino algo así.

“- ¿Dos no está muy delgada, Veterinario?

- No, lo que pasa es que Uzi es un monstruo de la naturaleza.

- Y esto que tiene aquí en la orejita… ¿Será sarna?

- Esto es un cacho de acelga masticada que Uzi le ha dejado pegado al rechupetearla con la boca llena…

- Ay, qué bonitas son mis señoritas cobayas…

- Eh… uhm… nop…Dos… tiene… PITO!

- NOOOOOOOO

Uffff, no, espero que eso no pase. En la tienda miré bien, en casa miré bien, mi compañera de piso, que también entiende de cobayas miró bien. Dos no puede tener pito… DOS NO VA A FECUNDAR A MI UZI! ais, que me altero…

Y bueno, a falta de una “foto de carnet” de Dos, ella solita, os pongo una foto de la familia (de la higiene en familia):

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PD. Todos sabeis que Uzi necesita tener un motivo,a ser posible inciso-contuso, para ir al veterinario, si no, no se queda tranquila… Pues hala, se ha vuelto a arrancar otra uña… Siempre tiene que quedar de estrella, coño.

Por todos lo que me conocen, aunque sea mínimamente, es sabido que tengo una cobaya, Uzi. Convivimos desde hace casi casi un año (lo hará el 23 de septiembre), y creo que nos llevamos bien y nos entendemos. Ella sabe que sólo con chillar conseguirá comida. Yo sé que con sólo abrir la nevera, ella se pondrá a chillar. Y en esta simbiosis sonora somos felices.
Hemos pasado grandes momentos juntas, viendo películas, pastando (ella, yo no) en los campos astures, correteando por la terraza de Villapingüino. También hemos tenido disgustos, como la rotura de los dientes, la mutilación de la uña, o el hecho de que no quiera comer pimiento, como las demás cobayas…

Pero de un tiempo a esta parte se han levantado voces (propias y agenas), que abogan por la adquisición de una nueva cobaya.

Los pros son claros:
- Uzi se sentirá menos sola y tendrá una amiguita con la que jugar. Además se aprovechará mucho mejor el espacio de la mansión de Falcon Crest que tiene por jaula mi ratilla.
- Podré enseñarles a ponerse a dos patitas al unísono, y hacerme de oro en el mundo de los circos de animales.
- Me darán el doble de amor rodeor (que es un amor muy peculiar, consistente en pegar saltos descontrolados y chillidos inconexos en los momentos de mayor regocijo).
- Además, la nueva cobaya puede aportar otro punto de vista a las críticas de cine de Uzi.

Los contras, haberlos hailos:
-Dos cobayas chillando a la vez. No hace falta explicar más.
- El doble de comida, el doble de pises, de cacas, de pelos…
- Menos espacio en el trasnportin, para los viajes ilegales en autobus.
- Que ambas cobayas se lleven mal y asista a peleas continuas tipo Street Fighter.
y lo peor de todo: que la cobaya que compre pensando que es hembra, resulte ser macho, y me fecunde a mi Uziquitos…

Por todo esto planteo una sencilla encuesta: ¿Debería comprarme una nueva cobaya?

Uzi también tiene algo que decir al respecto:

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Por favor, colaboren en la toma de esta decisión. Gracias.

Dejamos a Abelardito después de que lanzara a su madre por el balcón, con un mundo entero de posibilidades ante si…

Capítulo II: El primer amor.

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Sólo y perdido en la vida, libre al fin de dieciséis años de cautiverio y torturas, sin saber nada más del mundo que lo que me había contado un viejo ladrón, borracho y pederasta, me encontré ante el mundo, vestido aún con el traje de mi comunión, que, por cierto, me estaba un poco pequeño.

Lo primero fue explorar lo que me quedaba más cerca, es decir, el resto de la casa, ya que yo sólo conocía la terraza. Bueno, también conocía el interior de la maleta, pero eso no era mucho. Mi comunión la hice en los cinco minutos que tardó mi madre en poner unos cuantos periódicos en el suelo de la jaula de palomas, en la terraza misma.

Abrí la puerta de la terraza y vi un salón con dos sillones de “eskai” granate, una mesa camilla, una televisión en blanco y negro y un Sagrado Corazón de Jesús colgado en la pared. Sobre la mesa había un tapete de ganchillo y en el centro una cabeza humana en un tarro con formol. Las paredes eran verde veronés.

Me acerqué a ver la cabeza. Así fue como conocí a mi padre.
Parecía un tío majo, a parte del rictus de pánico de su rostro.

Avancé y llegué a la cocina. Tenía un poco de hambre, y abrí la nevera.

Me encontré una lata de foie-gras, un brazo medio putrefacto, y el torso y la cabeza de mi hermana Menchu envueltos en film transparente. Me hizo mucha ilusión volver a verla. Cogí el foi-gras, salí a la terraza a por la barra de pan con la que momentos antes mi madre pretendía agredirme. Por suerte le había dado el solecito y ya estaba descongelada, porque yo no tenía ni idea de cómo funcionaba el microondas. Me hice el bocata y seguí con mi exploración.

La casa sólo tenía un dormitorio. Supongo que por eso mi madre, cuando íbamos llegando al mundo no sabía dónde meternos y nos colocaba donde podía: maletas, jaulas, el carrito de la compra, como le pasó a Rafa, mi hermano pequeño… Sobre lo que supongo que era la cama de mi madre había un montón de muñecas de porcelana calvas y sin ojos. Daban una penita las pobres.

Por último, había un baño pequeño. Como yo no tenía conciencia de haberme duchado nunca, decidí que iba siendo hora, y me metí un buen rato a remojo. Salí como nuevo. Me pinté los labios con una barra de carmín que estaba sobre el lavabo, me ricé las pestañas y me puse un bonito vestido de flores rosas y azules. Así de guapo y precioso salí a la calle.

Por la escalera me encontré a una señora bellísima que también bajaba delante de mi. Tenía unos 70 años, pelo ralo, gris y sucio, ojos bizcos, bigotillo, joroba y una pierna de madera. Era la criatura más bella que había visto nunca. También es verdad que en cuanto a féminas, sólo conocía a mi madre y a Menchu. Y como ellas eran familia, yo no podía mirarlas con deseo, claro. Así que me armé de valor, y me decidí a entrarla. Lo hice como el yayo Paco lo hacía con Menchu.

La agarré del pelo, se solté un sopapo, se le saltó la dentadura postiza, y un ojo, que resultó que era de cristal. Ella hizo algo que yo no sabía que las chicas hacían: defenderse. Me extrañé bastante, pero estaba lanzado y no paré hasta que acabé. Esa fue mi primera vez. Y parece que a la buena señora también le gustó, porque me pidió un cigarrito mientras se recomponía un poquillo y buscaba sus prótesis

No le hice caso y me fui. Tenía un poco de vergüenza, porque no estaba muy seguro de haberlo hecho del todo bien, aunque creo que la dejé bastante satisfecha.

Salí a la calle. Ahí estaba el cadáver de mi madre, descoyuntado sobre la acera. Le cogí las llaves de casa del bolso del delantal, para luego poder volver a entrar, y un billete pequeño que tenía guardado en el sostén, y me fui a conocer mundo.

 

Noviembre 2009
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