Desde que soy proletaria, no paro.

Bueno, es mentira, pero es lo que suele decirse: “el trabajo me agobia”, “mi jefe es un negrero”, “no tengo ni un minuto libre desde que entro a trabajar hasta que salgo por la puerta”, “bueno, yo no aguanto más, me voy a la azotéa a lanzarme al vacío…”

Porque yo, en mi caso, me rasco un poco las narices. No mucho, creo que lo necesario a tenor de las circunstancias.

Me explico: Llevo 8 días con un informe. Redactando un informe. Documentándome para redactar un informe. Redactando el informe otra vez. Volviendo a documentarme. Y redactando…

Y sobre todo, aburriéndome.

Porque 6 (seis) horas diarias de redactar y documentarse, documentarse y redactar, son muchas horas. Demasiadas horas. Un dolor de horas.

Y como no hay límite de tiempo, las horas se pueden alargar a días, y días… Llevo acabando el informe unos tres días, pero como no hay nada mejor que hacer a la vista, el informe se alarga, que en  el Google académico hay mucho dónde buscar.

Además, el jefe es un hombre ocupado. Tan ocupado que seguramente no se de cuenta de que las becarias (tengo una compañera de sufrimiento, con otro informe entre manos) estamos ahí esperando a que quizás, un día, se digne a preguntarnos cómo nos va el informe. O a darnos los buenos días por la mañana. O algo.

A todos aquellos que se quejan por trabajar bajo presión les digo: No hay nada mejor que un latigazo del negrero a tiempo para no sentirse invisible.

Me voy a seguir acabando el informe, que estoy robando tiempo de “atareadísima” jornada laboral.

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