El viernes fui al dentista, a acabar con esa lacra llamada muela del juicio.

En realidad yo iba a que le echara un ojo y me dijera, vuelve la semana que viene despues de hacer unas gárgaras con Mr. Propper, para desinfectar bien la zona.

Pero no.

Nada más verme la cara de susto (me dan susto los dentistas, qué pasa?), el dentista sádico tuvo a bien decirme, sin mirarme la boca ni nada:

-Te la vamos a sacar.

¿Qué? ¿Cómo? ¿Pero si no sabes ni lo que hay ahi? Que es muy mala, puede rebelarse y acabar con todos nosotros, no puedes ir y atacarla asi, sin un plan, sin llevar munición, sin una muda limpia de repuesto, no puedes.

– Abre la boca.

Ahora entrará en razón y me mandará a hacer gárgaras con aguafuerte y yo bien contenta. Ya volveré otra día drogada de casa para no enterarme de nada.

– ¿Quieres anestesia, verdad? Es que hace unos años la anestesia se cobraba a parte, ahora ya no, pero bueno, soy de la vieja escuela, me gusta preguntar…

Pero quien coño es este tío! Quiero un dentista de este siglo! ¿Con qué me va a anestesiar ahora, pegandome con un mazo en la cabeza? ¿haciéndome beber una botella de coñac?

Y zasca, me atiza tres pinchazos a lo largo de la encía y el paladar, que ni un banderillero de la Maestranza. El último, en medio del paladar, me lo dio con recochineo, agarrandome la punta de la nariz. Parecía profesional, pero no sé, no sé… Empecé a pensar en esto:

– Y ahora vas a notar que tiro. No vas a notar dolor. Si notas dolor, hazme una seña con la mano.

Los cojones te voy a hacer una seña con la mano. Voy a gritar como un gorrino, porque mientras tienes media cabeza metida en mi boca arrancandome ese engendro de la naturaleza que es mi muela del juicio, poco te vas a fijar en las señas que te haga con la mano.

Y tiró, y tiró, y tiró. Y arrancó la muela.

Recuerdo que las últimas veces que me sacaron alguna muela, por aquel entonces aun de leche, en el momento de la extracción notaba en la boca una oleada de sabor a sangre. En este caso no fue asi. Creo que el dentista me metió el miedo en el cuerpo para que toda la sangre se me cuagulara en las venas y no sangrase nada.

Con un hilillo de voz, que salía del fondo de la boca abierta de par en par, llena de mangueritas y tubitos que extraían liquidos y añadían agua, le dije:

-Me guiedo gueda gon la muela… bada mi madre…

Y me la dió guardadita en un sobrecito de esos que usan para guardar el intrumental despues de pasarlo por el autoclave, mientras me miraba como diciento… “pobrecita, aun cree en el ratoncito pérez”…

– Bueno, ahora te voy a poner una gasa en el hueco, muérdela 40 minutos, y luego quítatela si no sangras.

La gasa duró en la boca medio segundo, y tuvo que salir porque me daban unas arcadas feroces. Eso ocurre cuando pretenden que me meta una cosa textil del tamaño de una camiseta talla XL, casi al lado de la campanilla.

– Pero aguanta, mujer…

Esta mujer no aguanta un cacho de trapo haciendole cosquillas en el velo del paladar, y mucho menos cuarenta minutos, asi que señor dentista, replanteese las cosas.

Por fin entró a razones, y me puso una gasa la mitad de grande. Era eso o que empezase a vomitarle toda la consulta.

Y de regalo me dio otro par de gasas, y una bolsa de hielo, para que no se me quedara cara de hamster que se ha escondido un foskito en un carrillo. Al final iba a ser majete y todo. Por lo que luego le pagué, tendría que haberme echo hasta un masaje shiatsu en los pies.

– Y ahora vas a la farmacia, compras gelocatil y te tomas uno, para que no te duela cuando se te pase el efecto de la anestesia. Mañana haz gargaras (a buenas horas las gargaras, macho) con agua hervida y sal, y hasta entonces no escupas.

Vaya, se me jodió el escupirles a las señoras que pasan por la calle y luego esconderme.

Dos días despues es hoy. Aun tengo la muela en su sobrecito, porque el Ratoncito Pérez no vino (hijoputa). Voy puesta de gelocatiles y me voy quedando frita por los rincones.
Y hago gárgaras de agua con sal, con mucho éxito.

Ya no tengo muela del juicio.
¡Qué mayor soy!

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