Buscaba gorriones (mi más reciente obsesión), y me encontré lo que no esperaba. Encontré al padre.

El padre, esa figura recurrente.

El padre creador, todopoderoso y omnipotente, en lo más alto de la trinidad cristiana, con la paloma y el cordero a diestra y siniestra.

El padre de Kafka, en representación de todos los padres castrantes, que era un cabrón con pintas. El padre de los Panero, que dio a sus hijos una simiente de demencia y creación enferma.

El padre recurrente de Freud, al que hay matar (aunque sea en sueños) para cepillarse a la madre a gusto y placer.

El padre genético, espermatóforo, que fecunda y luego se queda a verlas venir, o se fuga a Pernambuco, da igual, el mal está hecho.

Y el padre mentor, al que admirar y temer, hasta convertir ese refrito en un respeto tembloroso, que por milagro de la impronta (como una gansa al romper el huevo) aun sigue perdurando en el tiempo, en el espacio, y en la dimensión desconocida.

Las oraciones subordinadas dejaron en mi una gran marca, parece ser, para que aun recuerde así, con tal veneración a mi profesor de lengua y literatura del instituto.

Y yo encontré, en un nido de gorriones, a un padre mentor en su juventud, antes de la paternidad misma.

Un cadáver exquisito. Y una mortaja de retórica, y un dibujo infantil entre sus frías muertas manos.

Mordisqueé con deleite esos últimos restos mortales. Hallazgos fósiles de otro tiempo anterior incluso a mi propio tiempo.

Y quise más. Una Electra antropófaga del padre mismo, a un nivel intelectual y en un terreno tan elástico como es la memoria de lo no vivido.

Merendar la idea del cerebro del cadáver. Resucitar al cadáver. Volverlo al cuerpo presente, al corpore insepulto. La resurrección al sexto año del exilio.

Y busqué más. Me olvidé de los gorriones, y fui paleontóloga de sus restos esparcidos. Reuní en un pequeño relicario, el hilo que me permitiría llegar a intuir el lugar de reposo del resto del cadáver.

Curiosamente, y sin saberlo, pasé junto al mausoleo en algún momento.

Ante la falta de valor y de herramientas, no puedo aun llenarme las manos de tierra y polvo , y presentarme cara a cara frente a la venerable osamenta.

Pero aun me queda la idea. La idea es, en realidad, menos amenazadora, menos comprometedora que un cadáver levantándose de su reposo, hasta ahora previsiblemente eterno.

Un trozo reseco del prepucio del Niño Jesús de Praga, no es el niño Jesús de Praga, pero muchas veces, el Niño Jesús no hace falta que se presente pidiendo yogures de fresa.

La idea, vuelvo al tema, no deja mácula en quien la maneja, quien la desempolva con manos prontas y cartera dispendiosa. La idea me ha costado un pequeño potosí. Un lujo asiático.

Tengo en mi poder, tras el dispendio, un lignum crucis moderno (otro subproducto maderero, al fin y al cabo), una reliquia santa y venerable (venerada), que me coloca todo lo cerca que quiero estar del padre. De la parte del padre que quiero roer con deleite.

[Para comer jamón no me compro todo el gorrino. Aunque este jamón, por precio, debe tener más jotas que el repertorio de un grupo de coros y danzas]

A buen seguro el padre muerto nunca leerá esta crónica del desentierro. Nunca sabrá que uno de los cuatro palos de la cruz, descansa en mi estantería.

Si desde el más allá lo lee, que me lo haga saber.

Use, si sabe cómo, alguna de esas ouijas modernas, inventos del demonio.

Aquí dejo una astilla de otro de esos palos. Roan con gusto.

12345

Fuente: EL SIGNO DEL GORRION, Nº1, VERANO 1993.

[el resto del resto, disponible en pdf, en http://www.saber.es/web/biblioteca/libros/el-signo-del-gorrion/html/1/el-signo-del-gorrion-1-19.pdf ]

Yo vuelvo a los gorriones.

Anuncios