Las crónicas de Abelardo nacieron en el marco de un blog colaborativo en el que participé  (y disfruté) en aquella época en la que no sabía que era el ADSL ni me planteaba lo de tener blog o sucedaneo, porque me parecía “mu complicao”. Las crónicas de Abelardo se volvieron a hacer públicas después, con gran exito de público y crítica, en el extinto fotolog, con el punto elegante que le aportaban las ilustraciones. Hoy, una vez más opto por vivir de rentas y desempolvo a Abelardito. Que lo disfruten con salud.


Capítulo I: La tierna infancia.

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Mi primer recuerdo es mi madre pegándome con una barra de pan congelado.

Yo tenía por aquel entonces 16 años. Es que siempre he tenido mala memoria.

En esa ocasión en concreto, ya que hubo otras muchas antes, mi madre me pegaba porque me había conseguido escapar por fin de la jaula donde me había encerrado después de hacer la comunión. Antes de la comunión, me tenía guardado en una maleta. La misma maleta que usó mi abuelo Edelmiro para llevarse el cuerpo descuartizado de mi abuela Carmen a la Argentina en el 49.

La maleta ya no olía a la abuela Carmen, olía como mi hermano gemelo, que estaba conmigo en la maleta, pero que no hizo la comunión. Que vago era el jodío, todo el día durmiendo, desde que cumplimos los 5 años se tiró durmiendo todo el rato, hasta que mamá nos sacó para hacer la comunión.

A mí me vistió de marinero, después de plancharme los huesos con la plancha Ufesa, que se ve que los tenía muy arrugados de estar en la maleta. A mi hermano lo metió en la bolsa de la compra. Desde ese día no volví a ver a mi hermano gemelo. Supongo que mamá se lo olvidaría en el mercado.

Esto lo sé porque me lo contó el yayo Paco, que era un viejo borracho que nada tenía que ver con la familia, pero que se colaba en casa por las noches, saltando por los tejados, a rechupetear el hueso del jamón del cocido que mamá le había robado al sustanciero después de “liquidarlo”.

Además, si estaba de ánimo, se entretenía en abusar sexualmente de mi hermana mayor, Menchu, que estaba encerrada en la jaula de las palomas contigua a la mía. Si mi hermana Menchu estaba inconsciente, por que mamá se hubiera pasado con el cinturón, la manguera o directamente, con la mano tonta, el yayo Paco hacía sus cositas conmigo. A mi me gustaba, porque me dejaba en la boca regustillo a jamón.

Volviendo a lo de antes, cuando mi mamá me pegaba con la barra de pan congelado era porque yo había conseguido escaparme haciendo lo mismo que mi hermana Menchu, y que mi hermano gemelo: haciéndome el dormido muchos días seguidos. Si haces eso, y no te comes los mendrugos de pan, y no te mueves cuando mamá te pega con el palo de varear olivas en las costillas, te arrastra de una pierna fuera de la jaula, y te deja en la terraza, para que te orees.

Yo estaba en la terraza, regodeándome con la recién conocida luz solar cuando entró mamá con una sierra circular, un delantal de carnicero y una careta de soldar. La vi por el rabillo de un ojo que tenía entreabierto. Hacía ademán de ir a cortarme una pierna. A mí no me parecía demasiado bien, porque después de llevar 16 años con ambas piernas, no me convencía lo de perder una de mis extremidades así como así. Entonces me armé de valor, y decidí contradecirla, aunque siempre me habían dicho que las madres siempre tienen razón y hay que respetarlas en sus decisiones. A ella le sentó mal, pero creo que me comprendió, que lo vio normal, estando yo como estaba en plena edad del pavo. Por eso corrió hacia la cocina, y vino con la susodicha barra de pan congelado. Yo pensé que para reconciliarse iba a hacerme un bocadillo. Pero no, no me iba a hacer un bocadillo, que sería el primero de mi vida, si no que corrió hacia mí con gesto amenazante. No sé de donde saqué el valor, pero la empujé por la barandilla de la terraza, y se precipitó siete pisos hasta que se cayó sobre una anciana que paseaba por la calle con un perrito pekinés. La anciana falleció en el acto y el pekinés quedó muy malherido.

Con mi madre muerta, se abría ante mi un universo de posibilidades.

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