Dejamos a Abelardito después de que lanzara a su madre por el balcón, con un mundo entero de posibilidades ante si…

Capítulo II: El primer amor.

lladró

Sólo y perdido en la vida, libre al fin de dieciséis años de cautiverio y torturas, sin saber nada más del mundo que lo que me había contado un viejo ladrón, borracho y pederasta, me encontré ante el mundo, vestido aún con el traje de mi comunión, que, por cierto, me estaba un poco pequeño.

Lo primero fue explorar lo que me quedaba más cerca, es decir, el resto de la casa, ya que yo sólo conocía la terraza. Bueno, también conocía el interior de la maleta, pero eso no era mucho. Mi comunión la hice en los cinco minutos que tardó mi madre en poner unos cuantos periódicos en el suelo de la jaula de palomas, en la terraza misma.

Abrí la puerta de la terraza y vi un salón con dos sillones de “eskai” granate, una mesa camilla, una televisión en blanco y negro y un Sagrado Corazón de Jesús colgado en la pared. Sobre la mesa había un tapete de ganchillo y en el centro una cabeza humana en un tarro con formol. Las paredes eran verde veronés.

Me acerqué a ver la cabeza. Así fue como conocí a mi padre.
Parecía un tío majo, a parte del rictus de pánico de su rostro.

Avancé y llegué a la cocina. Tenía un poco de hambre, y abrí la nevera.

Me encontré una lata de foie-gras, un brazo medio putrefacto, y el torso y la cabeza de mi hermana Menchu envueltos en film transparente. Me hizo mucha ilusión volver a verla. Cogí el foi-gras, salí a la terraza a por la barra de pan con la que momentos antes mi madre pretendía agredirme. Por suerte le había dado el solecito y ya estaba descongelada, porque yo no tenía ni idea de cómo funcionaba el microondas. Me hice el bocata y seguí con mi exploración.

La casa sólo tenía un dormitorio. Supongo que por eso mi madre, cuando íbamos llegando al mundo no sabía dónde meternos y nos colocaba donde podía: maletas, jaulas, el carrito de la compra, como le pasó a Rafa, mi hermano pequeño… Sobre lo que supongo que era la cama de mi madre había un montón de muñecas de porcelana calvas y sin ojos. Daban una penita las pobres.

Por último, había un baño pequeño. Como yo no tenía conciencia de haberme duchado nunca, decidí que iba siendo hora, y me metí un buen rato a remojo. Salí como nuevo. Me pinté los labios con una barra de carmín que estaba sobre el lavabo, me ricé las pestañas y me puse un bonito vestido de flores rosas y azules. Así de guapo y precioso salí a la calle.

Por la escalera me encontré a una señora bellísima que también bajaba delante de mi. Tenía unos 70 años, pelo ralo, gris y sucio, ojos bizcos, bigotillo, joroba y una pierna de madera. Era la criatura más bella que había visto nunca. También es verdad que en cuanto a féminas, sólo conocía a mi madre y a Menchu. Y como ellas eran familia, yo no podía mirarlas con deseo, claro. Así que me armé de valor, y me decidí a entrarla. Lo hice como el yayo Paco lo hacía con Menchu.

La agarré del pelo, se solté un sopapo, se le saltó la dentadura postiza, y un ojo, que resultó que era de cristal. Ella hizo algo que yo no sabía que las chicas hacían: defenderse. Me extrañé bastante, pero estaba lanzado y no paré hasta que acabé. Esa fue mi primera vez. Y parece que a la buena señora también le gustó, porque me pidió un cigarrito mientras se recomponía un poquillo y buscaba sus prótesis

No le hice caso y me fui. Tenía un poco de vergüenza, porque no estaba muy seguro de haberlo hecho del todo bien, aunque creo que la dejé bastante satisfecha.

Salí a la calle. Ahí estaba el cadáver de mi madre, descoyuntado sobre la acera. Le cogí las llaves de casa del bolso del delantal, para luego poder volver a entrar, y un billete pequeño que tenía guardado en el sostén, y me fui a conocer mundo.

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