Abelardo sale una vez más del baúl de los recuerdos… ¿Quién sabe si esta vez lo hará para quedarse…?

Capítulo III: Sexo, Drogas y Pasodobles en el hogar del jubilado.

Estaba un poco azorado, por mi primera relación sexual completa. Bueno, cierto es que ya había tenido algunas experiencias con el yayo Paco, pero no habían sido completas, es decir, yo era tan virgen como el día que llegué al mundo.

Paseaba por la calle con una sonrisa en los labios, contento de estar libre al fin. Hasta ahora no me había importado demasiado vivir en una jaula de palomas, pero era porque el cautiverio era lo único que conocía. Pero ahora que conocía el mundo, el amor, la libertad, no estaba dispuesto a prescindir de ello. Deseaba seguir adquiriendo nuevas experiencias, aprendiendo y comprendiendo todo lo que me había perdido en 16 años. Lo normal en un adolescente.

La gente me miraba, me sentía atractivo, supongo que con mi porte, mi elegancia y mi rotunda belleza, además de que el vestido de flores disimulaba bastante bien las deformidades causadas por los largos años encerrado en espacios reducidos y sin movilidad.

Las ancianas se giraban a mi paso, y eso me calentaba, la verdad, me estaba poniendo “burro”…

Una de ellas me miró más de la cuenta, noté cierta insinuación en su mirada, y no me quedó ninguna duda cuando se me acercó y me dijo, ajustándose las gafas, como si no viera bien:

– ¿ Paquita? ¿Eres tu? Si, no hay duda, eres Paquita, la del pueblo, la del tío Mariano. ¡Cuánto tiempo!, ¿Qué tal? ¿Qué es de tu vida? ¿ Tu marido? ¿Se murió en el 75, no? Si, lo recuerdo, que me lo habías contado, que le dio un soponcio cuando se murió Franco. ¿y los hijos? ¿Dos niñas, verdad? Eran un poquillo frescales, ¿a que si?, eran la comidilla del pueblo, los verano, que si enseñaban las tetas por 2 duros, que si se dejaban magrear por cinco … Lo que las han disfrutao mi Marquitos y mi José Joaquín…

La señora me había confundido con su amiga Paquita, y no me dejaba meter baza en la conversación y aclararle que yo no era quien ella pensaba. Así que le seguí el juego hasta que me invitó a su casa a tomar café. Asentí con la cabeza y la seguí.

Lo que pasó después es de suponer. Subí con ella, y mientas hacía café le pegué el polvo de su vida, asaltándola por detrás en la cocina. Cuando acabé y me disponía a irme, me dijo:

– Desde luego, Paquita, sigues igual que siempre… A ver si vienes más de visita.

Me atreví a hablar.

– Cuando quieras, hija, cuando quieras.
– Pues mira, ¿y si te vienes esta tarde al hogar del jubilado?. Yo juego con mis amigas esta tarde en el campeonato de tute arrastrao, vente a vernos. Esta es la dirección- Me dio un ticket del Árbol.

– Mejor dímela, porque veo menos que un gato de escayola, pero la memoria la conservo de maravilla.

Salí esa la casa más contento que unas castañuelas.

Esperé, paseando por las calles, hasta que me dio el hambre otra vez. Entré a una tasca, y pedí lo primero que se me ocurrió:

– Deme una de bravas.

– ¿Qué quiere de beber?- me respondió un camarero barrigón, bigotudo y sudoroso, con cara de mal café. Lo típico.

– ¿Qué me recomienda?

Me miró como solía mirarme mi madre. Es curioso, pero también olía igual que mi madre, a sudor, calamares rebozados y coñac. Sentí una cierta ternura por aquella bestia peluda y sucia.

Me puso una copa de coñac de muy malas maneras. Me la bebí de un sorbo, y me ardieron las entrañas. Pero me gustó. Y pedí otro, y otro, y otro…

Diez coñacs después, tenía un pedo como un templo. Las bravas no las había tocado.
Le había cogido un cariño enorme al camarero, le miraba con ojitos de carnero degollado, esperando que me dijera algo bonito…

Le dije al camarero que si por favor se tomaba una copa conmigo.Se la tomó, y otra, y otra, y ambos acabamos muy borrachos, amándonos como perros sobre la barra del bar, encima de las bravas.

Todo esto antes de las cuatro de la tarde. Mamá había muerto alrededor de las 11.

Salí dando tumbos del bar, recomponiéndome un poco el vestido y me dirigí al centro del jubilado, como pude.

Entré, y por poco me da un pasmo. Era el cielo, el paraíso, el edén. Aunque venía bastante satisfecho de mi encuentro con el camarero, me entraron de inmediato unas tremendas ganas de “mambo”. Mi “amiga” me vio enseguida, y me llevó casi a rastras a un cuarto situado en la parte de atrás, por entre una treintena de mesas repletas de señores y señoras de más de 50, todos mirándome, desnudándome con los ojos…En el cuarto de atrás había una mesa rectangular en centro, unas cuantas cajas de cerveza y de vino vacías y apiladas por los rincones, y una bombilla sucia colgando del techo como única luz, ya que no había ventanas.

Cuando acomodé mis ojos a la relativa penumbra distinguí a unas cuantas frágiles y seniles figuras, unas cinco o seis, que rápidamente se abalanzaron sobre mí, me desnudaron, me tumbaron en la mesa y me ataron, con los brazos y las piernas en aspa. ¡Qué sorprendente fuerza desarrollaron sus articulaciones artrósicas, sus huesos con osteoporosis y sus caderas protésicas! Volaron dentaduras postizas, enaguas, refajos, sostenes y bragas-faja.

Y yo me dejaba hacer.

Por un momento pensé que mi madre me había matado y yo estaba en el cielo, disfrutando de esas bellezas marchitas. Pero no estaba muerto, me lo estaba pasando teta, con tantos cuerpos fláccidos y resecos a mi alrededor, todos para mí. Lo que pasó en aquel cuarto no está en los escritos.

Mientras, afuera, sonaba “Mi carro”. Era la primera vez que oía la música.

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