Abelardo y sus curiosas aventuras…

Capítulo IV: La vida de hogar.

La sesión de sexo desenfrenado con las ancianas duró hasta bien entrada la noche.

Rendido, me arrastré como pude hasta casa.

Mamá ya no estaba en la acera, pero sí un charco de su sangre, mal disimulado con serrín.

Subí las escaleras donde horas antes había tenido mi primera experiencia sexual con la vecina. Entré en casa y me derrumbé en el sillón del salón. Sonreí a mi padre, que seguía tan contento, en su frasco de formol.

Puse la tele. Hablaban de un tipo con los pantalones subidos a la altura del sobaco y bigote, casado con una tonadillera con patillas y bigote, que había robado no sé qué de no sé dónde. La apagué porque no entendía nada. Me fijé y en un rincón, sobre una caja de madera de las de la fruta vi un pequeño tocadiscos en el que no había reparado al salir de casa aquella mañana. Lo conecté y sonó una bella canción:

“Más bonita que ninguuuuna
dicen todos al mirarme.
Más bonita que ninguuuuuna
dicen todos al pasar”

Me encantaba esa canción y estuve horas bailando, hasta que caí rendido sobre el sillón y allí dormí, por primera vez sobre algo confortable, hasta que casi al amanecer me despertó el yayo Paco:

– Menuda la has hecho, chiquillo.
– ¿Qué tal, yayo? Mamá está muerta.
– Ya lo sé, hijo, ya lo sé. Yo mismo me he encargado de recoger el cadáver, descuartizarlo, guardarlo en la maleta de tu abuela Carmen y tirarlo al río. Tardarán un tiempo en descubrirlo. Pero tú no tienes nada de que preocuparte, chiquillo, porque tu madre era una bruja muy lista, y nadie sabe de tu existencia. No existes, así que nadie va a buscarte.

En ese momento me di cuenta de que realmente no tenía a nadie en la vida, que estaba sólo como un perro.

– ¿Y que voy a hacer ahora, yayo, que me he quedado sólo?
– No estas sólo, niño, que aquí está tu yayo para lo que te haga falta.

Y me explicó su plan: él se vendría a vivir aquí, porque en poco tiempo le desalojarían de la chavola donde vivía. Me daría parte de su pensión para los gastos. El resto, dijo, era para sus vicios. Pero yo tendría que buscarme también la vida. Trabajar en algo para conseguir dinero. Me preguntó qué me gustaba hacer.

Le respondí, tímidamente, que lo único que había hecho hasta ahora, era hacer “cositas” con ancianas y camareros groseros. Se le iluminó la cara y dijo:

– Trabajarás en eso y santas pascuas.
– Pero si llevo haciendo eso desde que salí de casa y nadie me ha dado ni un euro.
– Pues si no te lo dan lo coges por la fuerza. Y ahora, ¿sabes hacer café? No, verdad, pues ven que te enseño y desayunamos. Hoy no vas a trabajar, elaboraremos un plan para sobrevivir los dos aquí. Ya verás que bien. A lo mejor incluso podemos llegar a comprar jamón algún día.

Todo sonaba tan genial. Había pasado de vivir en una jaula a tener un universo de posibilidades ante mis ojos.

Cuando me di cuenta el yayo Paco me estaba metiendo mano como un campeón. Como siempre, me dejé hacer. Parece mentira el aguante que puede tener un señor alcohólico de 70 años. Cuando acabó, se metió al cuerpo un buen trago de un cartón de vino que traía con él, y se quedó dormido en el sillón.

Aproveché que se había dormido y fui a la habitación de mi madre. Estuve un rato jugando con las muñecas calvas. Qué penita me daban las pobres. Luego abrí el armario, buscando algo que ponerme, que no era plan repetir modelito dos días seguidos. Escogí una falda de popelin turquesa con godets y una camisa verde agua con mangas ranglan, preciosa. No sabía que Mamá tuviera esa ropa, nunca se la había visto puesta antes. Siempre que venía a vernos, llevaba un vestido negro hasta la rodilla abotonado por delante y atado con un lazo en la cintura, y el pelo atado con una redecilla.

El yayo Paco se despertó y me llamó a gritos. Fui corriendo al salón. Sólo había tenido una pesadilla, pero aprovechando que ya estaba despierto, aunque aún algo borracho le pregunté por mi madre, por mi padre…

Y me contó la historia desde la época de mis abuelos, que fue cuando él tomó contacto con nuestra peculiar familia.

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