Capítulo V: La Familia


En el año 1940, justo al terminar la guerra, mi abuelo Edelmiro malvivía en Madrid comiendo gatos y robando por los huertos. Conoció en un baile de barrio a una mocita coja, tuerta y tísica, llamada Carmencita. Estuvieron de novios ocho años, y la abuela Carmen no se dejó tocar un pelo hasta que un buen día mi abuelo se hartó de tanta mojigatería, la emborrachó con anís La Castellana y la dejó preñada.

Ella no se enteró hasta que empezó a ponerse gorda. Como era imposible que engordara, porque se alimentaba exclusivamente de las motas de polvo que recogía en las casas de postín que limpiaba, la familia empezó a mosquearse.

Así que se la llevó mi bisabuela a don José, el médico, que no era médico ni era nada, que era un señor que entendía de hierbas, de arreglar huesos, quitar males de ojo y esquilar borricos. El buen señor le echó un ojo a la Carmencita y le diagnosticó o unos gases o un embarazo. Por si acaso le dijo que tomara anises para los gases y que si no eructaba, era un penalti de libro. Y como no eructó, mis bisabuelos pusieron el grito en el cielo y la echaron a la puta calle. Entonces la pobre fue a ver a mi abuelo, que estaba donde siempre, en la tasca del tio Antonio, borracho como un percebe. Ella le dijo:

– Edelmiro, que estoy preñada y tienes que apechugar.
– Mira, Antonio, que está hablando el taburete.
– Edelmiro, soy yo, Carmencita. Estoy embarazada y tenemos que casarnos.
– Pues adelante. Una ronda de chinchón para todos, que el taburete se casa con algún pringao.
– Me caso contigo.
– ¡La hostia!.

Se casaron y tuvieron una hija, mi madre, Pili. La abuela se puso de parto quince días después de la boda en plena calle Serranos. Nadie la ayudó y se le cayó la niña al suelo. Se quedó colgando por el cordón umbilical, como haciendo puenting. La sufrida madre de la criatura la recogió y llegó como pudo a la chavola de las afueras, donde vivían. Pili era cetrina, fea, y mala desde el mismo momento de su nacimiento. Nació con dientes y cuando la pobre abuela Carmen intentó darle el pecho le arrancó un pezón de un mordisco. A la abuela le daba miedo la criatura, y le dijo a su marido:

– Edelmiro, intenta darle tu el biberón a la niña mientras me intento contener la hemorragia.

Como el abuelo Edelmiro estaba borracho, como siempre, se cabreó un poco con la abuela y le pegó una torta que le reventó la cabeza. Fue la primera torta y la última. No porque la abuela lo dejara después de ese primer maltrato, sino porque la dejó seca en el acto. Y la jodía niña lloraba a moco tendido, y al abuelo se le estaba levantando dolor de cabeza. Entonces, como tenía conocimientos de carnicería de tanto haber descuartizado gatos, hizo lo propio con la abuela y la guardó en una maleta. A la niña le dio un chupito de chinchón, y esta se quedó dormida como una bendita. Él también se metió un lingotazo al cuerpo y se quedó dormido con la niña en el regazo, y con los pies sobre la maleta donde descansaba, no sé si en paz o no, su recientemente difunta esposa.

Cuando se despertó, tuvo un momento de lucidez, se cogió a la niña bajo un brazo, la maleta bajo el otro, la botella de chinchón que aún tenía un culín, diez duros que había cobrado por conseguir unas mantecas de niño de ocho años para un amigo suyo, y se fueron a Coruña, y de ahí, a la Argentina, en el vapor “La Floridita”. El abuelo fue tirando trozos de la abuela entre las Azores y Buenos Aires. Cuando llegaron allí, a mi abuelo lo llamaron gallego y eso le sentó fatal, asi que le arreó otro soberano mamporro al desgraciado pibe, se subió otra vez al barco con la nena bajo el brazo, y con las mismas se volvieron a España en el mismo barco.

Cuatro meses más tarde (dos de ida y dos de vuelta), volvían a estar en Madrid, en su casa, y mi abuelo era padre viudo.

Mi madre fue educada con primor por su amantísimo padre, que descubrió que si a la nena, que por aquel entonces tenía cinco meses, le daba chinchón por la mañana quedaba dormidita hasta la tarde, cuando al abuelo se le acababa la cuenta en la tasca y tenía que volver a casa. Entonces le daba un bocadillo de manteca con azúcar que la nenita se merendaba en un pispas con esos dientecitos como alfileres que tenía desde el día de su nacimiento, y a dormir hasta el día siguiente. Pero ocurrió la desgracia y al abuelo lo metieron preso por la ley de vagos y maleantes. Entonces mi abuelo le encargó a su amigo Paco, el yayo Paco, que cuidara a la criatura. El abuelo no volvió de la cárcel. No es que se hubiera muerto allí ni nada parecido, sino que allí al fin encontró el amor verdadero con un estibador de Laredo. Se fueron a Francia, y fueron felices trabajando en varietés. El yayo Paco trató de poner algo de formalidad en esa casa, y lo hizo con muy buena mano a pesar de beber más que los peces del villancico.

Pasaron los años, Pili crecía, fue al colegio con las Ursulinas, y sin pena ni gloria, llegó el día en que Pilita cumplió quince, allá por el 64.

Volviendo de su último día de colegio con las Ursulinas, al pasar por un descampado, la asaltaron, la violaron y la dejaron preñada. Cuando el violador se disponía, después de realizar el acto, a introducir su miembro en la boca de la jovencita, está se lo cercenó de un mordisco, y huyó corriendo a casa con su trofeo en la boca. Al yayo Paco le hizo una gran ilusión, y lo guardaron en un frasquito de formol. De ese embarazo nació un niño muerto, que mi madre preparó al horno como un cochinillo. Le quedó buenísimo.

A partir de ahí, se sucedieron numerosos escarceos sexuales con gentuza de la peor calaña, y consecuentemente embarazos que acababan de las más variopintas maneras: uno se le cayó rodando por la escalera del metro, otro se le perdió por la calle y cuando se dio cuenta de que le faltaba un feto, vio a un perro llevándoselo en la boca, a otro le dio a luz en una barca de El Retiro, pero estaba pringoso, se le resbaló y se le cayó al agua. Como iba vestida de domingo y no le apetecía mojarse, cortó el cordón umbilical y allí lo dejó, con las carpas.

Así pasaron los años, los embarazos y los niños muertos. Un buen día el yayo estaba medio sobrio y decidió poner los puntos sobre las ies. Le dijo a mi madre que por dios, hiciera las cuentas pertinentes después de cada acto sexual, porque mi madre cada vez que lo hacía se quedaba en estado, y a ver si así conseguían calcular la fecha del parto, y si se le tenía que caer el niño, que por lo menos se le cayera en casa.

Y por suerte, mi hermana mayor, Menchu, se le cayó en casa, en septiembre de 1984, mientras estaba el yayo Paco, que se encargó de apañarla y demás. A mi madre no se le daban esas cosas. Menchu era una niña muy mona, preciosa, aunque nació calva como una bola de billar y no tuvo un solo pelo hasta los cuatro años. Luego le salió todo de golpe, y parecía un collie. Para parecer un perro, por lo menos parecía un perro mono… Como nunca había tenido un bebé, a mi madre le dio la neura de la madre primeriza, protectora. Deseaba proteger a esa niñita peluda por encima de todas las cosas. Así que la guardó en la maleta de la abuela Carmen. Pero seguía con la neura, y sentía que su hijita necesitaba un padre.

Entonces salió a la calle en busca de un padre para su hija. Con tan buena suerte de que en el rellano se encontró con el butanero. Le arrebató la bombona de butano, y con la fuerza bruta que había heredado de su padre le arreó la hostia de la vida, causándole una herida inciso-contusa en la región temporal y lo metió a rastras en casa. El butanero, es decir, el papá de Menchu, se había quedado grogui con tremendo bombonazo (es decir, golpe de bombona, porque mi madre era, y fue hasta el momento de su muerte, un callo malayo), así que mientras estaba inconsciente mamá lo ató a la cama de su habitación, y descansó.

Al fin tenía un hombre al que llamar suyo, tenía una hija preciosa, tenía una familia. Estaba feliz como una perdiz comiendo maíz. Pero el papá de Menchu se despertó y empezó a gritar así que mamá tuvo también que amordazarlo. Así estuvo hasta el 89. Cada noche mamá le obligaba a tener ayuntamiento carnal, pero no se sabe por qué, ya no se quedaba preñada. Supongo que a mamá sólo la embarazaban los espermatozoides violadores, no los violados.

Por eso, mamá se enfadó, quería más niños, quería tener una familia numerosa. Y tan enfadada estaba que en un arrebato histérico le cortó la cabeza al papá de Menchu con el machete de despiezar pollos, y la guardó en un tarro con formol, que colocó sobre la mesa camilla del salón.

Y después de eso se sintió tan sola que sacó a mi hermana de la maleta y le dijo:
– Nena, vamos, que tienes que hacer la comunión.
Y le dio la primera hostia de muchas.

Pasó el tiempo y decidió buscar a otro marido. Entonces vino un señor a casa vendiendo enciclopedias. A mi madre le pareció tan guapo, tan apuesto, tan culto y varonil, que le arreó con el tomo “spezia – turégano” de la enciclopedia, y repitió la jugada del padre de Menchu. Ese era mi padre.

Un buen día papá logró soltarse cuando mamá se había ido a la novena de San Antonio, pero estaba tan débil por los años de inmovilidad, que cuando estaba arrastrándose hacia la puerta para salir se encontró de bruces con mi madre, que se puso furibunda, y como no, le cortó la cabeza.Me siento tan orgulloso de haber tenido un padre vendedor de enciclopedias…

Entonces nos sacó a mi hermano y a mi, y pasó lo de mi comunión y demás. Un par de meses mas tarde, se nos murió mi hermana Menchu. Moquillo, dijo el veterinario. Ahí mi madre acabó de ponerse loca. Compró un montón de muñecas de porcelana, les arrancó el pelo y forró con el un monigote, porque así le recordaba a su niña peluda.

Y luego pasó lo mío, y se murió mamá, y me quedé con el yayo Paco.

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