Capítulo VI: El Futuro.

La historia familiar me dejó muy conmovido. Cuántas cosas habían pasado en esta casa… Y cuantas cosas iban a pasar en poco tiempo.

Al día siguiente empecé a trabajar. Me vestí con mis mejores galas, me maquillé, me hice un bonito recogido y salí a la calle a lucirme. Pasé por delante de una obra. Los señores albañiles me gritaron cosas bellísimas, que sonaban a música en mis oídos. Me podría haber quedado allí toda la vida, pero tenía que ganarme los garbanzos. Una pena.

Me fui al mercado, a mostrar mi mercancía, nunca mejor dicho, y camelarme alguna señora. Y vaya si me camelé a una señora, y a dos, y a tres, y a siete. Con todas el mismo proceso: me confundían con alguna vecina del pueblo, amiga de la infancia, o compañera de internado, me invitaban a casa, me hacían café, me daban magdalenas, pastas danesas, nevaditos…, y cuando se llevaban las cosas a la cocina al acabar, yo las asaltaba en la cocina, las violaba y, amenazándolas con el cuchillo jamonero les pedía el dinero, las joyas y todo lo de valor que tuvieran. Ellas, azoradas en parte por el cuchillo que blandía ante sus caras, en parte por el brutal orgasmo que acababa de proporcionarles, me daban todas sus pertenencias sin rechistar. Y yo volvía a casa, encantado de la vida.

Sin embargo, mi vida se me hizo monótona al cabo de pocos meses. Yo quería vivir aventuras, no quería que me encasillasen como violador de ancianas y chorizo. Se lo decía al yayo Paco, pero a él no le convenía que yo dejase el trabajo, porque sus buenos cuartos se llevaba, que se estaba montando en el dólar, hasta había desempeñado la dentadura postiza y se había comprado unas cuantas lonchas de jamón en el super, de esas que vienen envasadas al vacío, pero el muy hijo de puta no me daba. Para mí compraba mortadela de aceitunas, que no me gustaba lo más mínimo, pero como me decía que había que comer verduras…

Estaba harto de ancianas, de robos, de mortadela, de ir de casa al trabajo, del trabajo a casa, de que no me dejara salir por las noches, porque decía que si salía por la noche al día siguiente tendría un aspecto horrible y ninguna anciana querría irse conmigo…Estaba harto de todo, me sentía más encerrado que cuando estaba en la jaula, más claustrofóbico que cuando estaba en la maleta. Por primera vez en mi vida sentía deseos de acabar con todo y con todos, de suicidarme, o de matar.

Es verdad que ya había matado antes, o al menos había contribuido muy activamente en la muerte de mi madre. Pero lo había hecho sin premeditación, arrastrado por las circunstancias. Ahora planearía un asesinato en toda regla. Y, como yo no existía, nadie me buscaría, nadie sospecharía de mí. El crimen perfecto.

En la cocina seguía colgado el hueso del jamón. Me pareció el arma perfecta. Qué paradoja, muerto por su objeto más deseado, después de Menchu, durante mucho tiempo.

Me senté en el sillón del salón con el hueso sobre mis rodillas, acariciándolo casi con lascivia. Esperé y esperé. Y el yayo Paco no llegó. Salí a la calle a buscarlo. No sé por qué lo hice. Tenía remordimientos de lo que iba a hacer aun antes de hacerlo. Estuve mucho rato buscado al yayo, hasta que lo encontré en el parque del barrio, sentado en un banco, con un trozo de pan en la mano. Era muy tarde, estaba muy oscuro. Me acerqué a él. Estaba muerto. Ya no tendría que matarlo, pero ahora sí que estaba sólo.

No sé cuanto tiempo estuve llorando en aquel banco del parque, ni cuando me dormí, pero me desperté con algo cálido, áspero y húmedo pasándome por la cara. Abrí los ojos, era un perro. Y detrás de ese perro había una chica, de mi edad, ciega como un gato de escayola. Me dijo:

– Perdone señor, o señora. Estate quieto, Atila. – tiró del perro, que era más feo que pegarle a un padre, e hizo ademán de irse.
– No pasa nada.
– Ah, eres un chico joven y tienes una voz muy bonita – me sonrió mostrándome que le faltaban los incisivos.

Entonces no supe qué hacer. Me atasqué, tartamudeé, empecé a sudar, a temblar, y a sentir nauseas. Y salí huyendo a casa, dejando allí al yayo muerto, mientras Atila, el perro de la ciega, empezaba a mordisquearle un tobillo.

Me encerré en el armario de mamá, y volví a llorar. Nunca antes había llorado en todos mis años de tortura, y ahora, en pocas horas, había llorado dos veces. Aquello no marchaba bien. No podía dejar de pensar en la ciega, y en lo que me había dicho. Y no entendía por qué sentía eso. No lo había sentido antes, esas cosquillas en el estómago me ponían nervioso. Empecé a pensar en que tenía que verla, que buscarla, que decirle algo, contarle que me gustaban sus ojos en blancos, su bigotillo incipiente, su pelo enmarañado, y su sonrisa desdentada. Y como no sabía que hacer, fui a la nevera y me hice un bocadillo con el jamón del yayo Paco y medio tomate. Me sentó como un tiro y me pasé el resto del día vomitando.

Siempre he sido bastante listo y durante los meses que estuve trabajando en mis asuntos con las ancianas, sisaba de cada botín unos cuantos euros, antes de darle nada al yayo, y así conseguí una pequeña cantidad de dinero que podía llamar propia. Y con ese dinero decidí regalarle a la ciega algo bonito. Entonces… Entonces…
Entonces…

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