Último Capítulo: Un final… ¿Feliz? ¿Absurdo?… ¿Definitivo?

Con el dinerillo que había ahorrado me fui a comprarle algo a la ciega. Pero era difícil ¿Qué podría regalarle a alguien que no veía tres en un burro? Necesitaba encontrar algo que no hiciera falta mirar, sólo sentir. Lo estuve pensando un buen rato. Nunca había hecho un regalo a nadie, y nadie me había hecho un regalo a mí. Pensé en un gato, pero ya tenía un perro, pensé en un peluche, pero me pareció una idiotez, así que decidí regalarle un consolador.

Fui al sex shop y nada más entrar me quedé como tonto. Cuanta cosa sexual junta, cuanto pene, cuanto potorro, cuanto de todo… No sabía por qué decantarme, y le consulté a la empleada de aspecto amable y peinado imposible. Me sacó millones de cosas que yo no sabía ni para qué servían ni qué era lo que se supone que estimulaban, así que le dije que quería un vibrador bonito, normalito y de fácil limpieza. Me mostró unos cuantos, y por fin me decidí y le compré un vibrante pene de un bello tono azul eléctrico. Pedí que lo envolvieran para regalo, y salí de allí encantado de haberme conocido. Pasé la tarde nervioso por lo que iba a pensar ella, rebuscando en el armario un vestido bonito para ponerme, haciéndome mechas, poniéndome guapo. Luego pensé que de qué me servía, si ella era ciega. Así que me fui a la cama, y me dormí abrazado a una de las muñecas de mi madre.

A la mañana siguiente fui al mismo banco del mismo parque y me senté a esperarla. Enseguida vi a Atila acercarse corriendo, y arrastrando a la ciega por el suelo. Se paró ante mí, meneando el rabo y con la lengua fuera, e intentó tener sexo con mi pierna. La pobre cieguita estaba hecha un asco, parece que el perro la había arrastrado varias decenas de metros, por el parque, entre los cristales rotos de los restos del botellón, las jeringuillas de los yonkis, condones usados y caquitas de perro. Aún así yo la veía bellísima. Si aquello no era amor, que baje Dios y lo vea…

– Por fin te paras, puto perro de mierda, hijo de puta– gritó la ciega en cuanto consiguió sacarse dos cacas de perro de la boca.
– Hola.– Me atreví a decirle– ¿Estás bien?
– Ah, eres el chico del otro día… Si, estoy bien, esto pasa cada día, así que estoy acostumbrada. En mi casa somos pobres, y como no podían comprarme un perro lazarillo como Dios manda, le robaron esta puta mierda de bicho a unos gitanos. Cualquier día me mata. ¿Por qué te crees que no tengo dientes?
– Bueno, no te preocupes, será que es joven y juguetón…
– Qué coño va a ser joven, si tiene más años que la tos con flemas.
– Oh, lo siento…–Me quería morir, que me tragara la tierra y demás… Pero entonces ella me sonrió.
– No pasa nada. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Julita.
– Abelardo. Encantado de conocerte.
– Igualmente. ¿Y a que te dedicas?
Le conté toda la verdad, toda mi historia y no se extrañó de nada. Parecía que ya le sonara mi historia… y eso me sorprendió a mí. Le conté lo de las maletas, mis hermanos, mi madre, mi yayo… todo. Y ella sonreía con su boquita desdentada y asentía.
–¿ Tu madre se llamaba Pili, verdad, Abelardo?
– Si, ¿cómo lo sabes?
– Tu madre me cuidaba cuando era pequeña. Y como yo era ciega, me regalaba ojos de muñeca, tengo muchos en casa, en una caja. Tu madre me quería mucho, y yo a ella, y siempre estaba hablando de sus hijos, sobre todo de ti, siempre dijo que eras muy guapo y muy listo, como tu padre. Yo siempre deseé conocerte, le pedía a tu madre que te trajera a casa, pero siempre decía que si te dejaba salir luego no volverías, te perdería para siempre, y le daba miedo perderte. Entonces un buen día tu madre dejó de venir. Le dio una carta a mi abuelo, tu yayo Paco , en la que decía que necesitaba ocuparse de si misma un tiempo. La comprendí. Y me regalaron a Atila, para que paseara con él, ya que tu madre ya no vendría a pasearme. Pero se me quedó la espinita de no haberte conocido, Abelardo.
– Pues aquí estoy, Julita. Cuéntame algo más de ti,¿ A que te dedicas tu?
– Pido limosna por la calle, porque me obliga el yayo, pero hace un par de días que no viene por casa. ¿Está en la tuya? Estoy preocupada.
– El yayo está muerto.
– Entonces ya puedo cobrar la herencia.
– ¿Herencia?
– Si, eso ya te lo explicaré en su debido momento. O mejor, déjame hacer a mi las cosas a mi manera, no me gusta dar explicaciones.
– Bueno, ¿Y vives con alguien más? ¿Con tus padres, o hermanos?
– No, vivo yo sola, con Atila. El yayo Paco venía a verme por las tardes.
Mira tu por donde, que al final se descubrieron los asuntos del yayo.
– ¿Y qué vas ha hacer ahora?
– Si quieres puedo irme a vivir contigo.
– ¿Conmigo?
– Si, contigo. Me gustas, Abelardo, me gustas mucho. Me gustas como a un tonto un plastidecor naranja.
– Sabes, Julita, tengo un regalo para ti. Y tu también me gustas.

Y le di el paquete, y le hizo tanta ilusión tocar el consolador, que por poco le da una lipotimia. Nos fuimos a casa, los dos con vestidos de flores, los dos sonrientes, los dos deformes e inválidos, los dos al fin acompañados, de la manita, con Atila intentando aparearse con todas las farolas, papeleras y parquímetros de la calle. Éramos tan felices que dábamos asco.

Aquella noche fue la mejor de mi vida, mil veces mejor que la orgía con las ancianas en el hogar del jubilado. A pesar de que no era virgen, ni mucho menos, fue la primera vez que realmente sentí que estaba haciendo el amor, y que no era solo follar por follar. Y me gustaba, y me asustaba, pero me repuse al miedo y fui valiente por primera vez y asumí lo que sentía.
– Te quiero, Julita.
– Yo a ti también, pero sácame el consolador de la oreja, que eso no va ahí.
Desde ese día vivimos juntos y felices, y nueve meses después nació mi hija, Francisquita. En realidad, se le cayó a Julita mientras estaba fregando los platos del desayuno. Era tan feúcha, peluda, y redondita, que parecía un gatito. Éramos muy felices. Habíamos cobrado la herencia de los padres de Julita, que el yayo Paco había bloqueado, la del yayo Paco, que estaba forrado, el muy cabrón , y como yo no existía por ningún lado, no teníamos que pagar el alquiler del hogar, así que no nos faltaba de nada, y ambos pudimos dejar de trabajar.

Dejé de vestirme de mujer porque Julita me compró ropa de hombre en el mercadillo. Tiramos las muñecas de porcelana, pusimos “sintasol” en el suelo de la habitación, cambiamos el papel pintado de la pared. Yo construí una cuna para mi niñita peluda con una caja de naranjas que me encontré en la basura, y le dimos un entierro digno a mi hermana Menchu, tirando sus restos mortales al lago de la Casa de Campo, guardamos a los papás en el fondo del armario, para que no asustaran a la nena. Y, lo que más me gustó de todo: compramos más discos de Marisol, y los escuchábamos juntos todas las noches. Todo parecía marchar bien.

Pero como lo bueno nunca dura, un día vinieron a detenerme por robo y violación a unas 90 ancianas. Parece ser que unas cuantas se enamoraron de mí después de mi visita, y se suicidaron dejando notas que me incriminaban. Investigaron, encontraron a otras que confesaron por despecho y por presiones familiares, me juzgaron, me declararon culpable, me condenaron a 20 años y un día y me llevaron a la cárcel. Todo eso en 15 días, para que luego digan que la justicia es lenta…

Y en la cárcel estoy ahora. Hace mucho que no sé nada de mi familia. Sé que no lo están pasando mal. Al principio vinieron a verme un par de veces, pero la distancia estropea las relaciones, y todo se fue a la porra. Un día me llegó una carta de Julita diciendo que había conocido a otro hombre, que era cirujano oculista y que había conseguido devolverle la vista. Además era rico, le pagó la cirugía estética y la dejó potentorra . A mi hija la internaron en un colegio en Suiza, donde tiene montones de amiguitas (es sólo femenino), y corre en libertad por las montañas como Heidi.

Yo, por mi parte, como me he pasado toda la vida encerrado, no se me hace raro estar aquí. La gente no es mala, me han cogido cariño. Me encargo de la biblioteca y fomento la lectura entre la comunidad reclusa. Como tengo un comportamiento ejemplar me han permitido tener un tocadiscos y mis discos de Marisol, y a veces montamos guateques en el comedor. La cárcel es un lugar muy ameno donde se hacen muchos amigos. Y hay un marinero de Santoña, detenido por narcotráfico, que es muy guapo y me mira mucho en las duchas.

Por fin soy feliz. A ver cuanto me dura.

FIN

Los siete capítulos originales de las  Crónicas de Abelardo fueron escritos  en 2005 (creo….), y salieron a la luz  en el marco de un blog en colaboración que trajo grandes satisfacciones, pero acabó extinguiéndose como el dodo. Posteriormente, Abelardo fue sacado de nuevo a la luz en 2007, en el antiguo fotolog, y ahora, en este blog de pacotilla, ha rellenado entradas con gracia, buen gusto y rigor antropológico (JA!).

Espero los hayan disfrutado con salud.


UN CADÁVER EXQUISITO

arde_nena_arde

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ÚLTIMO CAPÍTULO: UN FINAL ¿FELIZ? ¿ABSURDO? ¿DEFINITIVO?

ÚLTIMO CAPÍTULO: UN FINAL ¿FELIZ? ¿ABSURDO? ¿DEFINITIVO?

3/12/07

Con el dinerillo que había ahorrado me fui a comprarle algo a la ciega. Pero era difícil ¿Qué podría regalarle a alguien que no veía tres en un burro? Necesitaba encontrar algo que no hiciera falta mirar, sólo sentir. Lo estuve pensando un buen rato. Nunca había hecho un regalo a nadie, y nadie me había hecho un regalo a mí. Pensé en un gato, pero ya tenía un perro, pensé en un peluche, pero me pareció una idiotez, así que decidí regalarle un consolador.

Fui al sex shop y nada más entrar me quedé como tonto. Cuanta cosa sexual junta, cuanto pene, cuanto potorro, cuanto de todo… No sabía por qué decantarme, y le consulté a la empleada de aspecto amable y peinado imposible. Me sacó millones de cosas que yo no sabía ni para qué servían ni qué era lo que se supone que estimulaban, así que le dije que quería un vibrador bonito, normalito y de fácil limpieza. Me mostró unos cuantos, y por fin me decidí y le compré un vibrante pene de un bello tono azul eléctrico. Pedí que lo envolvieran para regalo, y salí de allí encantado de haberme conocido. Pasé la tarde nervioso por lo que iba a pensar ella, rebuscando en el armario un vestido bonito para ponerme, haciéndome mechas, poniéndome guapo. Luego pensé que de qué me servía, si ella era ciega. Así que me fui a la cama, y me dormí abrazado a una de las muñecas de mi madre.

A la mañana siguiente fui al mismo banco del mismo parque y me senté a esperarla. Enseguida vi a Atila acercarse corriendo, y arrastrando a la ciega por el suelo. Se paró ante mí, meneando el rabo y con la lengua fuera, e intentó tener sexo con mi pierna. La pobre cieguita estaba hecha un asco, parece que el perro la había arrastrado varias decenas de metros, por el parque, entre los cristales rotos de los restos del botellón, las jeringuillas de los yonkis, condones usados y caquitas de perro. Aún así yo la veía bellísima. Si aquello no era amor, que baje Dios y lo vea…

– Por fin te paras, puto perro de mierda, hijo de puta– gritó la ciega en cuanto consiguió sacarse dos cacas de perro de la boca.
– Hola.– Me atreví a decirle– ¿Estás bien?
– Ah, eres el chico del otro día… Si, estoy bien, esto pasa cada día, así que estoy acostumbrada. En mi casa somos pobres, y como no podían comprarme un perro lazarillo como Dios manda, le robaron esta puta mierda de bicho a unos gitanos. Cualquier día me mata. ¿Por qué te crees que no tengo dientes?
– Bueno, no te preocupes, será que es joven y juguetón…
– Qué coño va a ser joven, si tiene más años que la tos con flemas.
– Oh, lo siento…–Me quería morir, que me tragara la tierra y demás… Pero entonces ella me sonrió.
– No pasa nada. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Julita.
– Abelardo. Encantado de conocerte.
– Igualmente. ¿Y a que te dedicas?
Le conté toda la verdad, toda mi historia y no se extrañó de nada. Parecía que ya le sonara mi historia… y eso me sorprendió a mí. Le conté lo de las maletas, mis hermanos, mi madre, mi yayo… todo. Y ella sonreía con su boquita desdentada y asentía.
–¿ Tu madre se llamaba Pili, verdad, Abelardo?
– Si, ¿cómo lo sabes?
– Tu madre me cuidaba cuando era pequeña. Y como yo era ciega, me regalaba ojos de muñeca, tengo muchos en casa, en una caja. Tu madre me quería mucho, y yo a ella, y siempre estaba hablando de sus hijos, sobre todo de ti, siempre dijo que eras muy guapo y muy listo, como tu padre. Yo siempre deseé conocerte, le pedía a tu madre que te trajera a casa, pero siempre decía que si te dejaba salir luego no volverías, te perdería para siempre, y le daba miedo perderte. Entonces un buen día tu madre dejó de venir. Le dio una carta a mi abuelo, tu yayo Paco , en la que decía que necesitaba ocuparse de si misma un tiempo. La comprendí. Y me regalaron a Atila, para que paseara con él, ya que tu madre ya no vendría a pasearme. Pero se me quedó la espinita de no haberte conocido, Abelardo.
– Pues aquí estoy, Julita. Cuéntame algo más de ti,¿ A que te dedicas tu?
– Pido limosna por la calle, porque me obliga el yayo, pero hace un par de días que no viene por casa. ¿Está en la tuya? Estoy preocupada.
– El yayo está muerto.
– Entonces ya puedo cobrar la herencia.
– ¿Herencia?
– Si, eso ya te lo explicaré en su debido momento. O mejor, déjame hacer a mi las cosas a mi manera, no me gusta dar explicaciones.
– Bueno, ¿Y vives con alguien más? ¿Con tus padres, o hermanos?
– No, vivo yo sola, con Atila. El yayo Paco venía a verme por las tardes.
Mira tu por donde, que al final se descubrieron los asuntos del yayo.
– ¿Y qué vas ha hacer ahora?
– Si quieres puedo irme a vivir contigo.
– ¿Conmigo?
– Si, contigo. Me gustas, Abelardo, me gustas mucho. Me gustas como a un tonto un plastidecor naranja.
– Sabes, Julita, tengo un regalo para ti. Y tu también me gustas.

Foto subida a las 10:48

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