Onofre se siente solo.

Baja a por el pan. Lo compra en el súper, cada día a una hora distinta e intentando no coincidir más de una vez por semana con la misma cajera.

Detesta la soledad.

Nunca mira a los ojos de la gente. Va por la calle mirando al suelo, cuando alguien le pregunta algo rehúye la mirada, intenta dar las explicaciones pertinentes lo más rápido posible y escapar de esa situación que lo incomoda.

Tiene miedo de que nadie lo eche de menos cuando ya no esté.

Cuando alguien llama por teléfono nunca lo coge. Cuando alguien llama a la puerta, no abre. Mira siempre por la mirilla antes de salir, y escucha atentamente para que nadie esté bajando por las escaleras o subiendo en el momento en el que él pone un pie en el rellano.

Le encantaría poder sentarse con alguien, tomar un café y charlar durante horas.

Sale a pasear casi cada día. Lo hace de madrugada, abrigado hasta las cejas. La cabeza hundida entre los hombros, la mirada fija en la línea imaginaria que siguen sus pies por las calles vacías. Cada día, antes de salir elabora un nuevo recorrido, procurando no pasar nunca por lugares por los que haya pasado recientemente. Su rutina es no tener rutinas.

Desea con todas sus fuerzas encontrar a su alma gemela.

Trabaja desde casa. Su jefe directo es una dirección de e-mail a la que manda puntualmente lo que otra dirección de e-mail le ha pedido unos días antes. Gana suficiente dinero como para vivir holgadamente. Mantendría con facilidad una familia, si la tuviera. Podría pagarse unas buenas vacaciones en un bonito y bullicioso lugar de la costa.

Sin embargo escucha la televisión con auriculares y la luz apagada, para evitar que su presencia se note demasiado.

Antes de dormir, noche tras noche, tendido en la cama, piensa en su vida. Y es capaz de definirla en una sola palabra.

Soledad.

Y justo antes de que le venza el sueño, se pregunta, sin acabar de entenderlo, por qué alguien como él está solo.

Onofre es gilipollas.

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