No queda otra, hay que volver.

Además, ahora Supernovio es bloguero de pro, creador de tendencias, formador de opiniones, azote de lamers, pastor de protoss y abridor de tarros con la tapa “difícil”. Pues yo me niego a ser menos, copón. Es estúpido por mi parte dejar abierta esta lata de aceitunas (y estrellas), que se me van a quedar revenidas.

Ha pasado casi un año desde que escribí la última entrada “personal”. Me iba de Salamanca y cerraba un círculo. O una elipse. O un dodecágono. Una forma geométrica plana. Se supone que ahora estoy inmersa en otra, pero puede que sea mucho suponer.

La cosa es que llevo casi un año viviendo en Pontevedra, y no se está demasiado mal. He echado de menos el frío del invierno, echo de menos el calor del verano, me falta la tortilla de espinacas del Mandala, las piedras de oro y el ambiente juvenil.

Pontevedra es una ciudad de perros y niños. Con las dramáticas consecuencias que ello tiene: mierdas por la calle, carritos kamikazes, ladridos, alaridos, impertinencias varias… Pero a todo se acostumbra uno. Lo llaman síndrome de Estocolmo, creo.

Pero no todo es malo. Hay callejones en los que parece que va a salir un señor del siglo XV a atracarte con un sable en una mano y una vela en la otra. Hay tiendas de trastos y cachivaches y libros de enésima mano en cajas a un euro. Hay señoras que venden lo que da su huerta por la calle y una plaza de abastos con unos peces tan frescos que te echan piropos cuando pasas. Hay un Valle Inclán menudito y manco en una plaza (me contaron la historia del brazo perdido, y es ciertamente fascinante). Hay un “oooooh”, (como había en Salamanca cuando se encendían las luces de la Plaza Mayor, si bien no tan espectacular, por lo menos me hace el apaño) y es el despegue simultaneo de cientos de palomas en la Plaza de la Herrería. Hay otras muchas plazas, porque a falta de una plaza mayor, hay chorrocientas placitas cada cual con su encanto (yo me quedo con la de la Verdura en otoño). Hay un “Valle de los caídos postapocalípico”, una enorme cruz con una fábrica papelera al fondo y la ría y la puesta de sol… digno de fotografiar. Hay biblioteca, bares, supermercados, tiendas de los chinos… Vamos, que hay de todo.

¿Y qué mierda he estado haciendo todo este año? Los que me conocen y a los que doy la chapa por las diversas redes sociales se harán ya una idea. Para los que no (los que llegan buscando recetas de galletas de margarina), lo resumiré brevemente (lo que yo entiendo por brevemente):
Llegué, me apunté a la escuela de idiomas, a inglés y gallego, pero el gallego lo dejé porque no me gustaba el ambiente de la clase, sin embargo descubrí que me gusta el inglés y que se me da bastante bien, incluso sin acento mexicano. Me apunté a una academia para prepararme las oposiciones, pero una vez cogida carrerilla, como era bastante mierdoso el sitio, he optado por sufrir por mi cuenta, en soledad y silencio las hemorr… digo las oposiciones, y de paso ahorrarme la pasta. También encontré un buen nido, compartido con otros cuatro “pájaros y pájaras”, de los cuales, discúlpenme los “descartados” si me llegan a leer, me quedo con dos, un señor que quiere ser jubilado (chaleco de rombos y crítica de obras públicas incluidos) , y una señora levemente perturbada pero encantadora a la que mis chuchas (las cobayas) adoran por sus sobornos a base de calabacín. Estas dos personas humanas lamentablemente me han abandonado para irse a vivir “a la Coru, neno”, pero no se librarán de mí fácilmente (que se lo digan a la mujer que recibe llamadas etílicas a horas impertinentes de la mañana XD). Ahora vivo en un piso nuevo y desconocido… Me gusta el nido en si, porque tiene despensa, y el reto que tengo por delante, a ver qué fauna se acaba juntando. Además, retomé el gusto por tejer a dos agujas para hacerle una bufanda de “repúblicas europeas de ayer y hoy” a Supernovio, y una cosa llevó a la otra, empezó a interesarme el ganchillo, luego llegaron los amigurumis, las mantas de lana y ahora mismo las fundas para gadgets. Las cobayas han crecido sanas y fuertes. Yo también he crecido (a lo ancho) sana y fuerte a base de ir a comer a casa de Supernovio, cuya madre hace el rape rebozado más rico de toda la cristiandad. He visto documentales, he leído libros, he aprendido a hacer “buttercreamcheesefrosting” para tartas verdes de cumpleaños, he negado el holocausto (pero luego era mentira y no pasó nada), he sentido la irrefrenable necesidad de decir “culo”, y ahora estoy aquí, escribiendo un tostón de entrada larguísima, porque me eché la siesta y no puedo dormir.

Vuelven las aceitunas, que dios os pille confesaos…

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