Soy de campo como las amapolas (si bien en la parte de campo que me toca no crece mucha amapola y si bastante flor de toxo, pero nos entendemos, no?).

En mi infancia y adolescencia campestre no presté mucha atención, no voy a negarlo, a todo aquello de cultivar la tierra, más que nada porque lo daba por supuesto: en todas las casas hay huerto, vaya a donde vaya hay huerto, le doy una patada a una pierda y un huerto me salta  a la cara, ¿para qué coño me voy a preocupar de algo que está ahí siempre?

Sin embargo crecí (más a lo ancho que a lo largo), me fuí del campo a la ciudad, y una mañana de resaca me dí cuenta de algo: allí no había huerto. Los tomates, las lechugas, las zanahorias y los pimientos los ibas a buscar al DIA, y previo pago a una cajera malencarada te los llevabas a tu casa. Es en esos momentos en los que uno empieza a valorar lo que antes daba por supuesto.

Coincidió esta epifanía con la época en la que vivía en Villapingüino, un ático (helador en invierno) con terraza. Una terraza llena de trastos de anteriores inquilinos, mugre en un suelo imposible de barrer, cuerdas de tender y gorriones varios.  Sin embargo faltaba algo: MACETAS.

Mi naturaleza pragmática siempre me ha dicho que no me esfuerce demasiado en hacerme cargo de un ser vivo que luego no me pueda comer (las cobayas lo saben, y por eso me respetan… a veces), y evidentemente en mis macetas no habría nunca petunias ni rododendros. Mi primera planta fue un cebollino.

El cebollino ( y un hierbajo anónimo al que rescaté de una muerte segura) tomando el solecico.

El cebollino, que aliñó algunas de mis ensaladas y superó algún que otro ataque cobayil, al final murió de hongos raros y de pena en el balcón de una tipa mala con un culo tan gordo que tenía un sistema planetario propio. Las plantas notan cuando el ambiente no es amoroso y no tienen inconveniente en cogerse depresiones y dejarse morir. Así, a la chita callando, pueden ser muy putas.

Después de esa pérdida, no ha sido hasta ahora, en una nueva ciudad, cuando me ha vuelto el gusanillo horticultor, pero con muchas más ganas (porque tengo el apoyo de Supernovio, entre otras cosas quizás menos importantes). Del pueblo me traje una matita de romero en una maceta que ahora está en horas bajas (algo le habré hecho que no le ha gustado, y no me lo perdona negándose a crecer), y unas cuantas semillas de perejil.

En esas bandejas de plástico en las que vienen los filetes del super, con un poquito de tierra y abono para plantas de hoja verde de los chinos, hice un semillero muy cuco, y tras unos días, mucho tirarme de los pelos y amenazar al cielo con el puño cerrado porque no veía que aquello germinara, ni creciera ni hostias, una mañana a la hora del riego vi un hierbajo larguilucho con dos hojitas en la punta… no lloré de felicidad porque no soy de esas, pero lo tuiteé, que es la mayor demostración de emoción del ser humano moderno. Ahora  ya tengo cinco plantitas que se esfuerzan día a día por crecer, para regocijo de la que las riega y les pone a Tim Minchin para que crezcan sabiendo idiomas.

Y ayer, animada por este éxito cultivador, he cogido unos cuantos dientes de ajo de esos raquíticos, y siguiendo la misma técnica de plantación que el perejil, les he dado tierra, agua, abono de los chinos y un recital de Sr. Chinarro (que si a los ingleses no les gusta el ajo, a lo mejor al ajo no le va lo anglófono).

Como veis, lectores míos (si, vosotros dos), el tener un pseudohuertecito de plantas aromáticas es sencillísimo, una maceta o dos caben en cualquier parte, y teniendo en cuenta que está próximo el fin del capitalismo tal y como lo conocemos, lo mejor es empezar a aprender a autoabastecerse.

Hale, al lío 🙂

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