Hace dos años, cuando sopesaba comprarme otra cobaya, un buen día fui a comprar pienso para Uzi a una tienda de animales.

Allí estabas tú, solita en una vitrina.

Eras una bolita marrón, como un conguito hipertrofiado. Le pregunté al señor de la tienda si eras macho o hembra, y al saber que tenías chichi, me decidí: te venías a casa, a acabar con el imperio de terror de Uzi.

Eras un poquito fea, no lo voy a negar, porque mentiría. Tenías los ojos saltones, y te dabas un aire a Quique San Francisco. Además venías delgadita como una raspa, y llenita de piojos. Suerte que el veterinario majo te desparasitó en un plis plas.

Por suerte, a pesar de las caidas de dientes (esos puñeteros cuatro incisivos que se te cayeron por lo menos tres veces cada uno), creciste sana y fuerte hasta convertirte en una especie de vaquita marrón, vaga, glotona y un poquito áspera de caracter, pero sin mala leche (tú ni muerdes ni chillas ni das patadas).

Te llamas Dos por ser la segunda, y por MS-Dos (sí, tienes un nombre muy muy friki, las reclamaciones al maestro armero). Desde el primer día has tenido que competir con tu “hermana” mayor, que por ser la primera se las sabe todas, te gruñe, y te intenta violar cuando le vienen los calores. Aún así, la dueña del comedero eres tú, que siempre comes antes y te llevas lo más rico. Y eso para una cobaya debe ser como tener aprobada una oposición del grupo A. Además tardaste mucho menos tiempo que Uzi en aprender que no se mea uno encima de la gente, y tienes unos pellejos alrededor del cuello que da gusto achuchar…Y eres la favorita de la familia, qué más quieres, rata peluda? 🙂

A Dos no le gustan los cumplidos... le gusta la lechuga.

Tal día como hoy te llevé a casa.

Han pasado dos años desde ese día, en el que te encomendé la misión de terminar con el imperio de terror de Uzi…

¿Se puede saber a qué estás esperando?

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