Hubo un tiempo en el que fuí más de pluma que de pelo. En cuanto a animales de compañía se refiere, claro. Y en el piso en que que vivía teníamos a esta bicha, Federica:

Las mascotas tienden a parecerse a sus dueños.

Un día entró por la ventana, y se quedó con nosotras, dando por culo 24/7, comiéndose los marcos de las puertas, volando libre por la casa, arrancando teclas de portátiles, y tratando de anidar en las cortinas del salón. Fueron tiempos felices. Pero la felicidad duró poco.

Después de que Federica, mi agapornis alcoholica, se fugara volando por la ventana, el vacío mascotil se apoderó de mi vida. Fueron tiempos tristes, oscuros… como un domingo por la tarde para un EMO.

Pero aquello no podía sostenerse. Y empecé a pensar en buscar otro bicho al que torturar al que querer, mimar y cuidar mucho muchito.

¿Un mono? ¿Una boa constrictor? ¿Un gamusino? ¿Un unicornio rosa? De entre todas las posibilidades, esta serie me dió la idea:

Oruchuban Ebichu, o lo que es lo mismo, Ebichu, el hamster ama de casa, abrió ante mis ojos hipermétropes el universo roedoril.

Me vi la serie entera, que por cierto, es muy muy recomendable. Con un humor tan guarrete como cafre, maltrato animal a cascoporro, fornicio aquí y allá, unos toques ternura bizarra, y un dibujo como el de ShinChan cuando está bien dibujado (no como cuando parece que lo ha dibujado un mono epiléptico), hace de este anime de 19 capítulos algo que todo el mundo debería ver un sábado por la tarde, o incluso un domingo.

Y yo pensaba “qué bonita es Ebichu, qué boba, qué inoportuna, y qué práctica, que hasta te lava las bragas…” Yo quería algo así para mí. Además, yo nunca llegaría a ser como la desgraciada de su ama, que la espachurra contra la pared a la mínima. Con insultarla un poco basta y sobra, lo demás es cebarse, hombre.

Y pensando esto , un 23 de septiembre, tal día como hoy, me fui a la tienda de animales más próxima y dije:

– ¡Quiero una Ebichu!

Me miraron como si fuera imbécil. Con razón.

Así que me fuí a una tienda de animales un poco más alejada, pero en la que todavía no había hecho el ridículo, y exclamé:

– ¡ QUIERO UNA … DE ESTAS! – señalando a las cobayas.

Y así fué como adquirí a Uzi, que si bien no es un “hamster ama de casa”, siendo tan parecida, tendría las mismas prestaciones… O eso pensaba yo.

Uzi dejando clara su postura sobre las tareas domésticas.

Resulta ser que las cobayas no te lavan las bragas, ni te limpian el polvo, ni te hacen manzanillas cuando te duele la barriguita. Las cobayas piden de comer incansablemente, chillan como Federica, y si te descuidas también se comen los marcos de las puertas y los cargadores de los móviles. Lo único bueno que tienen es que son abstemias.

Han pasado tres años desde que ví Ebichu por primera vez, y hoy mi Uzicos cumple tres añitos conmigo. Y aunque no me ha lavado las bragas ni una sola vez, no la cambio por nada del mundo.

(Bueno, y yo cumplo 27… pero esa es otra historia 🙂 )

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