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He perdonado a Nacho Vegas. Siempre le acabo perdonando, aunque la de la última vez (el concierto en Pontevedra, la “guaya” al tío de las gafas…algún día contaré esa historia, o al menos, mi versión) fue una cosa seria. Tan seria que estamos a octubre, y el concierto fue en mayo.

He de reconocer que he pasado mono. Como cuando dejas a alguien y luego piensas en él de vez en cuando y te dices “si le llamo, ¿pasará algo?”. Pero seguí en mis trece, y como mucho, me limité a canturrear algunas estrofas mientras fregaba los platos o barría bajo el sofá. Nada de escucharlo en casa, nada de llevármelo de paseo en el mp3. Estaba muy enfadada con su comportamiento. Que se puede ser un astro rutilante del indie patrio, que se puede ser un “maldito” y un “decadente”, que te puedes morir y resucitar en el escenario las veces que te salgan del sobaco, pero… de ahí a tocar al fan incondicional hay un abismo infranqueable, y si intentas pasar sobre él, te caes, te mueres y el fan pasa de tu culo. Esto es así.

Sin embargo, no sé enfadarme eternamente con casi nadie. Puedo ser rencorosa durante muchísimo tiempo, eso sí. Pero enfadada de no te hablo, no te “ajunto”, “quitapallá”… casi nunca.

Así que el otro día vi en un twitt de no recuerdo quién que Nacho había cecido una canción de su próximo miniLp a la fundación Robo*. Una canción que se podía descargar by-the-face y que sonaba a himno del movimiento 15-M: Cómo hacer crac.

Y sentí curiosidad, y la escuché, y… bueno, lo que pasa siempre, no tuve más remedio que apearme de la burra y admitir que a pesar de sus cositas (algunas difíciles de aceptar), Nacho es un grande.

“… y una niña susurra a tu oído

que han deshauciado a la familia Botín…”

* Robo es un filón, una mina de himnos, o un museo de himnos, o un puñado de himnos muy bien escogidos. Le estais echando una oreja pero ya. Robo, señoras y señores.

En Japón hay gente con mucho tiempo libre. O gente que aprovecha el tiempo mucho mejor que en occidente, y les salen días de 29 horas. Si no, yo no me explico cómo hacen estas cosas: un amigurumi-conejo y un amigurumi-oso con sendos ukeleles adaptados a su tamaño “supecuqui*”. Juntos ambos dos forman el grupo U900, y nos deleitan con conocidas melodías en los más variopintos escenarios.

Yo me quedo loca.

Y ustedes, si ven los videos, también.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

* “el tamaño supercuqui”: aquél por el cual un objeto es presentado en un tamaño muy inferior al que es habitual, y sin embargo, su cualidad de resultar “cuqui” (cute en inglés, kawai en japonés, riquiño en gallego) aumenta exponencialmente, conforme el tamaño del mismo decrece.

 

Pongámonos en situación:

Una pareja, normal y corriente, tienen un gato.

Un día, el hombre, en un arrebato se carga al gato de una coz.

Al presenciar la escena, la mujer , impactada por acto tan inhumano, recrimina al hombre su deplorable actitud.

Y de ahí sale esta bellísima cancion de las nunca suficientemente ponderadas Vainica Doble.

Moraleja: los gatos no se compran, se adoptan.

Hale, disfrútelo con salud

“Tu querías ver Vierzon. Y vimos Vierzon.

Tu querías ver Vesoul. Y vimos Vesoul.

Tu querías ver Honfleur. Y vimos Honfleur

Tú querías ver Hamburgo. Y vimos Hamburgo.

Yo quería ver Amberes. Y volvimos a ver Hamburgo.


Y ahí ya te mandé a tomar por culo porque no había dios que te aguantase
.”

Todo empieza con un pequeño gesto que lo cambia todo.

Un día se puso firme y acabó con todo. Y acabó con todos, y se quedó sólo. Y más a gusto que nunca.

El que paga, descansa. Y el que cobra, más.

Los fantasmas estaban ahí. Miraban desde los cuadros, desde las fotos, desde la panoplia, desde la estantería.

Desde aquel busto de bronce sobre la chimenea…

Y desde esa plaquita dorada en la base de marmol blanco.

Victor Hugo…

Victor…

…Hugo.

No, no es alemán. Ni siquiera holandés.

Es un término complejo que podría definirse así: “fin de semana que comienza con una frenética preparación de tuperwares con diversos contenidos para los más variopintos fines”.

Y es que cuando una es una amantísima madre de sus cobayitas, y se va de fin de semana a casa del supernovio (a la que no puede llevárselas), necesita dejarlo todo atado y bien atado. Lo que significa dejar los pertinentes tupperwares rebosantes de deliciosas verduritas cortadas, a punto para que el alma caritativa de turno (mi compañera de piso), se las de a las fieras corrupias a la hora de comer.

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Y además, cuando una va a casa agena, por muy invitada que sea, necesita llevar algo que la haga quedar más como una reina agradecida, y menos como una liendre o garrapata. Lo que significa hacer también otro tupperware, este de galletas (las de la entrada anterior), para deleitar a la familia política, que a esos también se les gana por el estómago.

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Sólo queda finiquitar la maleta (que podría considerarse incluso como otro tupperware… con cremallera), y estaré lista para huir rumbo noroeste. Ay, qué ganas…

De banda sonora tenemos:

 

PD: Hoy las cobayas tienen algo que decir:

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Ayer fue mi cumpleaños. Veinticinco. La rima erótica…

Será hora de entrar en razón, parece. Pero eso lo llevo haciendo un tiempo en la sombra y no va mal.

Será hora de sacar el carné de conducir, y ser un peligro al volante. Me comprometo, publicamente (compromisos privados ha habido muchos), a apuntarme a una autoescuela y aprender a pilotar a vehiculos motorizados de dos ejes, cuatro ruedas, puertas, asientos y ambientador de pino.

Será hora también de admitir que he dejado de ser moderna (si en algun momento el usar pantalones pitillo me confirió tal estatus). Y he dejado de ser moderna porque para ser moderno hay que estar enfermizamente desnutrido, tener cuerpo-escombro, y aspecto enfermizo pre-mortem. Si tienes chichas, como es mi caso, no puedes ser moderno. Puedes pretenderlo, sirva Miki Puig de ejemplo, pero no conseguirlo. Queda la opción de volver a la modernez abandonando las chichas en el camino. Se decidirá sobre la marcha. La modernez sigue siendo tentadora.

Casi licenciada ya (8 créditos de libre elección distan de la meta), habrá que plantearse cosas con nombres tan terribles como oposición, trabajo… A ver que hacemos.

Además, ayer también fue el “cumpleaños” de Uzi (o aniversario del día que nos conocimos, o yo qué sé), y quiere decir unas palabras al respecto.uzis4

Y como colofón, el atemporal, el eterno. Este vicio no pasa con los años.

El viernes fui al dentista, a acabar con esa lacra llamada muela del juicio.

En realidad yo iba a que le echara un ojo y me dijera, vuelve la semana que viene despues de hacer unas gárgaras con Mr. Propper, para desinfectar bien la zona.

Pero no.

Nada más verme la cara de susto (me dan susto los dentistas, qué pasa?), el dentista sádico tuvo a bien decirme, sin mirarme la boca ni nada:

-Te la vamos a sacar.

¿Qué? ¿Cómo? ¿Pero si no sabes ni lo que hay ahi? Que es muy mala, puede rebelarse y acabar con todos nosotros, no puedes ir y atacarla asi, sin un plan, sin llevar munición, sin una muda limpia de repuesto, no puedes.

– Abre la boca.

Ahora entrará en razón y me mandará a hacer gárgaras con aguafuerte y yo bien contenta. Ya volveré otra día drogada de casa para no enterarme de nada.

– ¿Quieres anestesia, verdad? Es que hace unos años la anestesia se cobraba a parte, ahora ya no, pero bueno, soy de la vieja escuela, me gusta preguntar…

Pero quien coño es este tío! Quiero un dentista de este siglo! ¿Con qué me va a anestesiar ahora, pegandome con un mazo en la cabeza? ¿haciéndome beber una botella de coñac?

Y zasca, me atiza tres pinchazos a lo largo de la encía y el paladar, que ni un banderillero de la Maestranza. El último, en medio del paladar, me lo dio con recochineo, agarrandome la punta de la nariz. Parecía profesional, pero no sé, no sé… Empecé a pensar en esto:

– Y ahora vas a notar que tiro. No vas a notar dolor. Si notas dolor, hazme una seña con la mano.

Los cojones te voy a hacer una seña con la mano. Voy a gritar como un gorrino, porque mientras tienes media cabeza metida en mi boca arrancandome ese engendro de la naturaleza que es mi muela del juicio, poco te vas a fijar en las señas que te haga con la mano.

Y tiró, y tiró, y tiró. Y arrancó la muela.

Recuerdo que las últimas veces que me sacaron alguna muela, por aquel entonces aun de leche, en el momento de la extracción notaba en la boca una oleada de sabor a sangre. En este caso no fue asi. Creo que el dentista me metió el miedo en el cuerpo para que toda la sangre se me cuagulara en las venas y no sangrase nada.

Con un hilillo de voz, que salía del fondo de la boca abierta de par en par, llena de mangueritas y tubitos que extraían liquidos y añadían agua, le dije:

-Me guiedo gueda gon la muela… bada mi madre…

Y me la dió guardadita en un sobrecito de esos que usan para guardar el intrumental despues de pasarlo por el autoclave, mientras me miraba como diciento… “pobrecita, aun cree en el ratoncito pérez”…

– Bueno, ahora te voy a poner una gasa en el hueco, muérdela 40 minutos, y luego quítatela si no sangras.

La gasa duró en la boca medio segundo, y tuvo que salir porque me daban unas arcadas feroces. Eso ocurre cuando pretenden que me meta una cosa textil del tamaño de una camiseta talla XL, casi al lado de la campanilla.

– Pero aguanta, mujer…

Esta mujer no aguanta un cacho de trapo haciendole cosquillas en el velo del paladar, y mucho menos cuarenta minutos, asi que señor dentista, replanteese las cosas.

Por fin entró a razones, y me puso una gasa la mitad de grande. Era eso o que empezase a vomitarle toda la consulta.

Y de regalo me dio otro par de gasas, y una bolsa de hielo, para que no se me quedara cara de hamster que se ha escondido un foskito en un carrillo. Al final iba a ser majete y todo. Por lo que luego le pagué, tendría que haberme echo hasta un masaje shiatsu en los pies.

– Y ahora vas a la farmacia, compras gelocatil y te tomas uno, para que no te duela cuando se te pase el efecto de la anestesia. Mañana haz gargaras (a buenas horas las gargaras, macho) con agua hervida y sal, y hasta entonces no escupas.

Vaya, se me jodió el escupirles a las señoras que pasan por la calle y luego esconderme.

Dos días despues es hoy. Aun tengo la muela en su sobrecito, porque el Ratoncito Pérez no vino (hijoputa). Voy puesta de gelocatiles y me voy quedando frita por los rincones.
Y hago gárgaras de agua con sal, con mucho éxito.

Ya no tengo muela del juicio.
¡Qué mayor soy!

Un metro cuadrado. Los Planetas [Haz click]

Un metro cuadrado
de tierra es bastante,
un metro cuadrado.
Con tapia de piedra,
todo él rodeado,
todo él rodeado.

Santoja y Van Aersen eran (son?) dos señoras estupendas, que hacían de lo más sencillo canciones sublimes, como este Metro cuadrado, que años despues unos tipos tan tremendos como Los Planetas consiguen versionar sin destrozar, que tal y como está el patio, es un logro.

A veces, con poco, con lo básico, basta… y se nos olvida.

Un metro cuadrado.

Un metro cuadrado
de tierra es bastante,
un metro cuadrado.
Con tapia de piedra,
todo él rodeado,
todo él rodeado.

El verano en la ciudad. Eso me espera a mi también. Eso es lo que significa hacerse mayor, me doy cuenta: dejar de tener vacaciones, y no tener marcas de bikini en el culo porque no te ha dado el sol.

Espero que no haya mal que por bien no venga.

Y ya de paso informo a la posible (casí simplemente teórica) audiencia, que me paso al internet de pinganillo, también conocido como internet movil, y por ello quizas se produzca un silencio por aqui, de esos de matojo rodador impulsado por el viento del desierto.

Summer in the city, damas y caballeros. Que dios nos coja confesaos.

“Logré nacer un mes de enero,
tarde ya para el calor.
Me convertí, invierno a invierno,
en un torpe cazador.

Y así partí, y tú habías jurado
ir conmigo hasta el final.
Tardé en llegar algunos años
y algunos más en regresar.”

Aceitunas y marmotas

  • 3/4 de verano sin llover y hoy que tendría que hacer los viajes de Willy Fog en bus/a pata, va y llueve. Me cago en mi vida entera. 2 weeks ago
  • Me estoy acordando fuerte de @Marmota_Maligna porque compaginar los horarios del puestín con los (casi nulos) horarios del bus es la risión. 2 weeks ago
agosto 2017
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