You are currently browsing the category archive for the ‘Rebajas y saldos’ category.

[Rescatado del fotolog y los buenos viejos tiempos]

Vivo en un andamio desde hace tiempo. No tengo casa, por eso estoy aquí. Tampoco tengo dinero, ni familia. Parece que he aparecido aquí de repente, por generación espontánea…Pero no es así. Hubo un tiempo pasado, que como todos, fue mejor… Mejor olvidarlo.

Vivo en un andamio, a la altura de un quinto piso. Por las noches, cuando me levanto a por agua, medio dormido, me caigo.
Lo peor de todo es volver a subir, con los órganos internos reventados…escuece un poco.

Por las noches, cuando, cambiando de postura, me giro hacia el lado equivocado, me caigo.
Lo peor de todo es volver a subir, con los huesos rotos, tengo poquita fuerza. A veces me tengo que quedar a dormir en el tercero.

Hace algún tiempo, mi vida en el andamio cambió. Puse una tela metálica, como de gallinero, para evitar caerme. Era muy bonita, incluso colgué un tiesto con geranios. El andamio al fin parecía un hogar.

Pero hubo un problema, como siempre que crees que algo va a cambiar a mejor. Las palomas, gorriones, estorninos, alimoches, autillos, colibríes y demás aves se posaban y me llenaban de caquitas los domingos, cuando yo me quedaba un ratillo durmiendo la mañana.

Estaba harto de las cacas de pájaro, pero me di cuenta, leyendo la prensa financiera, de que podría hacer negocio vendiendo guano a buen precio. Así lo hice. Recogí las caquitas de paloma.

Fui rico durante un tiempo, mi familia volvió, yo tuve una casa, un coche, un bloody mary, un mayordomo inglés y una criada filipina. Parecía que todo volvía a ir bien.

Dejé el andamio, y los pájaros no podían venir a cagarme encima, en mi chalet de las Rozas, porque el mayordomo y la filipina los espantaban, los niños rubios y repelentes les tiraban piedras y muñequitos de playmobil, y mi esposa chillaba horrorizada al verlos. Sin embargo yo dormía feliz la mañana los domingos, mientras mi mujer y los niños, católicos y conserveros iban a los oficios religiosos.

Un día decidí comprobar mis reservas de guano, y ya no quedaba apenas. Al no haber andamio no había pájaros, ni mierdas, ni nada. Pero me dio igual, tenía una familia y era feliz. Durante la cena, comiendo pulardas al jerez, informé a mi mujer de que a partir de entonces, ella trabajaría y yo me rascaría los huevos a dos manos, que ya estaba bien de tanta mierda.

Antes de acabar de decir nada, ya estaba en la calle, con lo puesto y sin pulardas. Me volví a mirar y uno de los niños me tiró un playmobil pirata que me dio en un ojo. No me hizo demasiado daño…físico.

Volví al andamio, la tela metálica seguía ahí, pero el geranio estaba seco. Tiré el tiesto al vacío, y le di a una señora con abrigo de pieles que pasaba por debajo. Me escondí, y reí para mis adentros, se lo merecía.

El domingo por la mañana, bien arropado por el diario Expansión del día anterior, recibí una lluvia de mierda de pájaro que me llenó de satisfacción. Ellos, las aves, a pesar de que había renegado de ellos, seguían ahí, dispuestos a darme lo único que podían, que era un montón de mierda. Sonreí agradecido y les eché unas miguitas de bollycao.

La vida en el andamio no es tan mala.

 

Anuncios

Último Capítulo: Un final… ¿Feliz? ¿Absurdo?… ¿Definitivo?

Con el dinerillo que había ahorrado me fui a comprarle algo a la ciega. Pero era difícil ¿Qué podría regalarle a alguien que no veía tres en un burro? Necesitaba encontrar algo que no hiciera falta mirar, sólo sentir. Lo estuve pensando un buen rato. Nunca había hecho un regalo a nadie, y nadie me había hecho un regalo a mí. Pensé en un gato, pero ya tenía un perro, pensé en un peluche, pero me pareció una idiotez, así que decidí regalarle un consolador.

Fui al sex shop y nada más entrar me quedé como tonto. Cuanta cosa sexual junta, cuanto pene, cuanto potorro, cuanto de todo… No sabía por qué decantarme, y le consulté a la empleada de aspecto amable y peinado imposible. Me sacó millones de cosas que yo no sabía ni para qué servían ni qué era lo que se supone que estimulaban, así que le dije que quería un vibrador bonito, normalito y de fácil limpieza. Me mostró unos cuantos, y por fin me decidí y le compré un vibrante pene de un bello tono azul eléctrico. Pedí que lo envolvieran para regalo, y salí de allí encantado de haberme conocido. Pasé la tarde nervioso por lo que iba a pensar ella, rebuscando en el armario un vestido bonito para ponerme, haciéndome mechas, poniéndome guapo. Luego pensé que de qué me servía, si ella era ciega. Así que me fui a la cama, y me dormí abrazado a una de las muñecas de mi madre.

A la mañana siguiente fui al mismo banco del mismo parque y me senté a esperarla. Enseguida vi a Atila acercarse corriendo, y arrastrando a la ciega por el suelo. Se paró ante mí, meneando el rabo y con la lengua fuera, e intentó tener sexo con mi pierna. La pobre cieguita estaba hecha un asco, parece que el perro la había arrastrado varias decenas de metros, por el parque, entre los cristales rotos de los restos del botellón, las jeringuillas de los yonkis, condones usados y caquitas de perro. Aún así yo la veía bellísima. Si aquello no era amor, que baje Dios y lo vea…

– Por fin te paras, puto perro de mierda, hijo de puta– gritó la ciega en cuanto consiguió sacarse dos cacas de perro de la boca.
– Hola.– Me atreví a decirle– ¿Estás bien?
– Ah, eres el chico del otro día… Si, estoy bien, esto pasa cada día, así que estoy acostumbrada. En mi casa somos pobres, y como no podían comprarme un perro lazarillo como Dios manda, le robaron esta puta mierda de bicho a unos gitanos. Cualquier día me mata. ¿Por qué te crees que no tengo dientes?
– Bueno, no te preocupes, será que es joven y juguetón…
– Qué coño va a ser joven, si tiene más años que la tos con flemas.
– Oh, lo siento…–Me quería morir, que me tragara la tierra y demás… Pero entonces ella me sonrió.
– No pasa nada. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Julita.
– Abelardo. Encantado de conocerte.
– Igualmente. ¿Y a que te dedicas?
Le conté toda la verdad, toda mi historia y no se extrañó de nada. Parecía que ya le sonara mi historia… y eso me sorprendió a mí. Le conté lo de las maletas, mis hermanos, mi madre, mi yayo… todo. Y ella sonreía con su boquita desdentada y asentía.
–¿ Tu madre se llamaba Pili, verdad, Abelardo?
– Si, ¿cómo lo sabes?
– Tu madre me cuidaba cuando era pequeña. Y como yo era ciega, me regalaba ojos de muñeca, tengo muchos en casa, en una caja. Tu madre me quería mucho, y yo a ella, y siempre estaba hablando de sus hijos, sobre todo de ti, siempre dijo que eras muy guapo y muy listo, como tu padre. Yo siempre deseé conocerte, le pedía a tu madre que te trajera a casa, pero siempre decía que si te dejaba salir luego no volverías, te perdería para siempre, y le daba miedo perderte. Entonces un buen día tu madre dejó de venir. Le dio una carta a mi abuelo, tu yayo Paco , en la que decía que necesitaba ocuparse de si misma un tiempo. La comprendí. Y me regalaron a Atila, para que paseara con él, ya que tu madre ya no vendría a pasearme. Pero se me quedó la espinita de no haberte conocido, Abelardo.
– Pues aquí estoy, Julita. Cuéntame algo más de ti,¿ A que te dedicas tu?
– Pido limosna por la calle, porque me obliga el yayo, pero hace un par de días que no viene por casa. ¿Está en la tuya? Estoy preocupada.
– El yayo está muerto.
– Entonces ya puedo cobrar la herencia.
– ¿Herencia?
– Si, eso ya te lo explicaré en su debido momento. O mejor, déjame hacer a mi las cosas a mi manera, no me gusta dar explicaciones.
– Bueno, ¿Y vives con alguien más? ¿Con tus padres, o hermanos?
– No, vivo yo sola, con Atila. El yayo Paco venía a verme por las tardes.
Mira tu por donde, que al final se descubrieron los asuntos del yayo.
– ¿Y qué vas ha hacer ahora?
– Si quieres puedo irme a vivir contigo.
– ¿Conmigo?
– Si, contigo. Me gustas, Abelardo, me gustas mucho. Me gustas como a un tonto un plastidecor naranja.
– Sabes, Julita, tengo un regalo para ti. Y tu también me gustas.

Y le di el paquete, y le hizo tanta ilusión tocar el consolador, que por poco le da una lipotimia. Nos fuimos a casa, los dos con vestidos de flores, los dos sonrientes, los dos deformes e inválidos, los dos al fin acompañados, de la manita, con Atila intentando aparearse con todas las farolas, papeleras y parquímetros de la calle. Éramos tan felices que dábamos asco.

Aquella noche fue la mejor de mi vida, mil veces mejor que la orgía con las ancianas en el hogar del jubilado. A pesar de que no era virgen, ni mucho menos, fue la primera vez que realmente sentí que estaba haciendo el amor, y que no era solo follar por follar. Y me gustaba, y me asustaba, pero me repuse al miedo y fui valiente por primera vez y asumí lo que sentía.
– Te quiero, Julita.
– Yo a ti también, pero sácame el consolador de la oreja, que eso no va ahí.
Desde ese día vivimos juntos y felices, y nueve meses después nació mi hija, Francisquita. En realidad, se le cayó a Julita mientras estaba fregando los platos del desayuno. Era tan feúcha, peluda, y redondita, que parecía un gatito. Éramos muy felices. Habíamos cobrado la herencia de los padres de Julita, que el yayo Paco había bloqueado, la del yayo Paco, que estaba forrado, el muy cabrón , y como yo no existía por ningún lado, no teníamos que pagar el alquiler del hogar, así que no nos faltaba de nada, y ambos pudimos dejar de trabajar.

Dejé de vestirme de mujer porque Julita me compró ropa de hombre en el mercadillo. Tiramos las muñecas de porcelana, pusimos “sintasol” en el suelo de la habitación, cambiamos el papel pintado de la pared. Yo construí una cuna para mi niñita peluda con una caja de naranjas que me encontré en la basura, y le dimos un entierro digno a mi hermana Menchu, tirando sus restos mortales al lago de la Casa de Campo, guardamos a los papás en el fondo del armario, para que no asustaran a la nena. Y, lo que más me gustó de todo: compramos más discos de Marisol, y los escuchábamos juntos todas las noches. Todo parecía marchar bien.

Pero como lo bueno nunca dura, un día vinieron a detenerme por robo y violación a unas 90 ancianas. Parece ser que unas cuantas se enamoraron de mí después de mi visita, y se suicidaron dejando notas que me incriminaban. Investigaron, encontraron a otras que confesaron por despecho y por presiones familiares, me juzgaron, me declararon culpable, me condenaron a 20 años y un día y me llevaron a la cárcel. Todo eso en 15 días, para que luego digan que la justicia es lenta…

Y en la cárcel estoy ahora. Hace mucho que no sé nada de mi familia. Sé que no lo están pasando mal. Al principio vinieron a verme un par de veces, pero la distancia estropea las relaciones, y todo se fue a la porra. Un día me llegó una carta de Julita diciendo que había conocido a otro hombre, que era cirujano oculista y que había conseguido devolverle la vista. Además era rico, le pagó la cirugía estética y la dejó potentorra . A mi hija la internaron en un colegio en Suiza, donde tiene montones de amiguitas (es sólo femenino), y corre en libertad por las montañas como Heidi.

Yo, por mi parte, como me he pasado toda la vida encerrado, no se me hace raro estar aquí. La gente no es mala, me han cogido cariño. Me encargo de la biblioteca y fomento la lectura entre la comunidad reclusa. Como tengo un comportamiento ejemplar me han permitido tener un tocadiscos y mis discos de Marisol, y a veces montamos guateques en el comedor. La cárcel es un lugar muy ameno donde se hacen muchos amigos. Y hay un marinero de Santoña, detenido por narcotráfico, que es muy guapo y me mira mucho en las duchas.

Por fin soy feliz. A ver cuanto me dura.

FIN

Los siete capítulos originales de las  Crónicas de Abelardo fueron escritos  en 2005 (creo….), y salieron a la luz  en el marco de un blog en colaboración que trajo grandes satisfacciones, pero acabó extinguiéndose como el dodo. Posteriormente, Abelardo fue sacado de nuevo a la luz en 2007, en el antiguo fotolog, y ahora, en este blog de pacotilla, ha rellenado entradas con gracia, buen gusto y rigor antropológico (JA!).

Espero los hayan disfrutado con salud.


UN CADÁVER EXQUISITO

arde_nena_arde

pez_naranja@hotmail.com   Más

Fotos recientes

26/05/09

24/03/09

23/03/09

18/03/09

14/03/09

12/03/09

ÚLTIMO CAPÍTULO: UN FINAL ¿FELIZ? ¿ABSURDO? ¿DEFINITIVO?

ÚLTIMO CAPÍTULO: UN FINAL ¿FELIZ? ¿ABSURDO? ¿DEFINITIVO?

3/12/07

Con el dinerillo que había ahorrado me fui a comprarle algo a la ciega. Pero era difícil ¿Qué podría regalarle a alguien que no veía tres en un burro? Necesitaba encontrar algo que no hiciera falta mirar, sólo sentir. Lo estuve pensando un buen rato. Nunca había hecho un regalo a nadie, y nadie me había hecho un regalo a mí. Pensé en un gato, pero ya tenía un perro, pensé en un peluche, pero me pareció una idiotez, así que decidí regalarle un consolador.

Fui al sex shop y nada más entrar me quedé como tonto. Cuanta cosa sexual junta, cuanto pene, cuanto potorro, cuanto de todo… No sabía por qué decantarme, y le consulté a la empleada de aspecto amable y peinado imposible. Me sacó millones de cosas que yo no sabía ni para qué servían ni qué era lo que se supone que estimulaban, así que le dije que quería un vibrador bonito, normalito y de fácil limpieza. Me mostró unos cuantos, y por fin me decidí y le compré un vibrante pene de un bello tono azul eléctrico. Pedí que lo envolvieran para regalo, y salí de allí encantado de haberme conocido. Pasé la tarde nervioso por lo que iba a pensar ella, rebuscando en el armario un vestido bonito para ponerme, haciéndome mechas, poniéndome guapo. Luego pensé que de qué me servía, si ella era ciega. Así que me fui a la cama, y me dormí abrazado a una de las muñecas de mi madre.

A la mañana siguiente fui al mismo banco del mismo parque y me senté a esperarla. Enseguida vi a Atila acercarse corriendo, y arrastrando a la ciega por el suelo. Se paró ante mí, meneando el rabo y con la lengua fuera, e intentó tener sexo con mi pierna. La pobre cieguita estaba hecha un asco, parece que el perro la había arrastrado varias decenas de metros, por el parque, entre los cristales rotos de los restos del botellón, las jeringuillas de los yonkis, condones usados y caquitas de perro. Aún así yo la veía bellísima. Si aquello no era amor, que baje Dios y lo vea…

– Por fin te paras, puto perro de mierda, hijo de puta– gritó la ciega en cuanto consiguió sacarse dos cacas de perro de la boca.
– Hola.– Me atreví a decirle– ¿Estás bien?
– Ah, eres el chico del otro día… Si, estoy bien, esto pasa cada día, así que estoy acostumbrada. En mi casa somos pobres, y como no podían comprarme un perro lazarillo como Dios manda, le robaron esta puta mierda de bicho a unos gitanos. Cualquier día me mata. ¿Por qué te crees que no tengo dientes?
– Bueno, no te preocupes, será que es joven y juguetón…
– Qué coño va a ser joven, si tiene más años que la tos con flemas.
– Oh, lo siento…–Me quería morir, que me tragara la tierra y demás… Pero entonces ella me sonrió.
– No pasa nada. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Julita.
– Abelardo. Encantado de conocerte.
– Igualmente. ¿Y a que te dedicas?
Le conté toda la verdad, toda mi historia y no se extrañó de nada. Parecía que ya le sonara mi historia… y eso me sorprendió a mí. Le conté lo de las maletas, mis hermanos, mi madre, mi yayo… todo. Y ella sonreía con su boquita desdentada y asentía.
–¿ Tu madre se llamaba Pili, verdad, Abelardo?
– Si, ¿cómo lo sabes?
– Tu madre me cuidaba cuando era pequeña. Y como yo era ciega, me regalaba ojos de muñeca, tengo muchos en casa, en una caja. Tu madre me quería mucho, y yo a ella, y siempre estaba hablando de sus hijos, sobre todo de ti, siempre dijo que eras muy guapo y muy listo, como tu padre. Yo siempre deseé conocerte, le pedía a tu madre que te trajera a casa, pero siempre decía que si te dejaba salir luego no volverías, te perdería para siempre, y le daba miedo perderte. Entonces un buen día tu madre dejó de venir. Le dio una carta a mi abuelo, tu yayo Paco , en la que decía que necesitaba ocuparse de si misma un tiempo. La comprendí. Y me regalaron a Atila, para que paseara con él, ya que tu madre ya no vendría a pasearme. Pero se me quedó la espinita de no haberte conocido, Abelardo.
– Pues aquí estoy, Julita. Cuéntame algo más de ti,¿ A que te dedicas tu?
– Pido limosna por la calle, porque me obliga el yayo, pero hace un par de días que no viene por casa. ¿Está en la tuya? Estoy preocupada.
– El yayo está muerto.
– Entonces ya puedo cobrar la herencia.
– ¿Herencia?
– Si, eso ya te lo explicaré en su debido momento. O mejor, déjame hacer a mi las cosas a mi manera, no me gusta dar explicaciones.
– Bueno, ¿Y vives con alguien más? ¿Con tus padres, o hermanos?
– No, vivo yo sola, con Atila. El yayo Paco venía a verme por las tardes.
Mira tu por donde, que al final se descubrieron los asuntos del yayo.
– ¿Y qué vas ha hacer ahora?
– Si quieres puedo irme a vivir contigo.
– ¿Conmigo?
– Si, contigo. Me gustas, Abelardo, me gustas mucho. Me gustas como a un tonto un plastidecor naranja.
– Sabes, Julita, tengo un regalo para ti. Y tu también me gustas.

Foto subida a las 10:48

//

Capítulo VI: El Futuro.

La historia familiar me dejó muy conmovido. Cuántas cosas habían pasado en esta casa… Y cuantas cosas iban a pasar en poco tiempo.

Al día siguiente empecé a trabajar. Me vestí con mis mejores galas, me maquillé, me hice un bonito recogido y salí a la calle a lucirme. Pasé por delante de una obra. Los señores albañiles me gritaron cosas bellísimas, que sonaban a música en mis oídos. Me podría haber quedado allí toda la vida, pero tenía que ganarme los garbanzos. Una pena.

Me fui al mercado, a mostrar mi mercancía, nunca mejor dicho, y camelarme alguna señora. Y vaya si me camelé a una señora, y a dos, y a tres, y a siete. Con todas el mismo proceso: me confundían con alguna vecina del pueblo, amiga de la infancia, o compañera de internado, me invitaban a casa, me hacían café, me daban magdalenas, pastas danesas, nevaditos…, y cuando se llevaban las cosas a la cocina al acabar, yo las asaltaba en la cocina, las violaba y, amenazándolas con el cuchillo jamonero les pedía el dinero, las joyas y todo lo de valor que tuvieran. Ellas, azoradas en parte por el cuchillo que blandía ante sus caras, en parte por el brutal orgasmo que acababa de proporcionarles, me daban todas sus pertenencias sin rechistar. Y yo volvía a casa, encantado de la vida.

Sin embargo, mi vida se me hizo monótona al cabo de pocos meses. Yo quería vivir aventuras, no quería que me encasillasen como violador de ancianas y chorizo. Se lo decía al yayo Paco, pero a él no le convenía que yo dejase el trabajo, porque sus buenos cuartos se llevaba, que se estaba montando en el dólar, hasta había desempeñado la dentadura postiza y se había comprado unas cuantas lonchas de jamón en el super, de esas que vienen envasadas al vacío, pero el muy hijo de puta no me daba. Para mí compraba mortadela de aceitunas, que no me gustaba lo más mínimo, pero como me decía que había que comer verduras…

Estaba harto de ancianas, de robos, de mortadela, de ir de casa al trabajo, del trabajo a casa, de que no me dejara salir por las noches, porque decía que si salía por la noche al día siguiente tendría un aspecto horrible y ninguna anciana querría irse conmigo…Estaba harto de todo, me sentía más encerrado que cuando estaba en la jaula, más claustrofóbico que cuando estaba en la maleta. Por primera vez en mi vida sentía deseos de acabar con todo y con todos, de suicidarme, o de matar.

Es verdad que ya había matado antes, o al menos había contribuido muy activamente en la muerte de mi madre. Pero lo había hecho sin premeditación, arrastrado por las circunstancias. Ahora planearía un asesinato en toda regla. Y, como yo no existía, nadie me buscaría, nadie sospecharía de mí. El crimen perfecto.

En la cocina seguía colgado el hueso del jamón. Me pareció el arma perfecta. Qué paradoja, muerto por su objeto más deseado, después de Menchu, durante mucho tiempo.

Me senté en el sillón del salón con el hueso sobre mis rodillas, acariciándolo casi con lascivia. Esperé y esperé. Y el yayo Paco no llegó. Salí a la calle a buscarlo. No sé por qué lo hice. Tenía remordimientos de lo que iba a hacer aun antes de hacerlo. Estuve mucho rato buscado al yayo, hasta que lo encontré en el parque del barrio, sentado en un banco, con un trozo de pan en la mano. Era muy tarde, estaba muy oscuro. Me acerqué a él. Estaba muerto. Ya no tendría que matarlo, pero ahora sí que estaba sólo.

No sé cuanto tiempo estuve llorando en aquel banco del parque, ni cuando me dormí, pero me desperté con algo cálido, áspero y húmedo pasándome por la cara. Abrí los ojos, era un perro. Y detrás de ese perro había una chica, de mi edad, ciega como un gato de escayola. Me dijo:

– Perdone señor, o señora. Estate quieto, Atila. – tiró del perro, que era más feo que pegarle a un padre, e hizo ademán de irse.
– No pasa nada.
– Ah, eres un chico joven y tienes una voz muy bonita – me sonrió mostrándome que le faltaban los incisivos.

Entonces no supe qué hacer. Me atasqué, tartamudeé, empecé a sudar, a temblar, y a sentir nauseas. Y salí huyendo a casa, dejando allí al yayo muerto, mientras Atila, el perro de la ciega, empezaba a mordisquearle un tobillo.

Me encerré en el armario de mamá, y volví a llorar. Nunca antes había llorado en todos mis años de tortura, y ahora, en pocas horas, había llorado dos veces. Aquello no marchaba bien. No podía dejar de pensar en la ciega, y en lo que me había dicho. Y no entendía por qué sentía eso. No lo había sentido antes, esas cosquillas en el estómago me ponían nervioso. Empecé a pensar en que tenía que verla, que buscarla, que decirle algo, contarle que me gustaban sus ojos en blancos, su bigotillo incipiente, su pelo enmarañado, y su sonrisa desdentada. Y como no sabía que hacer, fui a la nevera y me hice un bocadillo con el jamón del yayo Paco y medio tomate. Me sentó como un tiro y me pasé el resto del día vomitando.

Siempre he sido bastante listo y durante los meses que estuve trabajando en mis asuntos con las ancianas, sisaba de cada botín unos cuantos euros, antes de darle nada al yayo, y así conseguí una pequeña cantidad de dinero que podía llamar propia. Y con ese dinero decidí regalarle a la ciega algo bonito. Entonces… Entonces…
Entonces…

Capítulo V: La Familia


En el año 1940, justo al terminar la guerra, mi abuelo Edelmiro malvivía en Madrid comiendo gatos y robando por los huertos. Conoció en un baile de barrio a una mocita coja, tuerta y tísica, llamada Carmencita. Estuvieron de novios ocho años, y la abuela Carmen no se dejó tocar un pelo hasta que un buen día mi abuelo se hartó de tanta mojigatería, la emborrachó con anís La Castellana y la dejó preñada.

Ella no se enteró hasta que empezó a ponerse gorda. Como era imposible que engordara, porque se alimentaba exclusivamente de las motas de polvo que recogía en las casas de postín que limpiaba, la familia empezó a mosquearse.

Así que se la llevó mi bisabuela a don José, el médico, que no era médico ni era nada, que era un señor que entendía de hierbas, de arreglar huesos, quitar males de ojo y esquilar borricos. El buen señor le echó un ojo a la Carmencita y le diagnosticó o unos gases o un embarazo. Por si acaso le dijo que tomara anises para los gases y que si no eructaba, era un penalti de libro. Y como no eructó, mis bisabuelos pusieron el grito en el cielo y la echaron a la puta calle. Entonces la pobre fue a ver a mi abuelo, que estaba donde siempre, en la tasca del tio Antonio, borracho como un percebe. Ella le dijo:

– Edelmiro, que estoy preñada y tienes que apechugar.
– Mira, Antonio, que está hablando el taburete.
– Edelmiro, soy yo, Carmencita. Estoy embarazada y tenemos que casarnos.
– Pues adelante. Una ronda de chinchón para todos, que el taburete se casa con algún pringao.
– Me caso contigo.
– ¡La hostia!.

Se casaron y tuvieron una hija, mi madre, Pili. La abuela se puso de parto quince días después de la boda en plena calle Serranos. Nadie la ayudó y se le cayó la niña al suelo. Se quedó colgando por el cordón umbilical, como haciendo puenting. La sufrida madre de la criatura la recogió y llegó como pudo a la chavola de las afueras, donde vivían. Pili era cetrina, fea, y mala desde el mismo momento de su nacimiento. Nació con dientes y cuando la pobre abuela Carmen intentó darle el pecho le arrancó un pezón de un mordisco. A la abuela le daba miedo la criatura, y le dijo a su marido:

– Edelmiro, intenta darle tu el biberón a la niña mientras me intento contener la hemorragia.

Como el abuelo Edelmiro estaba borracho, como siempre, se cabreó un poco con la abuela y le pegó una torta que le reventó la cabeza. Fue la primera torta y la última. No porque la abuela lo dejara después de ese primer maltrato, sino porque la dejó seca en el acto. Y la jodía niña lloraba a moco tendido, y al abuelo se le estaba levantando dolor de cabeza. Entonces, como tenía conocimientos de carnicería de tanto haber descuartizado gatos, hizo lo propio con la abuela y la guardó en una maleta. A la niña le dio un chupito de chinchón, y esta se quedó dormida como una bendita. Él también se metió un lingotazo al cuerpo y se quedó dormido con la niña en el regazo, y con los pies sobre la maleta donde descansaba, no sé si en paz o no, su recientemente difunta esposa.

Cuando se despertó, tuvo un momento de lucidez, se cogió a la niña bajo un brazo, la maleta bajo el otro, la botella de chinchón que aún tenía un culín, diez duros que había cobrado por conseguir unas mantecas de niño de ocho años para un amigo suyo, y se fueron a Coruña, y de ahí, a la Argentina, en el vapor “La Floridita”. El abuelo fue tirando trozos de la abuela entre las Azores y Buenos Aires. Cuando llegaron allí, a mi abuelo lo llamaron gallego y eso le sentó fatal, asi que le arreó otro soberano mamporro al desgraciado pibe, se subió otra vez al barco con la nena bajo el brazo, y con las mismas se volvieron a España en el mismo barco.

Cuatro meses más tarde (dos de ida y dos de vuelta), volvían a estar en Madrid, en su casa, y mi abuelo era padre viudo.

Mi madre fue educada con primor por su amantísimo padre, que descubrió que si a la nena, que por aquel entonces tenía cinco meses, le daba chinchón por la mañana quedaba dormidita hasta la tarde, cuando al abuelo se le acababa la cuenta en la tasca y tenía que volver a casa. Entonces le daba un bocadillo de manteca con azúcar que la nenita se merendaba en un pispas con esos dientecitos como alfileres que tenía desde el día de su nacimiento, y a dormir hasta el día siguiente. Pero ocurrió la desgracia y al abuelo lo metieron preso por la ley de vagos y maleantes. Entonces mi abuelo le encargó a su amigo Paco, el yayo Paco, que cuidara a la criatura. El abuelo no volvió de la cárcel. No es que se hubiera muerto allí ni nada parecido, sino que allí al fin encontró el amor verdadero con un estibador de Laredo. Se fueron a Francia, y fueron felices trabajando en varietés. El yayo Paco trató de poner algo de formalidad en esa casa, y lo hizo con muy buena mano a pesar de beber más que los peces del villancico.

Pasaron los años, Pili crecía, fue al colegio con las Ursulinas, y sin pena ni gloria, llegó el día en que Pilita cumplió quince, allá por el 64.

Volviendo de su último día de colegio con las Ursulinas, al pasar por un descampado, la asaltaron, la violaron y la dejaron preñada. Cuando el violador se disponía, después de realizar el acto, a introducir su miembro en la boca de la jovencita, está se lo cercenó de un mordisco, y huyó corriendo a casa con su trofeo en la boca. Al yayo Paco le hizo una gran ilusión, y lo guardaron en un frasquito de formol. De ese embarazo nació un niño muerto, que mi madre preparó al horno como un cochinillo. Le quedó buenísimo.

A partir de ahí, se sucedieron numerosos escarceos sexuales con gentuza de la peor calaña, y consecuentemente embarazos que acababan de las más variopintas maneras: uno se le cayó rodando por la escalera del metro, otro se le perdió por la calle y cuando se dio cuenta de que le faltaba un feto, vio a un perro llevándoselo en la boca, a otro le dio a luz en una barca de El Retiro, pero estaba pringoso, se le resbaló y se le cayó al agua. Como iba vestida de domingo y no le apetecía mojarse, cortó el cordón umbilical y allí lo dejó, con las carpas.

Así pasaron los años, los embarazos y los niños muertos. Un buen día el yayo estaba medio sobrio y decidió poner los puntos sobre las ies. Le dijo a mi madre que por dios, hiciera las cuentas pertinentes después de cada acto sexual, porque mi madre cada vez que lo hacía se quedaba en estado, y a ver si así conseguían calcular la fecha del parto, y si se le tenía que caer el niño, que por lo menos se le cayera en casa.

Y por suerte, mi hermana mayor, Menchu, se le cayó en casa, en septiembre de 1984, mientras estaba el yayo Paco, que se encargó de apañarla y demás. A mi madre no se le daban esas cosas. Menchu era una niña muy mona, preciosa, aunque nació calva como una bola de billar y no tuvo un solo pelo hasta los cuatro años. Luego le salió todo de golpe, y parecía un collie. Para parecer un perro, por lo menos parecía un perro mono… Como nunca había tenido un bebé, a mi madre le dio la neura de la madre primeriza, protectora. Deseaba proteger a esa niñita peluda por encima de todas las cosas. Así que la guardó en la maleta de la abuela Carmen. Pero seguía con la neura, y sentía que su hijita necesitaba un padre.

Entonces salió a la calle en busca de un padre para su hija. Con tan buena suerte de que en el rellano se encontró con el butanero. Le arrebató la bombona de butano, y con la fuerza bruta que había heredado de su padre le arreó la hostia de la vida, causándole una herida inciso-contusa en la región temporal y lo metió a rastras en casa. El butanero, es decir, el papá de Menchu, se había quedado grogui con tremendo bombonazo (es decir, golpe de bombona, porque mi madre era, y fue hasta el momento de su muerte, un callo malayo), así que mientras estaba inconsciente mamá lo ató a la cama de su habitación, y descansó.

Al fin tenía un hombre al que llamar suyo, tenía una hija preciosa, tenía una familia. Estaba feliz como una perdiz comiendo maíz. Pero el papá de Menchu se despertó y empezó a gritar así que mamá tuvo también que amordazarlo. Así estuvo hasta el 89. Cada noche mamá le obligaba a tener ayuntamiento carnal, pero no se sabe por qué, ya no se quedaba preñada. Supongo que a mamá sólo la embarazaban los espermatozoides violadores, no los violados.

Por eso, mamá se enfadó, quería más niños, quería tener una familia numerosa. Y tan enfadada estaba que en un arrebato histérico le cortó la cabeza al papá de Menchu con el machete de despiezar pollos, y la guardó en un tarro con formol, que colocó sobre la mesa camilla del salón.

Y después de eso se sintió tan sola que sacó a mi hermana de la maleta y le dijo:
– Nena, vamos, que tienes que hacer la comunión.
Y le dio la primera hostia de muchas.

Pasó el tiempo y decidió buscar a otro marido. Entonces vino un señor a casa vendiendo enciclopedias. A mi madre le pareció tan guapo, tan apuesto, tan culto y varonil, que le arreó con el tomo “spezia – turégano” de la enciclopedia, y repitió la jugada del padre de Menchu. Ese era mi padre.

Un buen día papá logró soltarse cuando mamá se había ido a la novena de San Antonio, pero estaba tan débil por los años de inmovilidad, que cuando estaba arrastrándose hacia la puerta para salir se encontró de bruces con mi madre, que se puso furibunda, y como no, le cortó la cabeza.Me siento tan orgulloso de haber tenido un padre vendedor de enciclopedias…

Entonces nos sacó a mi hermano y a mi, y pasó lo de mi comunión y demás. Un par de meses mas tarde, se nos murió mi hermana Menchu. Moquillo, dijo el veterinario. Ahí mi madre acabó de ponerse loca. Compró un montón de muñecas de porcelana, les arrancó el pelo y forró con el un monigote, porque así le recordaba a su niña peluda.

Y luego pasó lo mío, y se murió mamá, y me quedé con el yayo Paco.

Abelardo y sus curiosas aventuras…

Capítulo IV: La vida de hogar.

La sesión de sexo desenfrenado con las ancianas duró hasta bien entrada la noche.

Rendido, me arrastré como pude hasta casa.

Mamá ya no estaba en la acera, pero sí un charco de su sangre, mal disimulado con serrín.

Subí las escaleras donde horas antes había tenido mi primera experiencia sexual con la vecina. Entré en casa y me derrumbé en el sillón del salón. Sonreí a mi padre, que seguía tan contento, en su frasco de formol.

Puse la tele. Hablaban de un tipo con los pantalones subidos a la altura del sobaco y bigote, casado con una tonadillera con patillas y bigote, que había robado no sé qué de no sé dónde. La apagué porque no entendía nada. Me fijé y en un rincón, sobre una caja de madera de las de la fruta vi un pequeño tocadiscos en el que no había reparado al salir de casa aquella mañana. Lo conecté y sonó una bella canción:

“Más bonita que ninguuuuna
dicen todos al mirarme.
Más bonita que ninguuuuuna
dicen todos al pasar”

Me encantaba esa canción y estuve horas bailando, hasta que caí rendido sobre el sillón y allí dormí, por primera vez sobre algo confortable, hasta que casi al amanecer me despertó el yayo Paco:

– Menuda la has hecho, chiquillo.
– ¿Qué tal, yayo? Mamá está muerta.
– Ya lo sé, hijo, ya lo sé. Yo mismo me he encargado de recoger el cadáver, descuartizarlo, guardarlo en la maleta de tu abuela Carmen y tirarlo al río. Tardarán un tiempo en descubrirlo. Pero tú no tienes nada de que preocuparte, chiquillo, porque tu madre era una bruja muy lista, y nadie sabe de tu existencia. No existes, así que nadie va a buscarte.

En ese momento me di cuenta de que realmente no tenía a nadie en la vida, que estaba sólo como un perro.

– ¿Y que voy a hacer ahora, yayo, que me he quedado sólo?
– No estas sólo, niño, que aquí está tu yayo para lo que te haga falta.

Y me explicó su plan: él se vendría a vivir aquí, porque en poco tiempo le desalojarían de la chavola donde vivía. Me daría parte de su pensión para los gastos. El resto, dijo, era para sus vicios. Pero yo tendría que buscarme también la vida. Trabajar en algo para conseguir dinero. Me preguntó qué me gustaba hacer.

Le respondí, tímidamente, que lo único que había hecho hasta ahora, era hacer “cositas” con ancianas y camareros groseros. Se le iluminó la cara y dijo:

– Trabajarás en eso y santas pascuas.
– Pero si llevo haciendo eso desde que salí de casa y nadie me ha dado ni un euro.
– Pues si no te lo dan lo coges por la fuerza. Y ahora, ¿sabes hacer café? No, verdad, pues ven que te enseño y desayunamos. Hoy no vas a trabajar, elaboraremos un plan para sobrevivir los dos aquí. Ya verás que bien. A lo mejor incluso podemos llegar a comprar jamón algún día.

Todo sonaba tan genial. Había pasado de vivir en una jaula a tener un universo de posibilidades ante mis ojos.

Cuando me di cuenta el yayo Paco me estaba metiendo mano como un campeón. Como siempre, me dejé hacer. Parece mentira el aguante que puede tener un señor alcohólico de 70 años. Cuando acabó, se metió al cuerpo un buen trago de un cartón de vino que traía con él, y se quedó dormido en el sillón.

Aproveché que se había dormido y fui a la habitación de mi madre. Estuve un rato jugando con las muñecas calvas. Qué penita me daban las pobres. Luego abrí el armario, buscando algo que ponerme, que no era plan repetir modelito dos días seguidos. Escogí una falda de popelin turquesa con godets y una camisa verde agua con mangas ranglan, preciosa. No sabía que Mamá tuviera esa ropa, nunca se la había visto puesta antes. Siempre que venía a vernos, llevaba un vestido negro hasta la rodilla abotonado por delante y atado con un lazo en la cintura, y el pelo atado con una redecilla.

El yayo Paco se despertó y me llamó a gritos. Fui corriendo al salón. Sólo había tenido una pesadilla, pero aprovechando que ya estaba despierto, aunque aún algo borracho le pregunté por mi madre, por mi padre…

Y me contó la historia desde la época de mis abuelos, que fue cuando él tomó contacto con nuestra peculiar familia.

Abelardo sale una vez más del baúl de los recuerdos… ¿Quién sabe si esta vez lo hará para quedarse…?

Capítulo III: Sexo, Drogas y Pasodobles en el hogar del jubilado.

Estaba un poco azorado, por mi primera relación sexual completa. Bueno, cierto es que ya había tenido algunas experiencias con el yayo Paco, pero no habían sido completas, es decir, yo era tan virgen como el día que llegué al mundo.

Paseaba por la calle con una sonrisa en los labios, contento de estar libre al fin. Hasta ahora no me había importado demasiado vivir en una jaula de palomas, pero era porque el cautiverio era lo único que conocía. Pero ahora que conocía el mundo, el amor, la libertad, no estaba dispuesto a prescindir de ello. Deseaba seguir adquiriendo nuevas experiencias, aprendiendo y comprendiendo todo lo que me había perdido en 16 años. Lo normal en un adolescente.

La gente me miraba, me sentía atractivo, supongo que con mi porte, mi elegancia y mi rotunda belleza, además de que el vestido de flores disimulaba bastante bien las deformidades causadas por los largos años encerrado en espacios reducidos y sin movilidad.

Las ancianas se giraban a mi paso, y eso me calentaba, la verdad, me estaba poniendo “burro”…

Una de ellas me miró más de la cuenta, noté cierta insinuación en su mirada, y no me quedó ninguna duda cuando se me acercó y me dijo, ajustándose las gafas, como si no viera bien:

– ¿ Paquita? ¿Eres tu? Si, no hay duda, eres Paquita, la del pueblo, la del tío Mariano. ¡Cuánto tiempo!, ¿Qué tal? ¿Qué es de tu vida? ¿ Tu marido? ¿Se murió en el 75, no? Si, lo recuerdo, que me lo habías contado, que le dio un soponcio cuando se murió Franco. ¿y los hijos? ¿Dos niñas, verdad? Eran un poquillo frescales, ¿a que si?, eran la comidilla del pueblo, los verano, que si enseñaban las tetas por 2 duros, que si se dejaban magrear por cinco … Lo que las han disfrutao mi Marquitos y mi José Joaquín…

La señora me había confundido con su amiga Paquita, y no me dejaba meter baza en la conversación y aclararle que yo no era quien ella pensaba. Así que le seguí el juego hasta que me invitó a su casa a tomar café. Asentí con la cabeza y la seguí.

Lo que pasó después es de suponer. Subí con ella, y mientas hacía café le pegué el polvo de su vida, asaltándola por detrás en la cocina. Cuando acabé y me disponía a irme, me dijo:

– Desde luego, Paquita, sigues igual que siempre… A ver si vienes más de visita.

Me atreví a hablar.

– Cuando quieras, hija, cuando quieras.
– Pues mira, ¿y si te vienes esta tarde al hogar del jubilado?. Yo juego con mis amigas esta tarde en el campeonato de tute arrastrao, vente a vernos. Esta es la dirección- Me dio un ticket del Árbol.

– Mejor dímela, porque veo menos que un gato de escayola, pero la memoria la conservo de maravilla.

Salí esa la casa más contento que unas castañuelas.

Esperé, paseando por las calles, hasta que me dio el hambre otra vez. Entré a una tasca, y pedí lo primero que se me ocurrió:

– Deme una de bravas.

– ¿Qué quiere de beber?- me respondió un camarero barrigón, bigotudo y sudoroso, con cara de mal café. Lo típico.

– ¿Qué me recomienda?

Me miró como solía mirarme mi madre. Es curioso, pero también olía igual que mi madre, a sudor, calamares rebozados y coñac. Sentí una cierta ternura por aquella bestia peluda y sucia.

Me puso una copa de coñac de muy malas maneras. Me la bebí de un sorbo, y me ardieron las entrañas. Pero me gustó. Y pedí otro, y otro, y otro…

Diez coñacs después, tenía un pedo como un templo. Las bravas no las había tocado.
Le había cogido un cariño enorme al camarero, le miraba con ojitos de carnero degollado, esperando que me dijera algo bonito…

Le dije al camarero que si por favor se tomaba una copa conmigo.Se la tomó, y otra, y otra, y ambos acabamos muy borrachos, amándonos como perros sobre la barra del bar, encima de las bravas.

Todo esto antes de las cuatro de la tarde. Mamá había muerto alrededor de las 11.

Salí dando tumbos del bar, recomponiéndome un poco el vestido y me dirigí al centro del jubilado, como pude.

Entré, y por poco me da un pasmo. Era el cielo, el paraíso, el edén. Aunque venía bastante satisfecho de mi encuentro con el camarero, me entraron de inmediato unas tremendas ganas de “mambo”. Mi “amiga” me vio enseguida, y me llevó casi a rastras a un cuarto situado en la parte de atrás, por entre una treintena de mesas repletas de señores y señoras de más de 50, todos mirándome, desnudándome con los ojos…En el cuarto de atrás había una mesa rectangular en centro, unas cuantas cajas de cerveza y de vino vacías y apiladas por los rincones, y una bombilla sucia colgando del techo como única luz, ya que no había ventanas.

Cuando acomodé mis ojos a la relativa penumbra distinguí a unas cuantas frágiles y seniles figuras, unas cinco o seis, que rápidamente se abalanzaron sobre mí, me desnudaron, me tumbaron en la mesa y me ataron, con los brazos y las piernas en aspa. ¡Qué sorprendente fuerza desarrollaron sus articulaciones artrósicas, sus huesos con osteoporosis y sus caderas protésicas! Volaron dentaduras postizas, enaguas, refajos, sostenes y bragas-faja.

Y yo me dejaba hacer.

Por un momento pensé que mi madre me había matado y yo estaba en el cielo, disfrutando de esas bellezas marchitas. Pero no estaba muerto, me lo estaba pasando teta, con tantos cuerpos fláccidos y resecos a mi alrededor, todos para mí. Lo que pasó en aquel cuarto no está en los escritos.

Mientras, afuera, sonaba “Mi carro”. Era la primera vez que oía la música.

Dejamos a Abelardito después de que lanzara a su madre por el balcón, con un mundo entero de posibilidades ante si…

Capítulo II: El primer amor.

lladró

Sólo y perdido en la vida, libre al fin de dieciséis años de cautiverio y torturas, sin saber nada más del mundo que lo que me había contado un viejo ladrón, borracho y pederasta, me encontré ante el mundo, vestido aún con el traje de mi comunión, que, por cierto, me estaba un poco pequeño.

Lo primero fue explorar lo que me quedaba más cerca, es decir, el resto de la casa, ya que yo sólo conocía la terraza. Bueno, también conocía el interior de la maleta, pero eso no era mucho. Mi comunión la hice en los cinco minutos que tardó mi madre en poner unos cuantos periódicos en el suelo de la jaula de palomas, en la terraza misma.

Abrí la puerta de la terraza y vi un salón con dos sillones de “eskai” granate, una mesa camilla, una televisión en blanco y negro y un Sagrado Corazón de Jesús colgado en la pared. Sobre la mesa había un tapete de ganchillo y en el centro una cabeza humana en un tarro con formol. Las paredes eran verde veronés.

Me acerqué a ver la cabeza. Así fue como conocí a mi padre.
Parecía un tío majo, a parte del rictus de pánico de su rostro.

Avancé y llegué a la cocina. Tenía un poco de hambre, y abrí la nevera.

Me encontré una lata de foie-gras, un brazo medio putrefacto, y el torso y la cabeza de mi hermana Menchu envueltos en film transparente. Me hizo mucha ilusión volver a verla. Cogí el foi-gras, salí a la terraza a por la barra de pan con la que momentos antes mi madre pretendía agredirme. Por suerte le había dado el solecito y ya estaba descongelada, porque yo no tenía ni idea de cómo funcionaba el microondas. Me hice el bocata y seguí con mi exploración.

La casa sólo tenía un dormitorio. Supongo que por eso mi madre, cuando íbamos llegando al mundo no sabía dónde meternos y nos colocaba donde podía: maletas, jaulas, el carrito de la compra, como le pasó a Rafa, mi hermano pequeño… Sobre lo que supongo que era la cama de mi madre había un montón de muñecas de porcelana calvas y sin ojos. Daban una penita las pobres.

Por último, había un baño pequeño. Como yo no tenía conciencia de haberme duchado nunca, decidí que iba siendo hora, y me metí un buen rato a remojo. Salí como nuevo. Me pinté los labios con una barra de carmín que estaba sobre el lavabo, me ricé las pestañas y me puse un bonito vestido de flores rosas y azules. Así de guapo y precioso salí a la calle.

Por la escalera me encontré a una señora bellísima que también bajaba delante de mi. Tenía unos 70 años, pelo ralo, gris y sucio, ojos bizcos, bigotillo, joroba y una pierna de madera. Era la criatura más bella que había visto nunca. También es verdad que en cuanto a féminas, sólo conocía a mi madre y a Menchu. Y como ellas eran familia, yo no podía mirarlas con deseo, claro. Así que me armé de valor, y me decidí a entrarla. Lo hice como el yayo Paco lo hacía con Menchu.

La agarré del pelo, se solté un sopapo, se le saltó la dentadura postiza, y un ojo, que resultó que era de cristal. Ella hizo algo que yo no sabía que las chicas hacían: defenderse. Me extrañé bastante, pero estaba lanzado y no paré hasta que acabé. Esa fue mi primera vez. Y parece que a la buena señora también le gustó, porque me pidió un cigarrito mientras se recomponía un poquillo y buscaba sus prótesis

No le hice caso y me fui. Tenía un poco de vergüenza, porque no estaba muy seguro de haberlo hecho del todo bien, aunque creo que la dejé bastante satisfecha.

Salí a la calle. Ahí estaba el cadáver de mi madre, descoyuntado sobre la acera. Le cogí las llaves de casa del bolso del delantal, para luego poder volver a entrar, y un billete pequeño que tenía guardado en el sostén, y me fui a conocer mundo.

Las crónicas de Abelardo nacieron en el marco de un blog colaborativo en el que participé  (y disfruté) en aquella época en la que no sabía que era el ADSL ni me planteaba lo de tener blog o sucedaneo, porque me parecía “mu complicao”. Las crónicas de Abelardo se volvieron a hacer públicas después, con gran exito de público y crítica, en el extinto fotolog, con el punto elegante que le aportaban las ilustraciones. Hoy, una vez más opto por vivir de rentas y desempolvo a Abelardito. Que lo disfruten con salud.


Capítulo I: La tierna infancia.

barrapan


Mi primer recuerdo es mi madre pegándome con una barra de pan congelado.

Yo tenía por aquel entonces 16 años. Es que siempre he tenido mala memoria.

En esa ocasión en concreto, ya que hubo otras muchas antes, mi madre me pegaba porque me había conseguido escapar por fin de la jaula donde me había encerrado después de hacer la comunión. Antes de la comunión, me tenía guardado en una maleta. La misma maleta que usó mi abuelo Edelmiro para llevarse el cuerpo descuartizado de mi abuela Carmen a la Argentina en el 49.

La maleta ya no olía a la abuela Carmen, olía como mi hermano gemelo, que estaba conmigo en la maleta, pero que no hizo la comunión. Que vago era el jodío, todo el día durmiendo, desde que cumplimos los 5 años se tiró durmiendo todo el rato, hasta que mamá nos sacó para hacer la comunión.

A mí me vistió de marinero, después de plancharme los huesos con la plancha Ufesa, que se ve que los tenía muy arrugados de estar en la maleta. A mi hermano lo metió en la bolsa de la compra. Desde ese día no volví a ver a mi hermano gemelo. Supongo que mamá se lo olvidaría en el mercado.

Esto lo sé porque me lo contó el yayo Paco, que era un viejo borracho que nada tenía que ver con la familia, pero que se colaba en casa por las noches, saltando por los tejados, a rechupetear el hueso del jamón del cocido que mamá le había robado al sustanciero después de “liquidarlo”.

Además, si estaba de ánimo, se entretenía en abusar sexualmente de mi hermana mayor, Menchu, que estaba encerrada en la jaula de las palomas contigua a la mía. Si mi hermana Menchu estaba inconsciente, por que mamá se hubiera pasado con el cinturón, la manguera o directamente, con la mano tonta, el yayo Paco hacía sus cositas conmigo. A mi me gustaba, porque me dejaba en la boca regustillo a jamón.

Volviendo a lo de antes, cuando mi mamá me pegaba con la barra de pan congelado era porque yo había conseguido escaparme haciendo lo mismo que mi hermana Menchu, y que mi hermano gemelo: haciéndome el dormido muchos días seguidos. Si haces eso, y no te comes los mendrugos de pan, y no te mueves cuando mamá te pega con el palo de varear olivas en las costillas, te arrastra de una pierna fuera de la jaula, y te deja en la terraza, para que te orees.

Yo estaba en la terraza, regodeándome con la recién conocida luz solar cuando entró mamá con una sierra circular, un delantal de carnicero y una careta de soldar. La vi por el rabillo de un ojo que tenía entreabierto. Hacía ademán de ir a cortarme una pierna. A mí no me parecía demasiado bien, porque después de llevar 16 años con ambas piernas, no me convencía lo de perder una de mis extremidades así como así. Entonces me armé de valor, y decidí contradecirla, aunque siempre me habían dicho que las madres siempre tienen razón y hay que respetarlas en sus decisiones. A ella le sentó mal, pero creo que me comprendió, que lo vio normal, estando yo como estaba en plena edad del pavo. Por eso corrió hacia la cocina, y vino con la susodicha barra de pan congelado. Yo pensé que para reconciliarse iba a hacerme un bocadillo. Pero no, no me iba a hacer un bocadillo, que sería el primero de mi vida, si no que corrió hacia mí con gesto amenazante. No sé de donde saqué el valor, pero la empujé por la barandilla de la terraza, y se precipitó siete pisos hasta que se cayó sobre una anciana que paseaba por la calle con un perrito pekinés. La anciana falleció en el acto y el pekinés quedó muy malherido.

Con mi madre muerta, se abría ante mi un universo de posibilidades.

A %d blogueros les gusta esto: