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Hace 30 años fui arrancada del útero materno y lanzada a un mundo hostil.

Desde ese momento hasta el día de hoy han pasado muchas cosas. Cosas buenas. Cosas malas. Cosas muy malas. Resacas como mundos. Plastilina. Un carnet de conducir. Compañeras de colegio bullys. Aprender a hacer lentejas en la olla express. Ver a un niño cazar una paloma. Licenciarme (eso no sé si es bueno o malo). “Comprar” a Supernovio por catálogo (eso sí es bueno). Venirme a vivir a provincias. Tener migrañas y blefaorespasmos. Opositar con poco éxito. Ser bibliotecaria becaria precaria. Conocer gente. Pasar mucho de gente que conozco porque es el trato que recibo por su parte y “meh”. Conocer a otra gente que mola más. Enfadarme. Llorar. Reirme hasta tener agujetas. Escuchar canciones de rojos y ser más roja que la Pasionaria.  Minecraft y calceta. Mártires y suicidas. Incendios en habitaciones de motel. Cuadernos de escribir borracha. Doctor Who. Frasier. Galletas de chocolate. Ponerle motes a la gente. Stalkear. Ser un poco feminazi. Ser un poco ama de casa. Comprar una cobaya, y después otra, y ver partir hacia el Valhala de las cobayas a la segunda, y estar a punto de despedir a la primera.

De esto último, de lo finito de la vida, cada día soy más consciente, y de esto quiero hablar, porque concurren dos circunstancias, o tres, que se prestan a ello.

Para empezar, hoy cumplo 30 años. El otro día, mientras meaba (yo meo y reflexiono), comprendí que ahora estoy, con suerte, en mi punto álgido de “estabilidad física”, y que en nada y menos, empezará el deterioro. A mejor no voy a ir. Y eso con suerte. Porque caben millones de posibilidades innombrables. Me quedan siendo optimistas dos veces el tiempo que he vivido, siendo “realistas pero agoreros” otro tanto de lo transcurrido. Siendo pesismistas, directamente me metería en la cama a dejarme devorar por las pelusas. También, y esto es motivo de tranquilidad, solo me quedan unos 20 años más de menstruaciones, que es un tema que conviene ser tenido en cuenta.

Eso es lo que respecta a los límites temporales del yo.

Para seguir, Uzi se está muriendo. Es viejita. Ha vivido bien, ha sido feliz, ha estado enfadada mucho rato (sobre todo cuando vivía con Dos), luego ha vuelto a ser muy feliz estos últimos años y ha comido pimiento hasta hartarse. La hemos cuidado, primero yo y luego los abuelos, muchísimo y muy bien. Pero la edad no perdona. Hoy también es su cumpleaños. Porque los seres vivos a los que quieres tienen esa fea costumbre de cumplir años. E ir “gastándose”.

Eso en lo que respecta a los límites temporales ajenos.

Teniendo en cuenta todo esto, yo os pregunto, personas que me leéis ¿cómo vivís siendo conscientes de esto? Lo planteo hoy porque me atormenta desde hace tiempo, y nada mejor que un cumpleaños para abrir el melón de “cómo vivir sabiendo que no lo harás para siempre”. No lo digo con angustia, ni con preocupación, sino con una serena curiosidad de saber cómo hay que enfrentarse a esa única verdad universal.

Otros años, en estos mismos “repasos de cumpleaños” me dedicaba a enumerar cosas que había hecho (este año también, es tradicional), y cosas que quería hacer. Creo que lo que quiero hacer puede resumirse en vivir. Simplemente. Luego están los matices y las implicaciones del vivir, pero eso son cositas sin mucha importancia, si las vemos en conjunto.

Tengo 30 años y me planeo los grandes misterios de la vida. Supongo que me asaltan estas dudas porque no tengo tarta. Va a ser eso, que en realidad, lo único que quiero es tarta.

capybirthday

¿Quién ha dicho que un ratio de publicación de un post al año sea una cosa mala? Además, que este es mi blog y me lo f**** como quiero, amos hombre.

Como cada año, en estas fechas tan señaladas, me llena de orgullo y satisfacción colarme en sus casa y robarles las sobras de anoche… ay, no, eso no… cómo era… ah, si, colarme en sus lectores de rss y ponerles al día, que lo están deseando.
El año pasado nos quedábamos en que yo cumplía 28 y me acercaba peligrosamente a los 30. Pues este año que cumplo 29, ya huelo los 30 como si en nada y menos me los tuviera que comer con patatas. ¿Y me importa? Pues mira, no. Ni lo más mínimo. Con la edad y el control hormonal he aprendido a discernir qué importa y qué no importa, y oye, que me va bien así. Es más, cada vez menos cosas me parecen importantes.

También felicitábamos el cumpleaños a mis dos cobayas. Bueno, pues… a ver, cómo decirlo… Digamos que Dos se ha subido a un árbol… y en ese árbol ha cogido neumonía… y en diciembre se fue al Valhala de las cobayas a retozar feliz. Se la echa de menos, era… muy buena persona.

La que sigue dando guerra en casa de los abuelos es Uzi. No le sentó nada mal el deceso de su compañera. Es más, parece que le sentó de maravilla, desde entonces tiene mejor pelo y está más animada y juguetona. Creo que nunca se llevaron bien, y que verse sola fue para mi Uzicos una liberación. El reino animal está lleno de insondables misterios, y a sus 5 añazos, mi cobaya culigorda tricolor está en la flor de la vida y mantiene una relación de amor-odio y mordisquitos con su “abuelo”, que es mi padre.

Durante este año he sido bibliotecaria peligrosamente. Ser bibliotecaria peligrosamente es lo mejor que me ha pasado nunca, y espero por fin ponerme a estudiar como una perra de Kentucky, sacarme la oposición y ser bibliotecaria peligrosamente for ever and ever until the end of my days o hasta que los hijos de la moucha* del PP eliminen las bibliotecas porque no dan beneficios y yo coja un lanzallamas homemade (con fundita de ganchillo y todo) y salga a la calle a matar gente indiscriminadamente y acabe acribillada a balazos por un francotirador apostado en una azotea. Moraleja de todo esto: No voteis al PP, que son gente mala.

Retomando, he sido bibliotecaria (y becaria precaria, pero como mis compis de trabajo nos trataban como a personas, lo becario y lo precario se nos olvidó enseguida), y he aprendido muchas cosas, a saber: el usuario nunca tiene la razón, pero está bien fingir y dársela como a los locos; siempre llega alguien, cuyo nombre no mencionaré en este santo espacio, 2 minutos antes del cierre a pedir el santo grial, pero no el santo grial normal, el santo grial con pegatinas de Hello Kitty, y le tienes que sonreír mucho y buscárselo y prestárselo y no introducírselo por osmosis en el organismo a base de pegarle con él; que si sonríes te sonríen y se crea un clima de buen rollo y entendimiento con las señoras de 70 años que leen 50 sombras de Grey la mar de saludable; los yonkis son personas entrañables, sobre todo los que se sacan el ojo de cristal delante de ti para darle una limpieza; los depósitos de las bibliotecas son sitios llenos de tesoros donde acabas llena de mugre hasta las patas pero te lo pasas de maravilla pegando grititos de emoción cada vez que localizas algo terriblemente guay como un libro de la buena ama de casa de los 40 o algo así; la sala infantil es un lienzo en blanco que a la mínima puede acabar lleno de peces de colores colgando del techo porque llega el verano, y también puede acabar lleno de mini-jíbaros a los que sus progenitores desatienden por quedarse de charleta, y entonces toca remangarse, poner orden, y amenazar con llamar a seguridad, porque a una la toman por el pito del sereno, oiga.

Vamos, que me lo he pasado pipa y lo voy a echar de menos.

Y ahora me vuelvo a Pontevedra, porque como ya dije entonces, y puedo confirmar ahora, Vigo es el horror. Esas cuestas, ese tráfico, ese “tengo que ir del punto A al punto B y para ello tengo que coger tres líneas de buses, hacer 40 transbordos y contratar un sherpa nepalí”… Eso a mí no me gusta. Yo quiero vivir en un sitio donde pueda salir de fiesta y ponerme como un piojo y poder arrastrarme a casa, porque mi casa está cuatro calles, yo quiero vivir en un sitio donde pueda ir a todas las tiendas de los chinos en una tarde, y comprar en todas un ovillo de lana de pésima calidad, yo quiero vivir en un sitio donde para ir a la escuela de idiomas no me tenga que levantar antes del alba y alquilar una diligencia. Y ese sitio es Pontevedra. Además en Pontevedra los niños son listos y cazan palomas.

¿Y ahora qué? Además del cambio de residencia, ¿qué me depara el futuro? Pues veamos:

1, estudiar mucho. Tengo que estudiar mucho de dios y aprobar las oposiciones, y hacer cursos y tener puntos y acabar teniendo un puestín.

2, en el tiempo que me deje el estudio, que espero que sea poco, porque significará que estoy estudiando mucho, seguir tejiendo: tengo en mente unas cuantas cosas, como una bolsa para las cámaras de fotos, más calcetines, y quizás algún jersey para mí.

3, en lo demás, seguir como hasta ahora. Este año no hay buenos propósitos sociales ni nada parecido. Yo ya soy suficientemente sociable, y estupenda de la vida, y quien no lo vea así… pues que se la ondule con la permané.

Y ya. La vida es muy puta y nos demuestra cuando menos lo esperamos que hacer planes es estúpido, así que los propósitos generales de buena voluntad son más que suficientes.

Mañana tendré 29. Y tendré que hacer que molen.

*También he hecho como que aprendía un poco de gallego este año, y he incorporado a mi vocabulario locuciones indígenas, arrecarallo!

Como reza el infame título de este post que dudo mucho que lean más de 4 gatos (el público general que pudo tener alguna vez este blog seguramente ya lo ha dado por muerto hace bastante), este arrebato obedece a una “tradición”. Cada año, desde hace unos cuantos, no voy a mirar cuantos porque no me da la gana, servidora de ustedes se escribe un post para felicitarse a si misma, y recordar a los despistados que pueden felicitarla, que está de cumpleaños. Esta que les escribe suele poner la excusa de que es el cumpleaños de Uzi, porque a Uzi se la regaló a si misma el día de su cumpleaños. Pero bueno, este año no voy a poner esa excusa: las cobayas no celebran el cumpleaños. Es más, el de Dos, la otra cobaya, fue el 1 de septiembre, nadie se acordó del tema, y no ha pasado nada. Ambas dos ratonas siguen viviendo felices en Asturias, con sus abus que las malcrían mucho, las dejan correr por el jardín, comer hasta hartarse y hasta les han hecho una cosecha especial de heno para ellas solitas. Vamos, están como quieren y mejor.

Pero el post del cumpleaños es una tradición: hay que hacerlo. Si o si. Así que voy a aprovecharlo para explicar alguna cosa. Por ejemplo, que estoy trabajando. Es más, ayer, día 22, víspera cumpleañera, pudo vérseme prestando libros como una condenada en la Biblioteca Central de Vigo. Soy becaria precaria, pero estoy contenta. Contenta y acojonada (tengo pesadillas recurrentes de llegar al tajo y que nos digan que no pintamos nada allí porque no hay dinero para pagarnos… y esa es una pesadilla con muchos visos de convertirse en realidad en estos tiempos que corren).

Estas son las cosas del presente y del futuro, al menos de los 8 próximos meses. La biblioteca y vivir en Vigo.

Vigo es una ciudad infame. Demasiado grande, demasiado llena de cuestas, con pocos chinos (restaurantes y bazares) para mi gusto… Pero bueno, me voy acostumbrando poco a poco. Hay yonkis a patadas, peleas en las avenidas principales, un tráfico horroroso, la posibilidad de ser apuñalada en el portal… Pero también tengo curro. Y un curro que me gusta. Y eso mola.

Lo de la crisis de los 30 del título es para meter con calzador este video de unos argentinos que molan mucho y hablan del tema. Que yo sólo cumplo 28, pero el 3 se aproxima peligrosamente. Por suerte, tengo la cabeza más o menos sentada (aunque sigue estando como una espuerta de grillos, pero no me parece a mí que eso vaya a mejorar con la edad), estoy feliz como una perdiz y ya no tengo agonías sin motivo, viva y bravo. Pues eso, el video de Cualca:

Eso sí, cada vez echo de menos a más gente, pero eso es ley de vida. Sin embargo, reconozco que podría ser un poquito más “social”, quizás este año pulamos eso, y no haga como este, que, por ejemplo, he pasado sistemáticamente de felicitar el cumpleaños a la gente del facebook. Pero bueno, eso es porque me parece un paripé ridículo, eso de felicitar a alguien que no te ha hablado nunca… mira, otra cosa para pulir: entablar conversaciones en vez de esperar a que me hablen… O no. No sé. Eso ya lo decidiré sobre la marcha. O nunca. Whatever… Agonías sin motivo ya no tengo, pero se ve que comeduras de tarro sin motivo tengo muchas y variadas 😛

Y bueno, de las cobayas ya hablé antes, así que todos los puntos del título han sido tocados, que luego no me quiero enfrentar a demandas por publicidad engañosa. Así que creo que esto es todo por ahora. El blog quizás vuelva, o quizás no… tengo en mente tejer un jersey, así que si lo acabo a lo mejor subo fotos. O a lo mejor no, eso según me de.

De bonus track, una canción de Tim Minchin, que va reunirse con la familia por Navidad, pero yo creo que vale para cualquier ocasión especial (también pone a parir a la iglesia, y eso siempre es un punto positivo). El tema es que a mí me gusta, y a partes iguales me da “morriña” de no poder estar hoy con toda mi familia, aunque estoy acogida en casa de Supernovio, y también son familia ya, y mola mucho.

Espero que nos leamos el año que viene (e incluso antes) 🙂

Tengo esto tan abandonado que el otro día lo abrí y vi pasar un matojo rodador de esos de las pelis del oeste, pero claro, este es mi blog, y tengo edad para tenerlo como a mí me de la gana, vamoshombreya… 

Pero una cosa es ser una desastrada y otra muy distinta no hacer caso a las madres cuando mandan algo. Aunque no se haga caso a la primera. Y aunque la madre que manda no sea la propia, sino la madre de un gremlin que no come y una tamagochi que debería salir más en el blog (guiño guiño, codazo codazo).

Como no estoy muy segura de quién me va a leer, y de si conocen ya mis vicios más ocultos, haré un breve resumen/confesión/declaración del impuesto de la renta de las personas físicas: me gusta tejer. Como a un tonto una cera Manley color rosa.

He hecho amigurumis, he hecho ponchos, he hecho mantitas, he hecho bufandas… con ganchillo, con dos agujas, con aguja circular, incluso he aprendido a tejer sólo con los dedos… Además me gusta probar cosas nuevas, aprender nuevas técnicas, superarme y dejar patidifusos a los que un día me ven recitando improperios que  parecen invocaciones satánicas ante un ovillo de lana tan enredado como  el pelo de Tim Minchin en un día de viento, y al siguiente se sorprenden cuando les muestro que mis manos sin pulgares oponibles han fabricado chales como de abuela, bolsos, y hasta fundas para gadgets. Soy la leche!

En mi afán por aprender más y más, inspirada por maestra jedi peruana de las labores, un día se me metió entre ceja y ceja que quería aprender a tejer con telar circular. Una cosa terrible, de no comer bien, no dormir por la noche, sudores fríos, ausencia del periodo…bueno, vale, estoy exagerando. Fue una emperradura estándar.

Problema: no tenía telar circular. Solución 1 (preguntar en todas las mercerías y ser tomada por loca, porque en provincias estamos atrasadísimos), fallida. Solución 2 (fabricar un telar con mis propias manos y un tablero de aglomerado), abortada por falta de material y herramientas. Solución 3 (internet), un éxito. En pocos días tenía 4 telarines para dar rienda suelta a mis más bajos instintos tejedores.

Lo primero fue hacer un gorro para Padre, porque los papases se lo merecen todo y más, pero no tengo ojo para las tallas y … bueno, digamos que a mi primo el pequeño le queda escuetito…Gorro #fail.

Pero no me desanimé. Eso sí, tampoco he vuelto a hacer gorros. Me pasé a calentar la parte del cuerpo diametralmente opuesta: los pies. Además los hago talla única, para no liarme, y rectos (no he encontrado un tutorial aceptable donde me explique como tejer los talones), y son tremendamente calentitos, indispensables para personas que como yo, son incapaces de dormir con los pies fríos.

Y en esto he estado útimamente, tejiendo calcetines en un telar circular, como una niña china a la que sus padres han abandonado en un orfanato que a su vez la ha vendido a un señor muy malo que explota niñas chinas para hacer calcetines.

Bueno, en esto, y en estudiar como una loca, y en vivir por encima de mis posibilidades haciendo DOS comidas al día… como se entere Rajoy, me recorta.

Por todo esto, desde aquí animo a las masas (imagínenme como Evita  Perón en el balcón de la Casa Rosada hablando al el pueblo enfervorecido…) a que agarren el útil de tejido que tengan más a mano (la mano misma sirve), se compren un ovillo de 0’60 en los chinos de la esquina, y que empiecen cuanto antes a tejer… y que la crisis del capitalismo nos coja con los pies calentitos.

 

[Algún día, cuando la cámara de fotos decida dejar de hundirme en la miseria, habrá documentos gráficos. Hasta entonces, tengan fe]

Edito: He añadido enlaces ilustrativos, porque no todos sois politoxicomanos del Minecraft, y seguramente esta triste historia os suene a chino mandarín. Los enlaces están en inglés, pero sé que sois listos y habéis hecho un curso de CCC, así que no habrá fallo. 

Esta es la terrible, dolorosa y cuadriculada carta que Steve, un “singleplayer” mediocre, dejó antes de suicidarse arrojándose a la lava, incapaz de continuar con su vida tras sufrir una irreparable pérdida:

Hola, creo que me llamo Steve . Hasta ahora he sido un señor con camiseta azul, una hija de ZP, y actualmente, acorde con mi “skin” soy una cobaya tricolor. Y ahora que se acerca mi fin, voy a contaros mi vida.

Aparecí a este mundo por primera vez hace mucho tiempo. Caí del cielo a un verde valle hecho de cubos, con árboles compuestos de cubos, sprites cúbicos … Mi primera pulsión fue cavar. Debo ser medio topo. Luego, cuando llegué a la piedra gris y no pude cavar más, salí como pude del agujero y empecé a aporrear árboles primero con mi mano desnuda, y luego… con un cubo (que no un caldero, un cubo en el sentido geométrico), de tierra. Caían cubos de madera, ramitas, alguna manzana incluso… Con esa madera hice tablas, con las tablas una mesa de trabajo, y con la mesa de trabajo…. herramientas a cholón. Un sindiós de herramientas. Ahora tengo de todo menos lavadora, pero como las armaduras se lavan a mano tampoco la necesito.

Al principio la vida fue difícil. Por las noches, en los lugares más insospechados aparecía una gentuza de la peor calaña intentando matarme. Por suerte descubrí un botón que me facilitó mucho las cosas: decidí que mi vida fuera “peaceful” a ratos, para dejarme de preocupaciones. Es como fumar porros, seguramente me esté perdiendo muchas cosas, pero aquí a mi rollo estoy mucho más tranquilo.

Una de mis aficiones, surgida de la necesidad, es la arquitectura ecológica y la vida sostenible. Con materiales del entorno, intentando causar en mínimo impacto en el medio ambiente, he construido casas pequeñas y grandes, rascacielos y casas de hobbit horadadas en la roca, he cultivado huertos automáticos, plantaciones de sandías, cercados con cerditos, ovejas, vacas, granjas avícolas… He conseguido procurarme el sustento, y he descubierto que el pastel no siempre es una mentira.

Después de dar más vueltas por el mundo que  Marco buscando a su madre, he visto cosas que no creeríais. Explosiones de creepers en cadena (eso siempre a la puerta de una casa recién construida en la que aún no hay cama para reaparecer), slimes aplastando arañas vacas-setas que dan más miedo que Esperanza Aguirre con el traje de privatizar… Y he conocido a una especie de imbéciles con cara de pepino, los carapepino, que son de esos a los que les sujetas la puerta en el portal y no te dan las gracias, o les dices buenos días en el ascensor y no responden. Eso sí, tienen unas casas muy cuquis, decoradas con bastante gusto, y disfruto terriblemente expropiando sus casas espada en mano y adueñándome de sus propiedades.

He llegado a tener cierto status. O al menos eso creo. Me comparo con los carapepino, y las puertas automáticas hechas con pistones y redstone de mi superguarida infernal me parecen la leche en polvo. Seguramente los capapepino viven felices en su ignorancia, cruzados de brazos, con la mirada perdida en el infinito, y paseando despreocupadamente por sus pueblos sin luz en las calles… A mí me gusta ver por donde voy, y evitarme encuentros inesperados. Seguramente no les parece mal si una vaca les arrasa la cosecha de trigo. A mí… a mi si, y por eso mato vacas a diestro y siniestro y me como sus filetes crudos o asados al horno grrrrr.

Lo que decía… he extendido la vía férrea de norte a sur y de este a oeste por la que he viajado en minecart, he caminado, nadado y navegado durante días hacia el suroeste porque me daba la gana. He asumido que tu casa es ese sitio donde está tu cama, y que para volver al hogar muchas veces hay que morirse y perderlo todo. He aprendido a valorar cada antorcha y cada escalera.

También he visitado el Nether (algo así como el infierno), y es un coñazo de sitio. Para empezar tienes que montar un portal interdimensional de color morado (que luego nunca te combina con las cortinas) y luego, al llegar allí, las cosas no mejoran.  Medusas gigantes que hacen ruido como de gata en celo siendo apaleada, zombies-cerdo, y bicherío de lo peor, es lo único que hay por ahí… Y unas piedras amarillas y brillantes, muy útiles para ahorrar en antorchas, pero de lo más chabacano en lo que a decoración se refiere. Que quede claro: la glowstone es hortera. 

He oído que también hay un “Fin” (lo he visitado de manera fraudulenta, a ver que se cocía, pero como todavía no he ido “legalmente”, no puedo hablar de ello). Al “Fin” cuesta bastante llegar, hay que conseguir más cosas que ingredientes componen el desayuno de Falete, y una vez allí, las cosas no son fáciles. En “El Fin” hay dragones, y huevos de dragón, y unos señores altos que se te quedan mirando fijo y luego te arrean con un cubo de arena en la cabeza y te dejan tonto.

¿Lo mejor de todo? Mi perro Porkchops (Chuletitas). Lo adopté ya grandecito, sobornándole con huesos de esqueleto recien cazado. Me acompañaba a todas partes, y era de gran ayuda: si quería cazar a un gorrino, Porkchops se lo cargaba; que me atacaba un zombie de Médicos sin Fronteras (de los que te persiguen con los brazos extendidos para que te hagas socio y dones), Porkchops me defendía; que venía un Creeper mormón (de los que hacen guardia en la puerta de tu casa a ver si sales y “sssssssshhhh…. BUM”, te joden), Porkchops montaba guardia mientras yo me echaba la siesta… Porkchops era el mejor perro que ha existido jamás.

Y ahora, mi vida en este mundo ya no tiene sentido. No quiero cavar, no quiero ir al Nether y ponerme ciego a matar con mi espada de diamante tuneada, no quiero recoger el trigo, ni quiero ir a matar vacas para hacerme unos pantalones de paleto…. No quiero hacer nada de eso, porque ya no quiero vivir. Estoy pensando en tirarme al lago de lava artificial que hay en el sótano de mi casa. Todo ha perdido su razón de ser porque…

UN CREEPER MATÓ A MI PERRO.

Adiós, mundo cruel. Que Notch se apiade de mi cúbica alma.

Esta tarde he visto cosas que vosotros no creeríais.

Esta tarde he visto como se materializaba, ante mis ojos, el sueño que todos hemos tenido en nuestra infancia alguna vez (en una infancia normal, no de niño tiquismiquis y rarito).

Esta tarde…

HE VISTO A UN NIÑO CAZAR UNA PALOMA

Si, lectores (los tres, quizás cuatro), si. He visto a un crío de unos 6 años correr hacia su madre con una rata del aire espachurrada entre sus manitas, y una sonrisa de oreja a oreja.

Y también presencié, y esto es lo importante, el proceso de la caza, si bien no desde su inicio mismo, si en el momento álgido y su conclusión.

La escena es como sigue:

En medio de una de las principales plazas de este villorrio de mala muerte con ínfulas de capital de provincia (hoy estoy resentida con el clima pontevedrés, reclamaciones al maestro armero), un niño rodeado de una marabunta gris de patas, picos, plumas y sarna, vacía una bolsita de semillas que probablemente su madre le acaba de comprar en el kiosco.

La vacía completamente.

Nada de echar a poquitos, ni de esparcir el alimento de las aves. No. Todo en un montón, justo frente a sus piececitos, que ya no se ven, rodeados como están de palomas que se agolpan frenéticas, unas sobre otras, alrededor del montoncito de semillas.

Entonces, en esa marabunta, el niño, en sólo dos decididos gestos, consigue el milagro: se agacha, y sin pensar, cierra sus manitas sobre uno de esos bichos voladores, atrapándolo.

Y corre a mostrarle su presa a una madre que habla distraída por el móvil, ajena a ese hijo suyo, ese pequeño héroe cotidiano , que inteligentemente ha conseguido lo que otros niños no logran jamás, a pesar de pasarse tardes enteras intentándolo: cazar una puta paloma.

Era la viva imagen de la satisfacción, del triunfo, de la superación personal.

Ante esa escena no pude sino sonreír, y maravillarme. Y, por qué no decirlo, sentir que se renovaba mi fe en la raza humana. Toda la vida viendo a críos (yo me incluyo entre ellos), que han tratado de cazar a las palomas corriendo tras ellas, o engañándolas con medio risketto, para recibir así de pronto un bofetón de sentido común de un niño que lo vio claro: no se puede focalizar el esfuerzo en una sola paloma, hay que distraerlas a todas, confundirlas, y aprovechar el momento para atrapar una, cualquiera, porque en el fondo, todas las palomas son iguales.

El lunes ese niño fardará en el patio del cole de su hazaña, y un imbécil con una Nintendo 3DS le quitará el protagonismo.

Por eso mismo siento la necesidad contar esta anécdota que me ha impactado e ilusionado a partes iguales. Porque cosas así no se ven todos los días, y aún así lamentablemente pasarán desapercibidas y se perderán para siempre si nadie deja constancia de ellas.

 

 

 

Esta, dirían los rancios, es la España que nos deja ZP 😛

 

La paloma hoy ha dejado de ser el rival invencible que era.

 

Hubo un tiempo en el que fuí más de pluma que de pelo. En cuanto a animales de compañía se refiere, claro. Y en el piso en que que vivía teníamos a esta bicha, Federica:

Las mascotas tienden a parecerse a sus dueños.

Un día entró por la ventana, y se quedó con nosotras, dando por culo 24/7, comiéndose los marcos de las puertas, volando libre por la casa, arrancando teclas de portátiles, y tratando de anidar en las cortinas del salón. Fueron tiempos felices. Pero la felicidad duró poco.

Después de que Federica, mi agapornis alcoholica, se fugara volando por la ventana, el vacío mascotil se apoderó de mi vida. Fueron tiempos tristes, oscuros… como un domingo por la tarde para un EMO.

Pero aquello no podía sostenerse. Y empecé a pensar en buscar otro bicho al que torturar al que querer, mimar y cuidar mucho muchito.

¿Un mono? ¿Una boa constrictor? ¿Un gamusino? ¿Un unicornio rosa? De entre todas las posibilidades, esta serie me dió la idea:

Oruchuban Ebichu, o lo que es lo mismo, Ebichu, el hamster ama de casa, abrió ante mis ojos hipermétropes el universo roedoril.

Me vi la serie entera, que por cierto, es muy muy recomendable. Con un humor tan guarrete como cafre, maltrato animal a cascoporro, fornicio aquí y allá, unos toques ternura bizarra, y un dibujo como el de ShinChan cuando está bien dibujado (no como cuando parece que lo ha dibujado un mono epiléptico), hace de este anime de 19 capítulos algo que todo el mundo debería ver un sábado por la tarde, o incluso un domingo.

Y yo pensaba “qué bonita es Ebichu, qué boba, qué inoportuna, y qué práctica, que hasta te lava las bragas…” Yo quería algo así para mí. Además, yo nunca llegaría a ser como la desgraciada de su ama, que la espachurra contra la pared a la mínima. Con insultarla un poco basta y sobra, lo demás es cebarse, hombre.

Y pensando esto , un 23 de septiembre, tal día como hoy, me fui a la tienda de animales más próxima y dije:

– ¡Quiero una Ebichu!

Me miraron como si fuera imbécil. Con razón.

Así que me fuí a una tienda de animales un poco más alejada, pero en la que todavía no había hecho el ridículo, y exclamé:

– ¡ QUIERO UNA … DE ESTAS! – señalando a las cobayas.

Y así fué como adquirí a Uzi, que si bien no es un “hamster ama de casa”, siendo tan parecida, tendría las mismas prestaciones… O eso pensaba yo.

Uzi dejando clara su postura sobre las tareas domésticas.

Resulta ser que las cobayas no te lavan las bragas, ni te limpian el polvo, ni te hacen manzanillas cuando te duele la barriguita. Las cobayas piden de comer incansablemente, chillan como Federica, y si te descuidas también se comen los marcos de las puertas y los cargadores de los móviles. Lo único bueno que tienen es que son abstemias.

Han pasado tres años desde que ví Ebichu por primera vez, y hoy mi Uzicos cumple tres añitos conmigo. Y aunque no me ha lavado las bragas ni una sola vez, no la cambio por nada del mundo.

(Bueno, y yo cumplo 27… pero esa es otra historia 🙂 )

Esa frase, que da título a este post, era la característica principal que exigía a un videojuego para que resultase de mi agrado. Eran tiempos oscuros, siniestros, en los que sólo jugaba al Puzzlebubble, al Luxor, y a otros juegos en los que, como habréis supuesto ya, la enjundia consistía en juntar/agrupar/explotar/manipular/whatever bolitas de colores.

Sin embargo, tras una profunda reconversión realizada por Supernovio a base de electroshocks, videos de Intereconomía, privación sensorial, y amenazas variadas, mis miras videojueguiles se han ampliado (un poquito) ALABADO SEA EL SIMIO!

Por eso, con la valentía que da la inconsciencia que campa a sus anchas por mi escueto torrente sanguíneo, hoy me animo a hablaros, lectores míos (sí, los tres), de algunos de mis videojuegos favoritos. No esperéis una profunda review, ni extensas justificaciones de por qué debéis dejar todo lo que estéis haciendo en este mismo momento y jugar esos videojuegos inmediatamente, ni siquiera encontrareis sentido común en mis opiniones al respecto. Si quereis todo eso, el blog de Supernovio, que es el experto EXPERTO en estos temas, es el lugar al que debéis acudir. Dicho esto a modo de disclaimer, al lío.

Empecemos por el primer videojuego “colorballsfree” que me encandiló: PLANTS VS ZOMBIES. Bueno, si uno lo piensa bien, los proyectiles que lanzan las plantas encargadas de acabar con esos bonitos zombies hambrientos de cerebros son guisantes… verdes… esféricos…Vamos, que no ha sido un paso muy traumático entre un ámbito y otro. Resumiendo mucho, se trata de una especie de “tower defense” de jardín trasero más cachondo que la música de los caballitos. Muy colorista, muy cuqui, muy recomendable.

Para los amantes del sufrimiento en technicolor, la gestión de ovejas y olivos, y un apetito insaciable por odiar la Grecia clásica, el ZEUS, SEÑOR DEL OLIMPO, es el juego ideal. Después de pasar por tediosos tutoriales en los que te enseñan que en la “polis” es tan importante que no se te caiga la casa como que un filósofo te vaya a dar la chapa asiduamente, después de aprender que las cabras se plantan en terreno fértil, puedes jugar un ratito antes de acabar loco de atar con tanta cosa para gestionar, o en su defecto, puedes volverte loco antes de jugar siquiera, tirar todo por la ventana, y acurrucarte en posición fetal en un rincón, lo que más te apetezca. Podría parecer por lo que digo que este juego no me gusta en absoluto. No es que no me guste, es que me saca de quicio, y eso, ladies and gentleman, es lo que me gusta. Como todos los juegos de estrategia, el Zeus, señor del Olimpo, es un juego para masoquistas.

Ahora pongámonos en situación: tarde de domingo, resaca (si no ha resaca, no es tarde de domingo, es otra cosa), fotofobia feroz, los sonidos estridentes provocan en el cerebro derrames internos muy dolorosos… El EUFLORIA es el juego ideal para esos momentos. Colores suaves, música relajante, la suficiente acción como para no caer en coma, pero no tan frenética como para no poder echar una cabezadita en medio de la partida… Asteroides, arbolitos, semillitas, invasiones interestelares… aiiissss, qué bucólico.

Luego hay una gente que tiene el cielo de los creadores de videojuegos (donde todos son vírgenes y mártires), ganado: los señores de Amanita Desing, con MACHINARIUM, SAMOROST, y SAMOROST 2. Estas tres bellísimas aventuras gráficas llenas de puzzles, misterios, escenarios hechos de “recortes” de imágenes reales, putadas a inocentes criaturas que luego, ya que el bien siempre gana, consiguen resarcirse y te dejan la mar de contento, son también un “must” en mi lista de juegos. Y deberían serlo también de las vuestras.

Entre la estrategia y el arcade tradicional, se encuentra el FORTIX. Supernovio, que es el que sabe de esto, me dijo que cuando él era (más) joven había unos juegos parecidos, en los que despejando la superficie de juego a base de hacer rectángulos, acababas viendo a una cachonda en tetas o algo así. En el Fortix no hay cachondas en tetas, pero tampoco tiene porque ser malo. Eres un caballero medieval muy pequeñito que espada en ristre va recorriendo el mapita, conquistando territorios, esquivando cañonazos y atrapando dragones. Horas y horas de diversión. Aun sin cachondas en tetas.

Otro “tower defense” recientemente descubierto gracias a los majísimos del Humble bundle y sus ofertas incomparables es el ATOM ZOMBIE SMASHER. Ciudades infestadas que han de ser evacuadas a golpe de helicóptero, ordas de zombies rosa fucsia (zed’s en el juego), que han de ser aniquilados descargando sobre ellos fuego, azufre, fuertes escorbutos y mentiras, y la infección que ha de ser erradicada a golpe de “bombas-llama” (llama como el animal ese que es como una cabra cuellilarga sin cuernos que escupe, esa clase de llama) es lo que uno se encuentra en este juego, ambientado en una hipotética Sudamérica (comienza en la ciudad de Nuevos Aires). Múltiples configuraciones del juego, y la posibilidad de descargarse por la patilla mods a cholón, lo hacen eternamente jugable. Y la musiquita surfera, que mola un huevo y la yema del otro, pone la guinda al pastel.

Por último, pero no por ello menos importante, está el WORLD OF GOO, que debería ser convalidable por unos cuantos créditos de libre elección en cualquier la ingeniería de caminos, puentes y cosas así. Con unos moquetes de naturaleza semipetrolífera hay que construir estructuras para llegar del punto A al B, quizás pasando por el C incluso, lo cual implica en ocasiones romprese los cuernos hasta hacerse sangre. Un juegazo.

Me dejo algunos juegos en el tintero, pero hay que dejar fondo de armario para otras entradas. Espero que mi humilde e inconexa opinión os ilumine a la hora de probar a jugar cosas nuevas, que no sólo del World of Warcraft vive el hombre.

Como mujer que soy (que lo soy, Supernovio puede dar fe notarial de ello), tengo la muy sana costumbre de llevar ropa interior. Mi santa madre me educó bastante bien, y el resto lo hizo el sentido común, que me dice de vez en cuando que no debe ser agradable pillarse un resfriado de los bajos.

De la ropa interior femenina, campo de juego de fetichistas y pervertidos no voy a hablar, que luego se me llena esto de gente rara. Esta contextualización previa es símplemente para dejar claro que sé de lo que hablo, y que hablo con conocimiento de causa. No voy a entrar en detalles escabrosos, así que pongan todos las dos manos donde yo pueda verlas a la de ya.

Al lío: hace unos días me compré en Carrefour un pack de seis bragas al fascinante precio de 6 euros.Hasta ahí todo bien.

Lo que me repatea es lo siguiente: de esas 6 bragas, a 4 se les fue la goma al carajo con solo mirarlas. Esto ya no está nada bien. Vale que puede uno decir que por 6 euros (un euro por braga), qué coño quiero… Pues quiero 6 bragas que me duren íntegras más de dos horas de uso normal, no dos bragas y cuatro trapos.

Eso me lleva a pensar en otro asunto, relacionado también con otra reciente adquisición a bajo precio: mi tablet Airis OnePAD 700. La daban con cupones de ABC + 99 euros. Y ha fallado desde que la compré más que una escopeta de feria trucada. Viendo los foros del servicio técnico he comprobado que a otra gente también les falla por los más diversos motivos, pero que muchos lo justifican por su bajo precio: que por 99 euros (+ periódicos), qué coño quiero… Pues quiero una tablet que funcione tal y como le corresponde funcionar. Ni más (porque un precio bajo implica prestaciones bajas), ni menos (porque un precio bajo no implica que haya que aguantar que algo funcione peor de lo que debe funcionar).

Me cabrea un poco que con la excusa de lo barato que es algo nos pasemos por el arco del triunfo que aunque poco, hemos pagado un dinero para que algo sea como debe ser al menos durante el tiempo que cubre la garantía y dándole un uso normal.

No sé si eso es culpa de las empresas (que siempre quieren ganarse beneficios de a duro cuando nos dan servicios de cuatro pesetas), de los usuarios/consumidores/gente de a pié, que somos más tontos que botijos y nos gusta más una oferta que a un tonto un lápiz, o yo qué sé… Lo que sé es que me cabrea, y sin embargo, ante una superoferta acabaré cayendo otra vez, y volveré a comprar 6 bragas por 6 euros. Sólo espero que las próximas duren…

Porque me niego a ir sin bragas.

Vine aquí porque alguien me lo dijo. Alguien que me vendió un lugar con piedras doradas, con las mejores librerías y los mejores lupanares.

Y me llené de piedras doradas, y visité durante un tiempo los más oscuros lupanares, y de vez en cuando asalté alguna librería de viejo para comprar ediciones malísimas por dos euros. Cumplí bastante bien esas misiones.

Vine aquí hace ya mucho tiempo. Más tiempo del que invierte otra gente en estar aquí.  Más tiempo del que quizás debería haber invertido… o quizás fue el tiempo justo y preciso para completar el proceso que empezó un 22 de septiembre.  Al día siguiente era mi cumpleaños. El día anterior, me habían quitado la ortodoncia.

Llegué siendo absolutamente pava. En mi haber, para impresionar, contaba con las rentas literarias de dos años de bachillerato. Sólo impresioné a una persona, a la única que pasaba de leer chorradas. Ahora considero a esa persona una hermana.

Fui dando tumbos, de moda en moda, de estilo en estilo, de grupo en grupo. Pasé de escuchar Hora Zulú y llevar pantalones anchos y collares de perro, a Nacho Vegas, pantalones pitillo y gafas de pasta.

Dejé de escribir y me volví prolífica varias veces. Un fotolog, este blog, proyectos de los que deserté, aventuras que fracasaron…  dan cuenta de mis momentos álgidos.

Conocí internet y sus entresijos. A mí, que me daba miedo pulsar la @ por si destruía algo, ahora no hay quien me despegue de las redes sociales. De lo que he sacado en conclusión de mis andanzas en la red de redes podría hablarse largo y tendido, y quizás se haga algún día, cuando cierren internet para siempre, o cuando Google se convierta en Skynet y quiera jodernos vivos a todos los humanos.

Refiné mi cocina y conseguí en algunos momentos ser una perfecta Biddy *, siempre que el público lo merecía.  Ñoquis de patata con salsa de tomate y gambas, magdalenas, tiramisú, pollo con tomillo y limón, empanada de atún, lentejas, bizcocho “instantáneo” de microondas, galletas, mermelada… incluso, como último hito, un sushi bastante aceptable. Y siempre los mismos nervios con las visitas y la misma sensación de que “recibir” en casa es un examen que necesito imperiosamente pasar con nota…

Adopté una agapornis chillona que entró por la ventana de la cocina y recibí de ella, con agrado, todo el afecto que un pájaro puede dar (que, sorprendentemente, es bastante), algunos picotazos, y siete huevos, antes de que se fuera volando como vino. Para superar el vacío que dejó esa huida me hice cargo de un par de cobayas (Uzi primero, y un año después, Dos) , lo que me permitió descubrir que lo mío son los roedores,  que en la mirada absorta de unos ojos como conguitos se pueden percibir cosas insospechadas, y que un “cuiiii cuiiii” a las siete de la mañana jode un huevo,  pero a veces se convierte en un dulce despertar , si sabes que lo hacen esos dos bichos culigordos que se pone a dos patitas, hacen que te rías con sus monerías y parece que hasta te quieren, aunque sólo sea porque les das comida.

Me perdí y volví a encontrarme. Llené una mochila emocional de dramas domésticos, escondí cadáveres en el armario e incendié unas cuantas habitaciones de motel. Luego me di cuenta de que aquello no era vida. Barrí las cenizas, di cristiana sepultura a los cadáveres, y tiré la mochila y sus dramas a la basura.

Exorcicé fantasmas del pasado, en sueños en los que agarro de los pelos a gente que me ha jodido en algún momento de mi vida y descargo toda la rabia contenida en años.  Y me siento mucho mejor, mucho más libre.  He pasado de no saber pegar (en sueños) a meter unos sopapos como panes de kilo (en sueños también). Eso sí que es superación personal.

Conocí, suerte que tiene una, a mucha gente, y muy variada. Frikis y freaks, pijas, misteriosos hombres sin nombre,  compañer@s de clase muy eficientes,  fans de eurovisión, DJs que se vendían a cambio de chupachuses, filólogos cojos, informáticos dentro y fuera del armario, extremeños, psicólogas, “bellartistas” criadoras de peces del facebook…  Todo gente buena. O buena gente, que no es siempre es necesariamente lo mismo.

Y conocí a gente realmente malintencionada. Gente cuya diversión parecía ser intentar hundirme. No lo lograron, sólo me hicieron más fuerte. Ahora poco hay que realmente me afecte.

Conseguí buenos amigos y amigas. Los primeros amigos y amigas  de verdad que he tenido en mi vida.  Personas que me han cuidado y que se han dejado cuidar por mí. Personas que han hecho de mi mejor persona. Gente a la que realmente quiero porque se lo merecen, a la que echaré de menos en el día a día, y con la que intentaré mantener el contacto cueste lo que cueste.

Y sobre todo, estando aquí conocí a la persona que ha hecho que todo haya mejorado sustancialmente en los últimos tres años, y que hará que todo vaya a mejor en los años que queden, que serán muchos. Encontrar a un hombre,  a estas alturas,  que sea realmente un espejo en el que mirarse y un ejemplo de lo que considero que ha de ser una persona buena y cabal no es fácil, pero yo lo he encontrado, y no me van a despegar de él ni con Fairy y agua hirviendo. En él está parte del impulso necesario para iniciar este cambio, y nunca he estado más segura de una decisión como lo estoy de esta. Tengo grandes expectativas y muchas ganas de que esto salga bien, y pensar en lo mucho que quiero a este señor ingeniero mío  hace que sienta mariposas en el estómago y me de la risa floja… aiiis, qué moñas me he vuelto…

No me arrepiento de nada de lo que he hecho [salvo del daño que haya podido causar] porque lo que no me ha matado me ha hecho más fuerte, y está visto que ya que no estoy muerta, debo ser poderosísima. Mariposa con reactores nucleares en las alas, me dijo alguien una vez.

Lo que realmente vine a hacer aquí, visto en perspectiva, es secundario. Me desilusioné y volví a ilusionarme porque no quedaba otro remedio. Y (casi) lo terminé con éxito. Y sí, soy  (casi) licenciada [me falta medio crédito, arghsfs, qué rabia]. Pero también soy persona, novia, compañera, amiga, adiestradora de cobayas, granjera en el “country story”, mamá-gallina…

He conseguido mucho aquí. Pero este tiempo se acabó.

Las piedras de oro estarán ahí para cuando quiera volver a verlas. Lupanares y librerías hay en todas partes. Lo mejor que he encontrado aquí son las personas, y las personas se vienen conmigo, porque forman parte de quien soy.

Pronto empezará un nuevo tiempo.

Muchas gracias. A todos. Por todo.

[*Lean Superviviente, de Chuck Palahniuk, y lo entenderán.]

Aceitunas y marmotas

  • 3/4 de verano sin llover y hoy que tendría que hacer los viajes de Willy Fog en bus/a pata, va y llueve. Me cago en mi vida entera. 2 weeks ago
  • Me estoy acordando fuerte de @Marmota_Maligna porque compaginar los horarios del puestín con los (casi nulos) horarios del bus es la risión. 2 weeks ago
agosto 2017
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