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¿Quién ha dicho que un ratio de publicación de un post al año sea una cosa mala? Además, que este es mi blog y me lo f**** como quiero, amos hombre.

Como cada año, en estas fechas tan señaladas, me llena de orgullo y satisfacción colarme en sus casa y robarles las sobras de anoche… ay, no, eso no… cómo era… ah, si, colarme en sus lectores de rss y ponerles al día, que lo están deseando.
El año pasado nos quedábamos en que yo cumplía 28 y me acercaba peligrosamente a los 30. Pues este año que cumplo 29, ya huelo los 30 como si en nada y menos me los tuviera que comer con patatas. ¿Y me importa? Pues mira, no. Ni lo más mínimo. Con la edad y el control hormonal he aprendido a discernir qué importa y qué no importa, y oye, que me va bien así. Es más, cada vez menos cosas me parecen importantes.

También felicitábamos el cumpleaños a mis dos cobayas. Bueno, pues… a ver, cómo decirlo… Digamos que Dos se ha subido a un árbol… y en ese árbol ha cogido neumonía… y en diciembre se fue al Valhala de las cobayas a retozar feliz. Se la echa de menos, era… muy buena persona.

La que sigue dando guerra en casa de los abuelos es Uzi. No le sentó nada mal el deceso de su compañera. Es más, parece que le sentó de maravilla, desde entonces tiene mejor pelo y está más animada y juguetona. Creo que nunca se llevaron bien, y que verse sola fue para mi Uzicos una liberación. El reino animal está lleno de insondables misterios, y a sus 5 añazos, mi cobaya culigorda tricolor está en la flor de la vida y mantiene una relación de amor-odio y mordisquitos con su “abuelo”, que es mi padre.

Durante este año he sido bibliotecaria peligrosamente. Ser bibliotecaria peligrosamente es lo mejor que me ha pasado nunca, y espero por fin ponerme a estudiar como una perra de Kentucky, sacarme la oposición y ser bibliotecaria peligrosamente for ever and ever until the end of my days o hasta que los hijos de la moucha* del PP eliminen las bibliotecas porque no dan beneficios y yo coja un lanzallamas homemade (con fundita de ganchillo y todo) y salga a la calle a matar gente indiscriminadamente y acabe acribillada a balazos por un francotirador apostado en una azotea. Moraleja de todo esto: No voteis al PP, que son gente mala.

Retomando, he sido bibliotecaria (y becaria precaria, pero como mis compis de trabajo nos trataban como a personas, lo becario y lo precario se nos olvidó enseguida), y he aprendido muchas cosas, a saber: el usuario nunca tiene la razón, pero está bien fingir y dársela como a los locos; siempre llega alguien, cuyo nombre no mencionaré en este santo espacio, 2 minutos antes del cierre a pedir el santo grial, pero no el santo grial normal, el santo grial con pegatinas de Hello Kitty, y le tienes que sonreír mucho y buscárselo y prestárselo y no introducírselo por osmosis en el organismo a base de pegarle con él; que si sonríes te sonríen y se crea un clima de buen rollo y entendimiento con las señoras de 70 años que leen 50 sombras de Grey la mar de saludable; los yonkis son personas entrañables, sobre todo los que se sacan el ojo de cristal delante de ti para darle una limpieza; los depósitos de las bibliotecas son sitios llenos de tesoros donde acabas llena de mugre hasta las patas pero te lo pasas de maravilla pegando grititos de emoción cada vez que localizas algo terriblemente guay como un libro de la buena ama de casa de los 40 o algo así; la sala infantil es un lienzo en blanco que a la mínima puede acabar lleno de peces de colores colgando del techo porque llega el verano, y también puede acabar lleno de mini-jíbaros a los que sus progenitores desatienden por quedarse de charleta, y entonces toca remangarse, poner orden, y amenazar con llamar a seguridad, porque a una la toman por el pito del sereno, oiga.

Vamos, que me lo he pasado pipa y lo voy a echar de menos.

Y ahora me vuelvo a Pontevedra, porque como ya dije entonces, y puedo confirmar ahora, Vigo es el horror. Esas cuestas, ese tráfico, ese “tengo que ir del punto A al punto B y para ello tengo que coger tres líneas de buses, hacer 40 transbordos y contratar un sherpa nepalí”… Eso a mí no me gusta. Yo quiero vivir en un sitio donde pueda salir de fiesta y ponerme como un piojo y poder arrastrarme a casa, porque mi casa está cuatro calles, yo quiero vivir en un sitio donde pueda ir a todas las tiendas de los chinos en una tarde, y comprar en todas un ovillo de lana de pésima calidad, yo quiero vivir en un sitio donde para ir a la escuela de idiomas no me tenga que levantar antes del alba y alquilar una diligencia. Y ese sitio es Pontevedra. Además en Pontevedra los niños son listos y cazan palomas.

¿Y ahora qué? Además del cambio de residencia, ¿qué me depara el futuro? Pues veamos:

1, estudiar mucho. Tengo que estudiar mucho de dios y aprobar las oposiciones, y hacer cursos y tener puntos y acabar teniendo un puestín.

2, en el tiempo que me deje el estudio, que espero que sea poco, porque significará que estoy estudiando mucho, seguir tejiendo: tengo en mente unas cuantas cosas, como una bolsa para las cámaras de fotos, más calcetines, y quizás algún jersey para mí.

3, en lo demás, seguir como hasta ahora. Este año no hay buenos propósitos sociales ni nada parecido. Yo ya soy suficientemente sociable, y estupenda de la vida, y quien no lo vea así… pues que se la ondule con la permané.

Y ya. La vida es muy puta y nos demuestra cuando menos lo esperamos que hacer planes es estúpido, así que los propósitos generales de buena voluntad son más que suficientes.

Mañana tendré 29. Y tendré que hacer que molen.

*También he hecho como que aprendía un poco de gallego este año, y he incorporado a mi vocabulario locuciones indígenas, arrecarallo!

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