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Ay, si supiérais lo que he hecho, os tendría a todos en la puerta de casa, maullando como gamusinos en celo (el gamusino, durante el celo, maulla que da gusto).

Esta receta la conocí gracias a cierto juego que me quitaba horas y me bajaba muchísimo la barra de vida social (antes del Minecraft, que directamente ha cogido la barra de vida social, la ha partido al medio contra una rodilla, y la ha tirado al suelo ante mis pies), el Restaurant City. Era uno de esos jueguecitos de facebook, que consistia en acaparar ingredientes, hacer rectetas, montar un restaruante… bueno, os haceis una idea. Seguramente en algún momento os envié invitaciosnes para que me mandarais cebollas y sal… desde aquí mis más sinceras disculpas.

Luego tuve curiosidad, y busqué en la fuente más fiable para recetas angloparlantes: la BBC. Me fío mucho de la BBC, porque me pone las recetas tanto en sistema métrico como en el sistema ese de mierda que tienen ellos de onzas y libras… ay, qué raritos son… Aquí está la receta:

http://www.bbc.co.uk/food/recipes/rockyroadcrunchbars_87104

Bueno, aquí lo llaman crunch bars, yo le llamo cake, cuando arreglemos lo de Gibraltar, ya entraremos a dirimir estos conflictos de nomenclatura.

Hay muchas más recetas, que incluyen Maltesers, frutos secos, pasas, Oreos o Chips’Ahoys, dedos incorruptos de mártires paleocristianos… Yo como siempre he apañado la receta a mi estilo: pasándome por el arco del triunfo las medidas, ignorando los ingredientes raros que no se encuentran en el colmado de la esquina y añadiéndole el extra de amor que no mencionan en casi ninguna receta.

Necesitareis:

dos tabletas de chocolate de fundir.

6-8 galletas tipo María

6-8 galletas tipo Digestive

Mini-nubes, o nubes normales cortadas en trozos del tamaño de una mininube… pues un puñao de eso.

Mantequilla.

Amor.

Una bandeja untada con mantequilla.

Ponéis la primera tableta, cortada en trozos a fundir en el microondas. Aquí no tenemos miedo a las ondas asesinas y esas magufadas, y por eso le damos duro al microondas. MICROONDAS POWA!

Cuando esté fundida añadís un cacho de mantequilla, no muy grande, no muy pequeño. Así a ojo… si la mantequilla viene en una barra, pues cortáis una loncha del grosor de un dedo de una persona normal (si tienes las manos como manojos de morcillas pídele ayuda a un adulto con manos más normalitas que las tuyas, anda…) y removéis.

Mientras se funde el chocolate, metéis las galletas en una bolsa de las de congelar, que tienen cierre hermético, y las miráis con odio, intentando ver representados en cada una de ellas, a algún ministro de la ejecutiva de Rajoy. Armados con el rodillo de cocina, el de hacer empanadas y tal, descargáis vuestra furia contenida contra las galletas-ministros. Dadle duro a la galleta Wert de mi parte. Tienen que quedar desmigajadas, pero con algún tropezón gordo. No hay que cebarse demasiado.

La primera tableta de chocolate ya estará fundida, así que se vierte en una fuente, bandeja, recipiente plano… Yo he usado una bandeja de esas de aluminio de usar y tirar. A continuación, al azar, se esparce sobre el chocolate las minubes y los trozos de galleta.

Se repite el mismo proceso con la segunda tableta de chocolate: fundir con mantequilla, remover, y verter en la bandeja sobre lo anterior. Alisáis la superficie con una espátula, o con el dedo, todo depende de la profesionalidad o de lo limpias que tengáis las manos.

Dejáis enfiar el asunto, primero fuera de la nevera, luego dentro, mejor toda la noche.

Luego eso se desmolda y se corta en trozos y listo para degustar.

Está bien para cuando tenéis galletas que se están quedando blandurrias, o es verano y no os da la gana de encender el horno, o tenéis una necesidad imperiosa de embutiros chocolate en el cuerpo como si mañana no fuera a llegar jamás.

Dificultad: alumnos de la LOGSE. Calorías: un dolor. Resultado: mmmmmmmu rico.

Esos antojos raros a horas intempestivas… esas visitas que llegan sin avisar y ponen cara de que sin merienda no se van… esos desayunos de “es la primera vez que me la tiro y si le doy mielpops para desayunar, también será la última”… ese capítulo de [ponga aquí su serie moñas predilecta] que no se puede ver sin controlar el nivel hormonal en sangre con altas cantidades de subproductos chocolateados…

¿Quién no se ha visto alguna vez en una de estas situaciones? ¿Y cómo las habeis solucionado? ¿Pensando en otra cosa? ¿Sacando unos “Nevaditos Reglero” revenidos? ¿Hipotecando un prometedor futuro sexual por unos cereales gayers y una vida condenada al onanismo? ¿Comiendo risketos pero sin ganas, y detestando [ponga aquí su serie moñas predilecta]? Todo eso nunca tendría que haber pasado.

Y a partir de hoy, no volverá a pasar. Porque hoy cambiaré vuestras vidas. Sí, voy a hacerlo. Lo haré porque soy buena persona, guapa, inteligente, huelo bien bastante a menudo, y además soy modesta. Y lo haré mediante una receta sencilla, rápida, y para toda la familia (como montar un transbordador espacial con cemento-cola y tubillones para el tío de Bricomanía): la receta del….

BIZCOCHO DE CHOCOLATE LO SUFICIENTEMENTE DELICIOSO COMO PARA DAR EL PEGO QUE SE HACE EN CUATRO MINUTOS EN EL MICROOOOOOOON… DAS!

Ingredientes:
Amor (que si hacemos las cosas sin amor luego sale una puta mierda).
Un huevo (de gallina)
4 cucharadas soperas de leche
3 cucharadas soperas de aceite (mejor de girasol)
2 cucharadas soperas de azúcar
2 cucharadas soperas de cacao en polvo (mejor el cacao puro sin azúcar que el Colacao o el Nesquick, y sus versiones de marca “la pava”)
4 cucharadas soperas de harina (o en mi caso, para que sea sin gluten, Maicena)
1 cucharadita de café de levadura química (el Royal de toda la vida)

Se mezclan en una taza/bol/cuenco/recipiente apto para microondas de su elección los ingredientes secos (los reconocerás porque al introducir el dedo en ellos no notarás humedad). A continuación se añade el huevo, se remueve, se añade la leche, se remueve otra vez, y el aceite, y sí, se remueve one more time. Con todo junto, mezclado y removido, se mete en el microondas, máxima potencia, 4 minutos.

Lo que salga de ahí estará rico, porque lleva azúcar, será marrón, porque lleva cacao, y será bastante feo a la vista, porque estará hecho en cuatro minutos y en el microondas. Además, no durará mucho en buenas condiciones, pero tampoco queremos que se convierta en la herencia de nuestros nietos, coño ya.

Se puede comer así tal cual, remojado en leche. Se puede partir al medio y rellenarlo de mermelada de fresa, o espolvorearlo con azúcar glas, como si fuera una tartita, se puede mirar con desprecio durante 15 minutos y después tirarlo a la basura… eso ya va en la imaginación de cada uno.

Hale, a disfrutarlo con salud. Si os sale mal, yo me desentiendo. Seguro que es porque no le habeis puesto amor.

Último Capítulo: Un final… ¿Feliz? ¿Absurdo?… ¿Definitivo?

Con el dinerillo que había ahorrado me fui a comprarle algo a la ciega. Pero era difícil ¿Qué podría regalarle a alguien que no veía tres en un burro? Necesitaba encontrar algo que no hiciera falta mirar, sólo sentir. Lo estuve pensando un buen rato. Nunca había hecho un regalo a nadie, y nadie me había hecho un regalo a mí. Pensé en un gato, pero ya tenía un perro, pensé en un peluche, pero me pareció una idiotez, así que decidí regalarle un consolador.

Fui al sex shop y nada más entrar me quedé como tonto. Cuanta cosa sexual junta, cuanto pene, cuanto potorro, cuanto de todo… No sabía por qué decantarme, y le consulté a la empleada de aspecto amable y peinado imposible. Me sacó millones de cosas que yo no sabía ni para qué servían ni qué era lo que se supone que estimulaban, así que le dije que quería un vibrador bonito, normalito y de fácil limpieza. Me mostró unos cuantos, y por fin me decidí y le compré un vibrante pene de un bello tono azul eléctrico. Pedí que lo envolvieran para regalo, y salí de allí encantado de haberme conocido. Pasé la tarde nervioso por lo que iba a pensar ella, rebuscando en el armario un vestido bonito para ponerme, haciéndome mechas, poniéndome guapo. Luego pensé que de qué me servía, si ella era ciega. Así que me fui a la cama, y me dormí abrazado a una de las muñecas de mi madre.

A la mañana siguiente fui al mismo banco del mismo parque y me senté a esperarla. Enseguida vi a Atila acercarse corriendo, y arrastrando a la ciega por el suelo. Se paró ante mí, meneando el rabo y con la lengua fuera, e intentó tener sexo con mi pierna. La pobre cieguita estaba hecha un asco, parece que el perro la había arrastrado varias decenas de metros, por el parque, entre los cristales rotos de los restos del botellón, las jeringuillas de los yonkis, condones usados y caquitas de perro. Aún así yo la veía bellísima. Si aquello no era amor, que baje Dios y lo vea…

– Por fin te paras, puto perro de mierda, hijo de puta– gritó la ciega en cuanto consiguió sacarse dos cacas de perro de la boca.
– Hola.– Me atreví a decirle– ¿Estás bien?
– Ah, eres el chico del otro día… Si, estoy bien, esto pasa cada día, así que estoy acostumbrada. En mi casa somos pobres, y como no podían comprarme un perro lazarillo como Dios manda, le robaron esta puta mierda de bicho a unos gitanos. Cualquier día me mata. ¿Por qué te crees que no tengo dientes?
– Bueno, no te preocupes, será que es joven y juguetón…
– Qué coño va a ser joven, si tiene más años que la tos con flemas.
– Oh, lo siento…–Me quería morir, que me tragara la tierra y demás… Pero entonces ella me sonrió.
– No pasa nada. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Julita.
– Abelardo. Encantado de conocerte.
– Igualmente. ¿Y a que te dedicas?
Le conté toda la verdad, toda mi historia y no se extrañó de nada. Parecía que ya le sonara mi historia… y eso me sorprendió a mí. Le conté lo de las maletas, mis hermanos, mi madre, mi yayo… todo. Y ella sonreía con su boquita desdentada y asentía.
–¿ Tu madre se llamaba Pili, verdad, Abelardo?
– Si, ¿cómo lo sabes?
– Tu madre me cuidaba cuando era pequeña. Y como yo era ciega, me regalaba ojos de muñeca, tengo muchos en casa, en una caja. Tu madre me quería mucho, y yo a ella, y siempre estaba hablando de sus hijos, sobre todo de ti, siempre dijo que eras muy guapo y muy listo, como tu padre. Yo siempre deseé conocerte, le pedía a tu madre que te trajera a casa, pero siempre decía que si te dejaba salir luego no volverías, te perdería para siempre, y le daba miedo perderte. Entonces un buen día tu madre dejó de venir. Le dio una carta a mi abuelo, tu yayo Paco , en la que decía que necesitaba ocuparse de si misma un tiempo. La comprendí. Y me regalaron a Atila, para que paseara con él, ya que tu madre ya no vendría a pasearme. Pero se me quedó la espinita de no haberte conocido, Abelardo.
– Pues aquí estoy, Julita. Cuéntame algo más de ti,¿ A que te dedicas tu?
– Pido limosna por la calle, porque me obliga el yayo, pero hace un par de días que no viene por casa. ¿Está en la tuya? Estoy preocupada.
– El yayo está muerto.
– Entonces ya puedo cobrar la herencia.
– ¿Herencia?
– Si, eso ya te lo explicaré en su debido momento. O mejor, déjame hacer a mi las cosas a mi manera, no me gusta dar explicaciones.
– Bueno, ¿Y vives con alguien más? ¿Con tus padres, o hermanos?
– No, vivo yo sola, con Atila. El yayo Paco venía a verme por las tardes.
Mira tu por donde, que al final se descubrieron los asuntos del yayo.
– ¿Y qué vas ha hacer ahora?
– Si quieres puedo irme a vivir contigo.
– ¿Conmigo?
– Si, contigo. Me gustas, Abelardo, me gustas mucho. Me gustas como a un tonto un plastidecor naranja.
– Sabes, Julita, tengo un regalo para ti. Y tu también me gustas.

Y le di el paquete, y le hizo tanta ilusión tocar el consolador, que por poco le da una lipotimia. Nos fuimos a casa, los dos con vestidos de flores, los dos sonrientes, los dos deformes e inválidos, los dos al fin acompañados, de la manita, con Atila intentando aparearse con todas las farolas, papeleras y parquímetros de la calle. Éramos tan felices que dábamos asco.

Aquella noche fue la mejor de mi vida, mil veces mejor que la orgía con las ancianas en el hogar del jubilado. A pesar de que no era virgen, ni mucho menos, fue la primera vez que realmente sentí que estaba haciendo el amor, y que no era solo follar por follar. Y me gustaba, y me asustaba, pero me repuse al miedo y fui valiente por primera vez y asumí lo que sentía.
– Te quiero, Julita.
– Yo a ti también, pero sácame el consolador de la oreja, que eso no va ahí.
Desde ese día vivimos juntos y felices, y nueve meses después nació mi hija, Francisquita. En realidad, se le cayó a Julita mientras estaba fregando los platos del desayuno. Era tan feúcha, peluda, y redondita, que parecía un gatito. Éramos muy felices. Habíamos cobrado la herencia de los padres de Julita, que el yayo Paco había bloqueado, la del yayo Paco, que estaba forrado, el muy cabrón , y como yo no existía por ningún lado, no teníamos que pagar el alquiler del hogar, así que no nos faltaba de nada, y ambos pudimos dejar de trabajar.

Dejé de vestirme de mujer porque Julita me compró ropa de hombre en el mercadillo. Tiramos las muñecas de porcelana, pusimos “sintasol” en el suelo de la habitación, cambiamos el papel pintado de la pared. Yo construí una cuna para mi niñita peluda con una caja de naranjas que me encontré en la basura, y le dimos un entierro digno a mi hermana Menchu, tirando sus restos mortales al lago de la Casa de Campo, guardamos a los papás en el fondo del armario, para que no asustaran a la nena. Y, lo que más me gustó de todo: compramos más discos de Marisol, y los escuchábamos juntos todas las noches. Todo parecía marchar bien.

Pero como lo bueno nunca dura, un día vinieron a detenerme por robo y violación a unas 90 ancianas. Parece ser que unas cuantas se enamoraron de mí después de mi visita, y se suicidaron dejando notas que me incriminaban. Investigaron, encontraron a otras que confesaron por despecho y por presiones familiares, me juzgaron, me declararon culpable, me condenaron a 20 años y un día y me llevaron a la cárcel. Todo eso en 15 días, para que luego digan que la justicia es lenta…

Y en la cárcel estoy ahora. Hace mucho que no sé nada de mi familia. Sé que no lo están pasando mal. Al principio vinieron a verme un par de veces, pero la distancia estropea las relaciones, y todo se fue a la porra. Un día me llegó una carta de Julita diciendo que había conocido a otro hombre, que era cirujano oculista y que había conseguido devolverle la vista. Además era rico, le pagó la cirugía estética y la dejó potentorra . A mi hija la internaron en un colegio en Suiza, donde tiene montones de amiguitas (es sólo femenino), y corre en libertad por las montañas como Heidi.

Yo, por mi parte, como me he pasado toda la vida encerrado, no se me hace raro estar aquí. La gente no es mala, me han cogido cariño. Me encargo de la biblioteca y fomento la lectura entre la comunidad reclusa. Como tengo un comportamiento ejemplar me han permitido tener un tocadiscos y mis discos de Marisol, y a veces montamos guateques en el comedor. La cárcel es un lugar muy ameno donde se hacen muchos amigos. Y hay un marinero de Santoña, detenido por narcotráfico, que es muy guapo y me mira mucho en las duchas.

Por fin soy feliz. A ver cuanto me dura.

FIN

Los siete capítulos originales de las  Crónicas de Abelardo fueron escritos  en 2005 (creo….), y salieron a la luz  en el marco de un blog en colaboración que trajo grandes satisfacciones, pero acabó extinguiéndose como el dodo. Posteriormente, Abelardo fue sacado de nuevo a la luz en 2007, en el antiguo fotolog, y ahora, en este blog de pacotilla, ha rellenado entradas con gracia, buen gusto y rigor antropológico (JA!).

Espero los hayan disfrutado con salud.


UN CADÁVER EXQUISITO

arde_nena_arde

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ÚLTIMO CAPÍTULO: UN FINAL ¿FELIZ? ¿ABSURDO? ¿DEFINITIVO?

ÚLTIMO CAPÍTULO: UN FINAL ¿FELIZ? ¿ABSURDO? ¿DEFINITIVO?

3/12/07

Con el dinerillo que había ahorrado me fui a comprarle algo a la ciega. Pero era difícil ¿Qué podría regalarle a alguien que no veía tres en un burro? Necesitaba encontrar algo que no hiciera falta mirar, sólo sentir. Lo estuve pensando un buen rato. Nunca había hecho un regalo a nadie, y nadie me había hecho un regalo a mí. Pensé en un gato, pero ya tenía un perro, pensé en un peluche, pero me pareció una idiotez, así que decidí regalarle un consolador.

Fui al sex shop y nada más entrar me quedé como tonto. Cuanta cosa sexual junta, cuanto pene, cuanto potorro, cuanto de todo… No sabía por qué decantarme, y le consulté a la empleada de aspecto amable y peinado imposible. Me sacó millones de cosas que yo no sabía ni para qué servían ni qué era lo que se supone que estimulaban, así que le dije que quería un vibrador bonito, normalito y de fácil limpieza. Me mostró unos cuantos, y por fin me decidí y le compré un vibrante pene de un bello tono azul eléctrico. Pedí que lo envolvieran para regalo, y salí de allí encantado de haberme conocido. Pasé la tarde nervioso por lo que iba a pensar ella, rebuscando en el armario un vestido bonito para ponerme, haciéndome mechas, poniéndome guapo. Luego pensé que de qué me servía, si ella era ciega. Así que me fui a la cama, y me dormí abrazado a una de las muñecas de mi madre.

A la mañana siguiente fui al mismo banco del mismo parque y me senté a esperarla. Enseguida vi a Atila acercarse corriendo, y arrastrando a la ciega por el suelo. Se paró ante mí, meneando el rabo y con la lengua fuera, e intentó tener sexo con mi pierna. La pobre cieguita estaba hecha un asco, parece que el perro la había arrastrado varias decenas de metros, por el parque, entre los cristales rotos de los restos del botellón, las jeringuillas de los yonkis, condones usados y caquitas de perro. Aún así yo la veía bellísima. Si aquello no era amor, que baje Dios y lo vea…

– Por fin te paras, puto perro de mierda, hijo de puta– gritó la ciega en cuanto consiguió sacarse dos cacas de perro de la boca.
– Hola.– Me atreví a decirle– ¿Estás bien?
– Ah, eres el chico del otro día… Si, estoy bien, esto pasa cada día, así que estoy acostumbrada. En mi casa somos pobres, y como no podían comprarme un perro lazarillo como Dios manda, le robaron esta puta mierda de bicho a unos gitanos. Cualquier día me mata. ¿Por qué te crees que no tengo dientes?
– Bueno, no te preocupes, será que es joven y juguetón…
– Qué coño va a ser joven, si tiene más años que la tos con flemas.
– Oh, lo siento…–Me quería morir, que me tragara la tierra y demás… Pero entonces ella me sonrió.
– No pasa nada. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Julita.
– Abelardo. Encantado de conocerte.
– Igualmente. ¿Y a que te dedicas?
Le conté toda la verdad, toda mi historia y no se extrañó de nada. Parecía que ya le sonara mi historia… y eso me sorprendió a mí. Le conté lo de las maletas, mis hermanos, mi madre, mi yayo… todo. Y ella sonreía con su boquita desdentada y asentía.
–¿ Tu madre se llamaba Pili, verdad, Abelardo?
– Si, ¿cómo lo sabes?
– Tu madre me cuidaba cuando era pequeña. Y como yo era ciega, me regalaba ojos de muñeca, tengo muchos en casa, en una caja. Tu madre me quería mucho, y yo a ella, y siempre estaba hablando de sus hijos, sobre todo de ti, siempre dijo que eras muy guapo y muy listo, como tu padre. Yo siempre deseé conocerte, le pedía a tu madre que te trajera a casa, pero siempre decía que si te dejaba salir luego no volverías, te perdería para siempre, y le daba miedo perderte. Entonces un buen día tu madre dejó de venir. Le dio una carta a mi abuelo, tu yayo Paco , en la que decía que necesitaba ocuparse de si misma un tiempo. La comprendí. Y me regalaron a Atila, para que paseara con él, ya que tu madre ya no vendría a pasearme. Pero se me quedó la espinita de no haberte conocido, Abelardo.
– Pues aquí estoy, Julita. Cuéntame algo más de ti,¿ A que te dedicas tu?
– Pido limosna por la calle, porque me obliga el yayo, pero hace un par de días que no viene por casa. ¿Está en la tuya? Estoy preocupada.
– El yayo está muerto.
– Entonces ya puedo cobrar la herencia.
– ¿Herencia?
– Si, eso ya te lo explicaré en su debido momento. O mejor, déjame hacer a mi las cosas a mi manera, no me gusta dar explicaciones.
– Bueno, ¿Y vives con alguien más? ¿Con tus padres, o hermanos?
– No, vivo yo sola, con Atila. El yayo Paco venía a verme por las tardes.
Mira tu por donde, que al final se descubrieron los asuntos del yayo.
– ¿Y qué vas ha hacer ahora?
– Si quieres puedo irme a vivir contigo.
– ¿Conmigo?
– Si, contigo. Me gustas, Abelardo, me gustas mucho. Me gustas como a un tonto un plastidecor naranja.
– Sabes, Julita, tengo un regalo para ti. Y tu también me gustas.

Foto subida a las 10:48

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Capítulo VI: El Futuro.

La historia familiar me dejó muy conmovido. Cuántas cosas habían pasado en esta casa… Y cuantas cosas iban a pasar en poco tiempo.

Al día siguiente empecé a trabajar. Me vestí con mis mejores galas, me maquillé, me hice un bonito recogido y salí a la calle a lucirme. Pasé por delante de una obra. Los señores albañiles me gritaron cosas bellísimas, que sonaban a música en mis oídos. Me podría haber quedado allí toda la vida, pero tenía que ganarme los garbanzos. Una pena.

Me fui al mercado, a mostrar mi mercancía, nunca mejor dicho, y camelarme alguna señora. Y vaya si me camelé a una señora, y a dos, y a tres, y a siete. Con todas el mismo proceso: me confundían con alguna vecina del pueblo, amiga de la infancia, o compañera de internado, me invitaban a casa, me hacían café, me daban magdalenas, pastas danesas, nevaditos…, y cuando se llevaban las cosas a la cocina al acabar, yo las asaltaba en la cocina, las violaba y, amenazándolas con el cuchillo jamonero les pedía el dinero, las joyas y todo lo de valor que tuvieran. Ellas, azoradas en parte por el cuchillo que blandía ante sus caras, en parte por el brutal orgasmo que acababa de proporcionarles, me daban todas sus pertenencias sin rechistar. Y yo volvía a casa, encantado de la vida.

Sin embargo, mi vida se me hizo monótona al cabo de pocos meses. Yo quería vivir aventuras, no quería que me encasillasen como violador de ancianas y chorizo. Se lo decía al yayo Paco, pero a él no le convenía que yo dejase el trabajo, porque sus buenos cuartos se llevaba, que se estaba montando en el dólar, hasta había desempeñado la dentadura postiza y se había comprado unas cuantas lonchas de jamón en el super, de esas que vienen envasadas al vacío, pero el muy hijo de puta no me daba. Para mí compraba mortadela de aceitunas, que no me gustaba lo más mínimo, pero como me decía que había que comer verduras…

Estaba harto de ancianas, de robos, de mortadela, de ir de casa al trabajo, del trabajo a casa, de que no me dejara salir por las noches, porque decía que si salía por la noche al día siguiente tendría un aspecto horrible y ninguna anciana querría irse conmigo…Estaba harto de todo, me sentía más encerrado que cuando estaba en la jaula, más claustrofóbico que cuando estaba en la maleta. Por primera vez en mi vida sentía deseos de acabar con todo y con todos, de suicidarme, o de matar.

Es verdad que ya había matado antes, o al menos había contribuido muy activamente en la muerte de mi madre. Pero lo había hecho sin premeditación, arrastrado por las circunstancias. Ahora planearía un asesinato en toda regla. Y, como yo no existía, nadie me buscaría, nadie sospecharía de mí. El crimen perfecto.

En la cocina seguía colgado el hueso del jamón. Me pareció el arma perfecta. Qué paradoja, muerto por su objeto más deseado, después de Menchu, durante mucho tiempo.

Me senté en el sillón del salón con el hueso sobre mis rodillas, acariciándolo casi con lascivia. Esperé y esperé. Y el yayo Paco no llegó. Salí a la calle a buscarlo. No sé por qué lo hice. Tenía remordimientos de lo que iba a hacer aun antes de hacerlo. Estuve mucho rato buscado al yayo, hasta que lo encontré en el parque del barrio, sentado en un banco, con un trozo de pan en la mano. Era muy tarde, estaba muy oscuro. Me acerqué a él. Estaba muerto. Ya no tendría que matarlo, pero ahora sí que estaba sólo.

No sé cuanto tiempo estuve llorando en aquel banco del parque, ni cuando me dormí, pero me desperté con algo cálido, áspero y húmedo pasándome por la cara. Abrí los ojos, era un perro. Y detrás de ese perro había una chica, de mi edad, ciega como un gato de escayola. Me dijo:

– Perdone señor, o señora. Estate quieto, Atila. – tiró del perro, que era más feo que pegarle a un padre, e hizo ademán de irse.
– No pasa nada.
– Ah, eres un chico joven y tienes una voz muy bonita – me sonrió mostrándome que le faltaban los incisivos.

Entonces no supe qué hacer. Me atasqué, tartamudeé, empecé a sudar, a temblar, y a sentir nauseas. Y salí huyendo a casa, dejando allí al yayo muerto, mientras Atila, el perro de la ciega, empezaba a mordisquearle un tobillo.

Me encerré en el armario de mamá, y volví a llorar. Nunca antes había llorado en todos mis años de tortura, y ahora, en pocas horas, había llorado dos veces. Aquello no marchaba bien. No podía dejar de pensar en la ciega, y en lo que me había dicho. Y no entendía por qué sentía eso. No lo había sentido antes, esas cosquillas en el estómago me ponían nervioso. Empecé a pensar en que tenía que verla, que buscarla, que decirle algo, contarle que me gustaban sus ojos en blancos, su bigotillo incipiente, su pelo enmarañado, y su sonrisa desdentada. Y como no sabía que hacer, fui a la nevera y me hice un bocadillo con el jamón del yayo Paco y medio tomate. Me sentó como un tiro y me pasé el resto del día vomitando.

Siempre he sido bastante listo y durante los meses que estuve trabajando en mis asuntos con las ancianas, sisaba de cada botín unos cuantos euros, antes de darle nada al yayo, y así conseguí una pequeña cantidad de dinero que podía llamar propia. Y con ese dinero decidí regalarle a la ciega algo bonito. Entonces… Entonces…
Entonces…

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