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Edito: He añadido enlaces ilustrativos, porque no todos sois politoxicomanos del Minecraft, y seguramente esta triste historia os suene a chino mandarín. Los enlaces están en inglés, pero sé que sois listos y habéis hecho un curso de CCC, así que no habrá fallo. 

Esta es la terrible, dolorosa y cuadriculada carta que Steve, un “singleplayer” mediocre, dejó antes de suicidarse arrojándose a la lava, incapaz de continuar con su vida tras sufrir una irreparable pérdida:

Hola, creo que me llamo Steve . Hasta ahora he sido un señor con camiseta azul, una hija de ZP, y actualmente, acorde con mi “skin” soy una cobaya tricolor. Y ahora que se acerca mi fin, voy a contaros mi vida.

Aparecí a este mundo por primera vez hace mucho tiempo. Caí del cielo a un verde valle hecho de cubos, con árboles compuestos de cubos, sprites cúbicos … Mi primera pulsión fue cavar. Debo ser medio topo. Luego, cuando llegué a la piedra gris y no pude cavar más, salí como pude del agujero y empecé a aporrear árboles primero con mi mano desnuda, y luego… con un cubo (que no un caldero, un cubo en el sentido geométrico), de tierra. Caían cubos de madera, ramitas, alguna manzana incluso… Con esa madera hice tablas, con las tablas una mesa de trabajo, y con la mesa de trabajo…. herramientas a cholón. Un sindiós de herramientas. Ahora tengo de todo menos lavadora, pero como las armaduras se lavan a mano tampoco la necesito.

Al principio la vida fue difícil. Por las noches, en los lugares más insospechados aparecía una gentuza de la peor calaña intentando matarme. Por suerte descubrí un botón que me facilitó mucho las cosas: decidí que mi vida fuera “peaceful” a ratos, para dejarme de preocupaciones. Es como fumar porros, seguramente me esté perdiendo muchas cosas, pero aquí a mi rollo estoy mucho más tranquilo.

Una de mis aficiones, surgida de la necesidad, es la arquitectura ecológica y la vida sostenible. Con materiales del entorno, intentando causar en mínimo impacto en el medio ambiente, he construido casas pequeñas y grandes, rascacielos y casas de hobbit horadadas en la roca, he cultivado huertos automáticos, plantaciones de sandías, cercados con cerditos, ovejas, vacas, granjas avícolas… He conseguido procurarme el sustento, y he descubierto que el pastel no siempre es una mentira.

Después de dar más vueltas por el mundo que  Marco buscando a su madre, he visto cosas que no creeríais. Explosiones de creepers en cadena (eso siempre a la puerta de una casa recién construida en la que aún no hay cama para reaparecer), slimes aplastando arañas vacas-setas que dan más miedo que Esperanza Aguirre con el traje de privatizar… Y he conocido a una especie de imbéciles con cara de pepino, los carapepino, que son de esos a los que les sujetas la puerta en el portal y no te dan las gracias, o les dices buenos días en el ascensor y no responden. Eso sí, tienen unas casas muy cuquis, decoradas con bastante gusto, y disfruto terriblemente expropiando sus casas espada en mano y adueñándome de sus propiedades.

He llegado a tener cierto status. O al menos eso creo. Me comparo con los carapepino, y las puertas automáticas hechas con pistones y redstone de mi superguarida infernal me parecen la leche en polvo. Seguramente los capapepino viven felices en su ignorancia, cruzados de brazos, con la mirada perdida en el infinito, y paseando despreocupadamente por sus pueblos sin luz en las calles… A mí me gusta ver por donde voy, y evitarme encuentros inesperados. Seguramente no les parece mal si una vaca les arrasa la cosecha de trigo. A mí… a mi si, y por eso mato vacas a diestro y siniestro y me como sus filetes crudos o asados al horno grrrrr.

Lo que decía… he extendido la vía férrea de norte a sur y de este a oeste por la que he viajado en minecart, he caminado, nadado y navegado durante días hacia el suroeste porque me daba la gana. He asumido que tu casa es ese sitio donde está tu cama, y que para volver al hogar muchas veces hay que morirse y perderlo todo. He aprendido a valorar cada antorcha y cada escalera.

También he visitado el Nether (algo así como el infierno), y es un coñazo de sitio. Para empezar tienes que montar un portal interdimensional de color morado (que luego nunca te combina con las cortinas) y luego, al llegar allí, las cosas no mejoran.  Medusas gigantes que hacen ruido como de gata en celo siendo apaleada, zombies-cerdo, y bicherío de lo peor, es lo único que hay por ahí… Y unas piedras amarillas y brillantes, muy útiles para ahorrar en antorchas, pero de lo más chabacano en lo que a decoración se refiere. Que quede claro: la glowstone es hortera. 

He oído que también hay un “Fin” (lo he visitado de manera fraudulenta, a ver que se cocía, pero como todavía no he ido “legalmente”, no puedo hablar de ello). Al “Fin” cuesta bastante llegar, hay que conseguir más cosas que ingredientes componen el desayuno de Falete, y una vez allí, las cosas no son fáciles. En “El Fin” hay dragones, y huevos de dragón, y unos señores altos que se te quedan mirando fijo y luego te arrean con un cubo de arena en la cabeza y te dejan tonto.

¿Lo mejor de todo? Mi perro Porkchops (Chuletitas). Lo adopté ya grandecito, sobornándole con huesos de esqueleto recien cazado. Me acompañaba a todas partes, y era de gran ayuda: si quería cazar a un gorrino, Porkchops se lo cargaba; que me atacaba un zombie de Médicos sin Fronteras (de los que te persiguen con los brazos extendidos para que te hagas socio y dones), Porkchops me defendía; que venía un Creeper mormón (de los que hacen guardia en la puerta de tu casa a ver si sales y “sssssssshhhh…. BUM”, te joden), Porkchops montaba guardia mientras yo me echaba la siesta… Porkchops era el mejor perro que ha existido jamás.

Y ahora, mi vida en este mundo ya no tiene sentido. No quiero cavar, no quiero ir al Nether y ponerme ciego a matar con mi espada de diamante tuneada, no quiero recoger el trigo, ni quiero ir a matar vacas para hacerme unos pantalones de paleto…. No quiero hacer nada de eso, porque ya no quiero vivir. Estoy pensando en tirarme al lago de lava artificial que hay en el sótano de mi casa. Todo ha perdido su razón de ser porque…

UN CREEPER MATÓ A MI PERRO.

Adiós, mundo cruel. Que Notch se apiade de mi cúbica alma.

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Esa frase, que da título a este post, era la característica principal que exigía a un videojuego para que resultase de mi agrado. Eran tiempos oscuros, siniestros, en los que sólo jugaba al Puzzlebubble, al Luxor, y a otros juegos en los que, como habréis supuesto ya, la enjundia consistía en juntar/agrupar/explotar/manipular/whatever bolitas de colores.

Sin embargo, tras una profunda reconversión realizada por Supernovio a base de electroshocks, videos de Intereconomía, privación sensorial, y amenazas variadas, mis miras videojueguiles se han ampliado (un poquito) ALABADO SEA EL SIMIO!

Por eso, con la valentía que da la inconsciencia que campa a sus anchas por mi escueto torrente sanguíneo, hoy me animo a hablaros, lectores míos (sí, los tres), de algunos de mis videojuegos favoritos. No esperéis una profunda review, ni extensas justificaciones de por qué debéis dejar todo lo que estéis haciendo en este mismo momento y jugar esos videojuegos inmediatamente, ni siquiera encontrareis sentido común en mis opiniones al respecto. Si quereis todo eso, el blog de Supernovio, que es el experto EXPERTO en estos temas, es el lugar al que debéis acudir. Dicho esto a modo de disclaimer, al lío.

Empecemos por el primer videojuego “colorballsfree” que me encandiló: PLANTS VS ZOMBIES. Bueno, si uno lo piensa bien, los proyectiles que lanzan las plantas encargadas de acabar con esos bonitos zombies hambrientos de cerebros son guisantes… verdes… esféricos…Vamos, que no ha sido un paso muy traumático entre un ámbito y otro. Resumiendo mucho, se trata de una especie de “tower defense” de jardín trasero más cachondo que la música de los caballitos. Muy colorista, muy cuqui, muy recomendable.

Para los amantes del sufrimiento en technicolor, la gestión de ovejas y olivos, y un apetito insaciable por odiar la Grecia clásica, el ZEUS, SEÑOR DEL OLIMPO, es el juego ideal. Después de pasar por tediosos tutoriales en los que te enseñan que en la “polis” es tan importante que no se te caiga la casa como que un filósofo te vaya a dar la chapa asiduamente, después de aprender que las cabras se plantan en terreno fértil, puedes jugar un ratito antes de acabar loco de atar con tanta cosa para gestionar, o en su defecto, puedes volverte loco antes de jugar siquiera, tirar todo por la ventana, y acurrucarte en posición fetal en un rincón, lo que más te apetezca. Podría parecer por lo que digo que este juego no me gusta en absoluto. No es que no me guste, es que me saca de quicio, y eso, ladies and gentleman, es lo que me gusta. Como todos los juegos de estrategia, el Zeus, señor del Olimpo, es un juego para masoquistas.

Ahora pongámonos en situación: tarde de domingo, resaca (si no ha resaca, no es tarde de domingo, es otra cosa), fotofobia feroz, los sonidos estridentes provocan en el cerebro derrames internos muy dolorosos… El EUFLORIA es el juego ideal para esos momentos. Colores suaves, música relajante, la suficiente acción como para no caer en coma, pero no tan frenética como para no poder echar una cabezadita en medio de la partida… Asteroides, arbolitos, semillitas, invasiones interestelares… aiiissss, qué bucólico.

Luego hay una gente que tiene el cielo de los creadores de videojuegos (donde todos son vírgenes y mártires), ganado: los señores de Amanita Desing, con MACHINARIUM, SAMOROST, y SAMOROST 2. Estas tres bellísimas aventuras gráficas llenas de puzzles, misterios, escenarios hechos de “recortes” de imágenes reales, putadas a inocentes criaturas que luego, ya que el bien siempre gana, consiguen resarcirse y te dejan la mar de contento, son también un “must” en mi lista de juegos. Y deberían serlo también de las vuestras.

Entre la estrategia y el arcade tradicional, se encuentra el FORTIX. Supernovio, que es el que sabe de esto, me dijo que cuando él era (más) joven había unos juegos parecidos, en los que despejando la superficie de juego a base de hacer rectángulos, acababas viendo a una cachonda en tetas o algo así. En el Fortix no hay cachondas en tetas, pero tampoco tiene porque ser malo. Eres un caballero medieval muy pequeñito que espada en ristre va recorriendo el mapita, conquistando territorios, esquivando cañonazos y atrapando dragones. Horas y horas de diversión. Aun sin cachondas en tetas.

Otro “tower defense” recientemente descubierto gracias a los majísimos del Humble bundle y sus ofertas incomparables es el ATOM ZOMBIE SMASHER. Ciudades infestadas que han de ser evacuadas a golpe de helicóptero, ordas de zombies rosa fucsia (zed’s en el juego), que han de ser aniquilados descargando sobre ellos fuego, azufre, fuertes escorbutos y mentiras, y la infección que ha de ser erradicada a golpe de “bombas-llama” (llama como el animal ese que es como una cabra cuellilarga sin cuernos que escupe, esa clase de llama) es lo que uno se encuentra en este juego, ambientado en una hipotética Sudamérica (comienza en la ciudad de Nuevos Aires). Múltiples configuraciones del juego, y la posibilidad de descargarse por la patilla mods a cholón, lo hacen eternamente jugable. Y la musiquita surfera, que mola un huevo y la yema del otro, pone la guinda al pastel.

Por último, pero no por ello menos importante, está el WORLD OF GOO, que debería ser convalidable por unos cuantos créditos de libre elección en cualquier la ingeniería de caminos, puentes y cosas así. Con unos moquetes de naturaleza semipetrolífera hay que construir estructuras para llegar del punto A al B, quizás pasando por el C incluso, lo cual implica en ocasiones romprese los cuernos hasta hacerse sangre. Un juegazo.

Me dejo algunos juegos en el tintero, pero hay que dejar fondo de armario para otras entradas. Espero que mi humilde e inconexa opinión os ilumine a la hora de probar a jugar cosas nuevas, que no sólo del World of Warcraft vive el hombre.

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